Despoblamiento rural

Por: 08:50 AM 2016-05-23

El impacto del proceso migratorio campo-ciudad ha sido profundo, generando un fuerte cambio demográfico en la mayoría de las comunas de Ñuble, caracterizado por el envejecimiento de la población y menores tasas de natalidad, como también por cambios económicos relevantes. La escasez de mano de obra para labores agrícolas y una alta dependencia de los hogares rurales del Estado, tanto como empleador como fuente de ingresos a través de transferencias, son expresión de aquello. 

Los especialistas advierten que este proceso, cuya velocidad se incrementa en periodos de mayor crecimiento económico, está hipotecando el desarrollo de la futura región. Según datos de la Encuesta Casen 2013, la migración está significando una importante fuga de capital humano y si bien un número importante se ha trasladado a los centros urbanos más cercanos, como Chillán, hay también flujos relevantes hacia Concepción, Santiago y el norte del país. Solo entre 2008 y 2013, un total de 16.915 personas en Ñuble migraron de sus comunas de origen en busca de mejores oportunidades, aunque para  muchos solo fue un doloroso proceso de expectativas incumplidas y pobreza.

Además de sobrepoblar las capitales provinciales, estos flujos extinguen la riqueza que subyace en las costumbres y particularidades de la gente del campo y complica cualquier iniciativa que se base en la identidad local como ancla de la generación de riqueza y diferenciación.

Lo principal que advierten los expertos es que es necesario generar un cambio de mentalidad en relación a las políticas que se están aplicando en el sector rural, ya que actualmente, este ámbito está muy ligado a la pobreza. Lo anterior es resultado de una errónea creencia de profunda raigambre y larga duración en algunos sectores dotados de influencia y poder económico, que ha descreído de la importancia del mundo rural como uno de los motores de la economía regional.

Un enfoque que predominó a lo largo de la segunda mitad del siglo último y que tiene aún una legión de seguidores. Tal enfoque, no desprovisto de un agregado ideológico, no ha sido capaz de advertir el gran impulso que han tomado los aportes de la tecnología agrícola en mecanización, genética, agroquímicos, electrónica, sistemas de cultivo y otros adelantos. Tampoco ha sido capaz de vislumbrar el potencial productivo y de servicios que tienen las provincias agrícolas para conformar un gran polo de desarrollo agroindustrial. 

En aras de esa concepción equivocada se ha ninguneado al mundo rural, a veces directamente, privilegiando inversiones e incentivos al desarrollo de zonas urbanas, más densamente pobladas y otras veces de modo indirecto, con organismos burocráticos de conducción y un rol pasivo del Estado ante la necesidad de regulaciones para mejorar la transparencia y competitividad de los mercados. Lo hemos visto con el trigo y el maíz, con la uva y la leche. 

Sería injusto, sin embargo, decir que no ha habido avances. La crítica a lo actuado se relaciona con intentarlo desordenadamente. De hecho, la OCDE identifica como una de las grandes debilidades de nuestro país la atomicidad de roles en la política rural, dispersa entre los casi sesenta servicios que operan actualmente y que están ligados al agro.  El diagnóstico del organismo internacional es coincidente con otros, de universidades y centros de estudios, en cuanto a que revalorizar al mundo rural es clave para superar el centralismo y la desigualdad. 

Para progresar, nuestro país necesita revalorizar su ruralidad y agricultura. ¿Podrá llegar este propósito en medio del status quo centralista? Imposible saberlo, pero seguiremos, inquietos y decididos, demandando una positiva respuesta.

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