Cultura del esfuerzo

Por: La Discusión 08:25 AM 2018-08-18

La circunstancia de que casi tres millones de chilenos reciban ayudas o subsidios de diversa denominación impone un llamado a la reflexión, no solo por la calidad y alcance de las políticas sociales que están detrás de esas transferencias, sino también por los efectos distorsivos que produce y cuya principal afectada han sido la vieja y olvidada cultura del trabajo y del esfuerzo.

Resulta notorio el cambio en las reclamaciones de los sectores más vulnerables, donde la demanda de trabajo ha sido desplazada paulatinamente por la exigencia de planes asistencialistas casi sin contraprestación alguna. La evolución de los beneficiarios es elocuente: si en diciembre de 2001 su número rondaba el 5% de la población económicamente activa, actualmente asciende al 17%. 

Sin perjuicio de la imperiosa necesidad de cubrir de la manera más urgente posible las necesidades primarias de los sectores más desposeídos de nuestra sociedad -especialmente a las personas mayores- a nadie escapa la naturaleza precaria de estos instrumentos de política social. Bien lo dijo el propio Presidente Piñera que “el asistencialismo es para el momento de la catástrofe, de la necesidad, pero la solución es crear trabajo”.

Por lo tanto, mientras se atienden las necesidades imperiosas de los más necesitados, la clase dirigente en sentido amplio (políticos, intelectuales, dirigentes gremiales y empresariales) debe diseñar un conjunto de medidas de fondo que incentiven la inversión, única solución para el problema laboral. 

El pesimismo que acusan varias encuestas y la ausencia de perspectivas de progreso social, no alientan la canalización de ahorros hacia nuevos emprendimientos, y en la medida en que ello no cambie, persistirá el asistencialismo, al menos mientras la situación fiscal lo permita.

Pero, como el ciudadano común advierte, este asistencialismo se ha convertido en sinónimo de clientelismo político, que es una de las expresiones más tristes de la degradación personal y social, pues el beneficiario de los subsidios, obligado en la mayoría de los casos a recibirlo en ausencia de otras alternativas, no deja de sentir una suerte de incapacidad absoluta que psicológica y humanamente lo degradan.

Sin duda, esta situación puede llegar a tener consecuencias políticas complejas. La experiencia de países vecinos indica que a la larga el asistencialismo esconde convulsiones sociales, y el mero clientelismo político no hace más que perpetuarlas.

Una vez lejos del asistencialismo, el acento en la calidad del trabajo (sinónimo de calidad en la educación) nos llevará a la necesaria y hoy ausente reflexión de cómo crear riqueza. Una vez respondido dicho interrogante, se podrá alentar a conseguir en los hechos una más justa distribución de aquélla.

Tal como coinciden las teorías económicas clásicas, distribución y riqueza están unidas desde su génesis. Por lo tanto, ya es tiempo de que recreemos la cultura del esfuerzo, única manera de volver a centrar en el trabajo gran parte de nuestra realización como personas y como país.

 

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