[Editorial] Muertes que nos interpelan

Por: Fotografía: Mauricio Ulloa 10:30 AM 2016-08-11

En los tiempos que corren, la defensa y protección de los derechos humanos se han transformado, felizmente, en un imperativo constante, y eso es positivo. Cabe sin embargo recordar que hay una importante contracara de esos derechos de la que desgraciadamente no se habla: la de los deberes humanos, es decir, de aquellas conductas y acciones concretas que tienen que ver, todas en común, con la expresión de solidaridad desinteresada entre los miembros de una comunidad y que expresan el respeto por el objetivo declamado, pero poco comprendido y menos practicado aún, de la fraternidad.

La preocupación que ha generado en la comunidad local la dura realidad que a diario debe vivir la gente sin hogar de Chillán, y que ha cobrado vigencia esta semana tras la muerte de un hombre de 33 años (que se suma  a otros cuatro casos de similares características registrados este invierno, a razón de un deceso por mes), debería conducirnos a una reflexión colectiva sobre este asunto de profundo alcance social, pero también individual.  

Para todos los seres humanos y para los católicos en particular -como lo expuso el pasado martes el obispo Carlos Pellegrin- éste es el tema de las llamadas obras de misericordia, que descansan sobre el deber humano de ocuparse de los demás. Por lo menos, de pensar en el prójimo, particularmente en aquellos que tienen hambre o sed, en los que no tienen vivienda, en quienes enfrentan los problemas y dramas de la pobreza.

A ellas se suman las obras que expresan conductas de perfiles algo más espirituales, como el deber de enseñar a quien no sabe; aconsejar a quien lo necesita; corregir -siempre desde el respeto- al que se equivoca; perdonar las injurias e insultos que hoy se pronuncian casi sin límites; consolar a quien sufre el muy extendido drama de nuestro tiempo, la soledad, por lo que necesita compañía y comprensión, y, finalmente, tener paciencia y saber tolerar.

Pero para que ello ocurra es necesario hacer una autocrítica, dejar de enfrentarnos, construir y no dividir más, preocuparnos activamente por recuperar nuestros valores tradicionales -hoy depreciados-, sembrar esperanzas con nuestras propias conductas y actitudes, promover la generosidad y no el egoísmo y el consumo.

Es tiempo de movernos desde el deseo de crecer y progresar juntos, generando oportunidades para todos y sin que existan excluidos respecto de los cuales no aparezca al menos una mano extendida y una señal cierta de que los demás sabemos de sus problemas y de que, juntos, procuraremos resolverlos.

Resulta muy doloroso conocer que hay al menos 30 personas que sobreviven penosamente en nuestra ciudad y que habituadas a esa forma de existir, se resisten a todo cambio. No obstante, cabe esperar que la ciudad mancomunadamente con instituciones de Iglesia, organizaciones de la sociedad civil y la sociedad en su conjunto puedan ampliar una acción continua y eficaz que permita una vida mejor a quienes hoy han quedado al margen de horizontes mejores en su existencia.

Sin perjuicio de nuestros derechos, que debemos defender, no debemos olvidarnos de que también tenemos deberes, de los que, claro está, somos responsables en primer lugar ante nuestras propias conciencias. Solo si salimos de la apatía y nos preocupamos más por nuestra propia realidad, tendremos una sociedad donde no lamentemos más muertes de personas en situación de calle y donde la indiferencia no se nos aparezca a cada paso.

 

Comentarios