Cerendero: El capitán y patrón del Ñublense campeón de 1976

Por: M.Herrera/R.Oses Fotografía: Archivo Personal 08:40 AM 2016-05-30

Mario Cerendero, otrora patrón defensivo y capitán del Ñublense de 1976, recuerda que su sueño era saltar de la Universidad de Chile a la Universidad Católica, pero como la “U” truncó su traspaso decidió venirse a Ñublense de Chillán. 


Corría mayo de 1975 y el zaguero ni se imaginaba que en esta tierra sería leyenda al ser protagonista del primer y único título del Rojo en el profesionalismo. 


El combativo defensor central dio vida a una dupla infranqueable con Germán Rojas, otro proveniente de la tienda azul, en el mítico plantel campeón del Torneo de la Segunda División en 1976, hazaña que el equipo que lideraba conquistó tras vencer esa temporada a O’Higgins por 1-0 con gol de cabeza de Sergio Pérez.


Desde la localidad de María Pinto, ubicada entre Santiago y Valparaíso, donde levantó una escuela de fútbol, evoca su historia en la ciudad.


-¿Cómo se dio su llegada a Ñublense desde la U?
- A mí me fue a buscar Pedro Guzmán a Santiago, nos íbamos como diez desde la U a Ñublense, debido a las buenas migas que había entre el presidente de Ñublense y el entonces timonel de la “U”, Rolando Molina. Yo, la verdad, es que estaba listo para irme a la Católica, pero la “U” no me quiso vender, por lo tanto, me fui y decidí no seguir jugando, llevaba como dos meses cuando Guzmán me visitó. Apenas me vio me echó la ‘choreá’ y me dijo algo así como “vo’ soy el famoso Cerendero, puta que te hací de rogar oh”, pero siempre con un tono amistoso. Yo le conté lo que me pasaba y le dije que no tenía ningún interés en irme de Santiago, tenía planes personales, me quería casar. Entonces, Guzmán va y me dice: “te voy a pagar tanto y te vai a casar a Chillán”, así que me fui al otro día con mi novia y nos casamos en Quinchamalí, con Pedro Guzmán como padrino, y llevaron a mis familiares en minibuses a Quinchamalí. Yo estuve viviendo en el Hotel Quinchamalí. La U me vendió en 17 mil dólares, pero la U nunca me pagó el 15% de prima por la transferencia. Yo ahí dije que nunca más iba a volver a la U. Después, Pedro Guzmán me quiso vender a Colo Colo y yo no quise.


- ¿Apenas llegó convivió con los dramas económicos que vivía el club?
- Ñublense, en sus primeros 18 años de profesionalismo, siempre se caracterizó por puntear la mayor parte del torneo, hasta que pasaba algo y terminaba el año sin conseguir el ascenso. Mi explicación es que por una parte, hubo mala suerte, porque siempre variaban los cupos para ascender: si subían dos, Ñublense llegaba tercero, si subía uno, llegaba segundo; y también se explica porque a esas alturas del año, solían presentarse los problemas económicos del club, siempre dependientes del borderó. Yo vivía en la población de empleados municipales, estuve impago seis meses, vendíamos ropa en el mercado, la cambiábamos por leche o comida, tenía mi señora embarazada. Lo que pasa es que el ‘75 hubo un reajuste del 75% del sueldo. Cuando nació mi hija en diciembre del ‘75 tuve que empeñar mi anillo en la Tía Rica para tener dinero y viajar a Santiago.


- En 1976, de la mano de Isaac Carrasco, lograron el título en una disputa con O’Higgins. ¿Cómo era el Marinero?
- Don Isaac nos marcó con su sabiduría del medio, no dejaba nada al azar, a diferencia de lo que pasa hoy con muchos técnicos. No sólo conocía las virtudes y defectos de sus propios dirigidos, sino también de los rivales, fue un visionario. Faltaban dos fechas y nos tocaba jugar con O’Higgins de Rancagua, en el penúltimo partido. Íbamos un punto arriba a estadio repleto: detrás del codo cordillera, pusieron camiones con acoplado y sillas. Le ganamos a O’Higgins 1-0 con gol de cabeza de Sergio Pérez tras centro de Óscar Roberto Muñoz y fuimos campeones con jugadores como ellos dos, Manfredo González, Sergio Aballay, San Juan, Ávila, Germán Rojas, Luis Rosales, Ulloa, Antonio Muñoz. La anécdota es que no nos entregaron ni la medalla ni la copa, la Asociación Central no nos tenía fe porque siempre Ñublense fracasaba al llegar a la meta. 


- En 1978 usted fue muy cercano a Nelson Oyarzún, con quien le tocó entrenar y jugar en Ñublense.
- La primera vez que vi a Nelson Oyarzún fue en una práctica, llegamos a vestirnos al camarín. Luego de la introducción y las presentaciones de rigor de los dirigentes, los miró y les pidió si lo podían dejar solo con el plantel. Tomó la mesa para masajes que se ubicaba en el centro del camarín, la puso en un costado y se sentó ahí con una posición de yoga. Momentos después abrió los ojos y me miró a mí, que en ese entonces era el capitán. Me preguntó “Cerendero ¿cuánto crees que vales?” No supe qué decirle, entonces respondió al grupo: “todos están desvalorizados con la campaña que están haciendo, la única forma de volver a valer lo que ustedes creen, es ganando en la cancha, a eso venimos”. Ojo, que yo nunca lo vi repartiendo consomé, sí una maltita con huevo después de los entrenamientos. Nos concentraba en el Gran Hotel, donde nos esperaban con un plato de pastas y queso derretido, además de postres, pura energía para el partido.


- ¿Su muerte lo marcó y le dedicaron el triunfo ante Colo Colo?
- Me llamó del hospital la enfermera cuando murió la mañana del 10 de septiembre del ‘78, para decirme que Nelson quería que jugáramos y así fue. Ganamos 2-1 y la gente lloraba y levantaba pañuelos.


- ¿Qué significó Ñublense en su vida?
En lo emocional y deportivo, mucho; en lo económico, paupérrimo. Pero siento un gran cariño por Chillán y tengo grandes amigos.

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