Ellos tenían un mito para vivir

Por: Ziley Mora 2018-08-27
Ziley Mora
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Por años nos hacemos la pregunta central ¿Por qué esta pequeña Región de Ñuble es la cuna de tanto talento nacional? Estamos persuadidos que la volcánica geografía condiciona el aparecer del daimon o “genio” individual. La energía del entorno provocaría la llamada al daimon, a la vocación insobornable que la tradición mapuche llamó el ngen. Pero ¿por qué esa brillante gente que aquí nació no se quedó a medio camino, como tantos otros que lo habrían intentado desde otras provincias chilenas? Respondemos que -aparte del estímulo agroemprendedor pujante ante el difícil entorno histórico inicial- fue a causa de aquel mito personal que una noche de insomnio afiebró la conciencia, de ese íntimo ideal que enamoró a la voluntad, factor cuasi hereditario de conducta, que tiende a ser imitado por las generaciones siguientes. Lo aprendido en los otros -el valor, el empuje, la honestidad del esfuerzo- ese ejemplo visto en la infancia en las duras tareas domésticas del ganado o la cocina, florece luego que se encuentra una razón noble para vivir.

Afuera, en las condiciones no familiares y casi siempre hostiles, nuestros genios notables, simplemente aplicaron el temple copiado de sus ancestros y parientes. Caso paradigmático de esta fuerza interna la podemos apreciar en el joven O’Higgins en Talca, Lima, Londres o Santiago, cuando todavía era simplemente el “huacho Riquelme”, superando con voluntad notable el estigma de ser un bastardo. Aparece en el joven Claudio Arrau en las soledades de su práctica frente al piano en la fría Alemania. Se repite esta actitud en Violeta Parra, cuando en París y sin recursos, lejos de sus hijos que se morían en Chile, a ella le mueve e inspira el recuerdo de su padre guitarrero y cantautor que contra viento y marea -a pesar de su alcoholismo- fue fiel a su vocación, a su daimon de artista y músico, sea en San Fabián de Alico, en San Carlos o en San Rosendo. No en vano Chillán fue la ciudad que en tres siglos fue cinco veces refundada, y por tanto, es la ciudad que más destrucciones, ataques indígenas y reconstrucciones tuvo que superar en toda la historia de las ciudades chilenas. Aquí hay costumbre de fidelidad a la idea que nos posee y que nos hace danzar hasta encadenados. La crisis, el derrumbe, el desamor, la falta de financiamiento, etc. no es excusa para claudicar; al contrario se vuelve acicate y casi levadura para la fiebre del logro, aguijón para ver terminada la obra. Tal como Virginio Arias, ese campesino de Ránquil autor del monumento al Roto Chileno, en la miseria, desamparado y  ciego, seguía esculpiendo a tientas, al puro tacto de sus añosas manos. La soledad que  rodeaba su vejez no existía.

Debe haber algo aquí en Ñuble, en el ambiente, en el aire, en la cordillera que despierta el apetito por lo superior. Se impone entonces una advertencia: Por no tener un mito grande que despierte todas nuestras mejores potencias dormidas, por no tener la iluminación de una saga a seguir, que cuando se nos pierde o apaga (las más de las veces) nos haga equivocarnos, reflexionar, aprender y sufrir; por no perseguir y apostar por la quimera personal que en un día de la infancia nos brillara y  que después nos lleve por el camino de la epopeya, esa  la de cumplir con una misión y destino;  por no disponer de una fe, de una locura que nos haga vivir el riesgo de un viaje-odisea que nos obliga a ir más allá de nosotros mismos… por eso caemos en este otro mito enorme y demasiado cruel para con nuestra alma: el mito equivocado, denso, de la realidad cotidiana sin proyecto noble, del vivir con pan, pero sin gloria, emborrachados por una rupestre y domesticada versión de la vida, a veces tan próxima a la del rumiante satisfecho. 

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