Me arden los ojos

Por: María Loreto Mora Olate 2016-05-24
María Loreto Mora Olate
Dra. (c) en Educación. Universidad del Bío-Bío. Becaria Doctoral Conicyt.

Profesora de Castellano, Licenciada en Educación y Magíster en Educación. Universidad del Bío-Bío. Máster en Asesoramiento Educativo Familiar. Centro Universitario Villanueva. Universidad Complutense. Madrid. Diplomada en Fomento de la Lectura y la Literatura Infantil y Juvenil. Pontificia Universidad Católica. Docente Facultad de Educación y Humanidades de Universidad del Bío-Bío. Chillán. Investigadora de la revista cultural "Quinchamalí".

Me quejo porque me arden los ojos de tanto transitar entre pantallas de computador, led y celular a causa de mi trabajo y el estudio. Le pido a mis estudiantes letra clara y lápiz de pasta para facilitar mi lectura, uso religiosamente mis anteojos ópticos y gafas para el sol, me prometo una pantalla más grande para mi computador. Mi madre, como si aún yo fuera una niña, cada noche me dice: “apaga la luz, descansa tus ojos”.  Todas medidas para que no avance esta miopía que me acompaña desde los quince años, porque me niego a usar lentes de contacto y menos a una operación, claro está que mi vanidad sucumbe frente al temor profundo que le tengo al quirófano.

Pero este domingo me guardo la queja y miro mis ojos enrojecidos y pienso en Nabila Rifo que está en Coyhaique en ese tránsito entre la vida y la muerte, luego de haber sido  golpeada y salvajemente mutilada de sus ojos. 

Las imágenes televisivas mostraron la calle donde ocurrió este vil acto, el rostro desencajado de los carabineros y yo no podía dejar de pensar en la fría noche que fue el escenario para el ataque brutal. Nabila de seguro gritó, pero ¿nadie la escuchó? ¿Cuánto tiempo estuvo ahí tirada acompañada solo por el frío y el dolor?

La funesta noticia me remitió al teatro griego, a Sófocles con su “Edipo Rey”, cumbre del género de la tragedia, y me escabullo en esta lectura, como una forma de amortiguar el pavor y mi deseo de muerte para el culpable. Quisiera que Nabila no sufriera más y se durmiera para siempre. Ahora me arden los ojos de impotencia y de rabia paralizantes. No puedo seguir escribiendo.

Ha pasado casi una semana y retomo el tejido textual, ahora con más antecedentes de este caso,  concluyo que la conocida  metáfora referida a los ojos, como “las puertas del alma”, ahora tiene un tinte de amargura, porque fue precisamente una llave, que en las manos de este criminal, adquirió una connotación negativa, cuando la carga semántica de esa palabra está más bien ligada a la idea de  apertura y de liberación.

Nabila ya salió del peligro de muerte y ha sido sometida a cirugías reconstructivas en su rostro y en su mandíbula. Sin embargo,  obsesivamente sigo pensando en que ya no tiene sus ojos, sigo pensando en que su última mirada de desesperación se posó en el rostro de un criminal, del padre de dos de sus hijos, de alguien que alguna vez ¿la amó? 
En un momento deseé el sueño eterno para ti Nabila como una fuga para tu dolor, porque como muchos chilenos, siento que las instituciones no funcionan, en buenas cuentas, no quiero que tu situación de víctima se profundice a causa de ello. Pero nos demuestras que eres más fuerte que tu dolor y que el mío,  aferrándote a la vida, porque tienes cuatro grandes razones para seguir adelante.

Vivirás Nabila para que no olvidemos que la causa de la violencia contra las mujeres no solo es la bandera del feminismo, es un tema de Derechos Humanos que no solo debe enarbolarse cuando una de nosotras sufre lo indecible. 

No tendrás tus ojos Nabila, pero este golpe tan fuerte, “como el odio de Dios”, diría el poeta Vallejo,  espero que permita abrir los ojos de toda una nación y de quienes corresponda para endurecer la tipificación de este delito, porque de lo contrario, la impunidad será otra forma de sacarnos los ojos.

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