Libertad de espíritu y capacidad de decidir

Por: José Luis Ysern de Arce 2016-08-16
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Nos cuesta tomar decisiones; es arriesgado decidirse. Muchas personas sufren de verdad cada vez que tienen que decidir algo, sobre todo si se trata de asuntos importantes. Pero, aunque parezca paradójico, les pasa lo mismo en asuntos comunes y corrientes, de poca monta.

Las causas de nuestro miedo a decidir son múltiples, aunque probablemente se podrían atribuir sobre todo a la falta de seguridad en uno mismo; inseguridad personal que por lo demás muestra muchas caras, síntomas y facetas. Esta inseguridad personal es la raíz de muchos males psicológicos que se manifiestan en nuestra vida cotidiana. La inseguridad produce miedo, y la persona que decide algo tiene que reconocer ese miedo, enfrentarlo, mirarlo a la cara, y superarlo. 

Una manifestación del miedo a decidir es justamente la de no decidir, nunca tomar la decisión que debe tomar: la posterga “sine die” una y otra vez. Toda la vida, todos los días, hemos de tomar decisiones de mucha o poca importancia, sin embargo hay gente que nunca toma la decisión que debe, y posterga una y otra vez el momento. Parece que esa persona ha tomado la decisión de no decidir.

Otra manifestación del miedo a decidir puede ser el temor a equivocarse. ¿Quién nos puede garantizar la inerrancia o carencia de error? Nadie. Los seres humanos nos equivocamos; saber aceptarlo es síntoma de grandeza de alma. Muchas veces hemos de pedir perdón a causa precisamente de nuestros errores. Ante una infidelidad de pareja, por ejemplo, ¿cómo estar seguros de la decisión a tomar? Alguien creerá que lo mejor será la separación inmediata, mientras que otra persona decidirá conversar, perdonar, seguir juntos con más fuerza y superar la crisis a como dé lugar. ¿Y si tanto quien cortó de inmediato la relación como quien permaneció en ella, ambos se equivocan? Otro ejemplo: este señor, responsable jefe de distintos funcionarios a su cargo, se ve en la necesidad de despedir a varios de ellos por sospechas de malos manejos. ¿Quién le garantiza haber hecho la investigación más objetiva y acabada antes de ejecutar los despidos? ¿Puede estar seguro de no equivocarse despidiendo a gente realmente inocente y valiosa? El temor a equivocarse lo vive toda persona normal. Solo los dictadores y personas autoritarias de perfil fascistoide no se plantean dicho miedo al error. Parece imposible la certeza absoluta; debemos aceptar que nuestra vida se desenvuelve en un infinito campo de probabilidades.

También, otra manifestación del miedo a decidir está en el desagrado o rechazo que la propia decisión puede causar a otras personas. Aquí hay que recordar lo que dice el psicólogo italiano Giorgio Nardone, buen estudioso de estos temas: “Es bueno saberse amado, es una necesidad primordial, pero sentirse  amado por todos es expresión disfuncional.” Todo hombre y mujer sensatos saben que nunca llueve a gusto de todos y que hay una voz interior, llamada “conciencia”, que debe estar bien formada y que es la única a la que debemos seguir, independientemente del juicio de los demás.

Esta manera de actuar en conciencia es lo que se llama libertad de espíritu. Libertad a su vez que es propia de las personas responsables. A mayor libertad corresponde mayor responsabilidad, y a mayor responsabilidad corresponde mayor libertad. Solo las personas verdaderamente libres son capaces de tomar decisiones responsables. Según Ortega y Gasset son personas de un yo profundo e insobornable.

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