Fin al estado subsidiario

Por: Renato Segura 2016-06-28
Renato Segura

Lo que en la construcción de la Constitución de 1980 se consideraba como un hecho esencial el dar forma a un Estado subsidiario, como respuesta al sectarismo y la irresponsabilidad del sistema político ocurrido en los años previos a 1973, hoy en día se ha transformado en una barrera para el desarrollo equilibrado del territorio, condición necesaria para que Chile sea un país desarrollado.

Jean Tirole, economista francés galardonado con el Premio Nobel 2014 por su contribución a la regulación de empresas dominantes, era claro al momento de señalar que “no hay que desconfiar de los mercados, hay que saber regularlos bien”, algo que el Estado subsidiario en Chile ha sido incapaz de realizar.

En este sentido, la acumulación de riqueza se ha sustentado en la autocensura del regulador para intervenir el sistema económico. La impotencia en observar dicha realidad, nos tiene atrapados en una serie de reformas mal concebidas, generadas por la ansiedad de controlar un sistema económico que, con el marco legal actual, es una tarea casi imposible de realizar.

No es de extrañar que todos los intentos de la política pública para corregir la inequidad y el aumento de la concentración económica, termina finalmente por aumentar la inequidad y transferir los recursos públicos a los ya abultados bolsillos del 1% de chilenos más ricos del país. Las instituciones beneficiarias de los recursos fiscales asociados a la gratuidad no fueron precisamente las universidades estatales, sino que la mayoría de los recursos fueron a parar a las arcas de las universidades privadas, las cuales llegaron a triplicar su matrícula de estudiantes de mayor vulnerabilidad económica. Curioso resultado si se considera el discurso del Gobierno en cuanto a “privilegiar sus aportes hacia las universidades estatales”.

Desde otra perspectiva, la arremetida del regulador, en contra del comportamiento monopólico de las grandes corporaciones, va a terminar beneficiando a las grandes corporaciones. En efecto, en la medida que el Estado amenace con intervenir los mercados que huelan a comportamiento monopólico, genera incentivos en las empresas de mayor eficiencia el de mantener un bajo perfil, frente a la incorporación de empresas menos eficientes. Esta estrategia, tiene dos beneficios inmediatos. Primero, evita una mayor presencia del regulador que observa un mercado en el cual existe mayor diversidad en la oferta y, segundo, los precios los determinan las empresas menos eficientes aumentando el margen para las empresas de mayor eficiencia. Por ejemplo, la aparición de las farmacias populares ha resuelto en parte el riesgo que enfrentaban las grandes cadenas farmacéuticas; por un lado, han salido de la primera línea de la mirada del regulador y, por otro, las ineficiencias del sistema de farmacias, que se está incubando, tarde o temprano les terminará beneficiando en el margen de ganancias por su menor costo marginal de comercialización.

Es por ello que, para poner freno al generoso flujo de platas fiscales que fluye hacia las arcas privadas, se requiere terminar con el modelo de Estado subsidiario. Una vez logrado aquello, corresponde al regulador generar los mecanismos más eficientes para que Chile se transforme en una verdadera sociedad de oportunidades, es decir, donde la riqueza que se genera, se distribuya equitativamente entre una mayor cantidad de manos.

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