Altas expectativas en los escolares

Por: Germán Gómez Veas 2018-08-17
Germán Gómez Veas

Profesor Universitario y Consultor en materias de pedagogía, gestión educacional y ética empresarial.

Docente en Filosofía; MA y Ph. D (c) por la Universidad de Navarra; y MBA por la Universidad Adolfo Ibáñez. Autor del texto ¿Qué es la ética? y numerosos artículos acerca de educación y ética empresarial.

Actualmente se desempeña como Profesor Universitario y Consultor en temáticas educativas y de ética empresarial.

Hace mucho que se escucha en el ámbito pedagógico que para lograr una educación de calidad, es fundamental que los educadores propongan altas expectativas a sus alumnos. 

Comparto esa afirmación porque en definitiva si un centro educativo no propone metas altas a sus alumnos, si no procura que cada clase sea un desafío pedagógico estimulante y atractivo, simplemente el tiempo en las escuelas no tendría un consciente valor formativo. Sin embargo, me parece pertinente que esta perspectiva se extienda a los principios que las familias deberían asumir y gestionar de la mejor forma posible al menos durante todo el período que dura la formación escolar.

Para ser concreto, y dado que en estos tiempos no son pocas las familias que -por causas muy diversas- asisten insuficientemente en tiempo, forma, y fondo, a sus hijos en sus personales procesos de aprendizajes, me parece necesario subrayar lo fundamental que es acompañarlos especialmente en lo concerniente a que ellos puedan forjarse una mentalidad de crecimiento personal que les impulse a visualizar altas y diversas expectativas. Al respecto, es preciso resaltar que la literatura actualizada en educación ha hecho patente que, independiente de las calificaciones que un niño o adolecente alcance, la diferencia en la vida la marcará precisamente, el tener (o no) altas expectativas. De manera puntual, las altas expectativas personales se advierten en aquellos niños y jóvenes que pasan de no creer en sus capacidades a sí creer que pueden cambiar; también se advierten, por cierto, cuando ante un fracaso no se quedan paralizados, sino que adoptan una actitud de mayor esfuerzo y vuelven a retomar el desafío que sea del caso; y desde luego, las altas expectativas en sí mismos, los niños y jóvenes la evidencian toda vez que se empeñan en alcanzar metas que antes no creían posible alcanzar o que ni siquiera podían imaginar. 

Desde otro punto de vista, se podría cuestionar u objetar el valor de alentar altas o exigentes metas a los pequeños y a los jóvenes en cuanto a que les podría distraer respecto de apreciar o disfrutar las cosas pequeñas o simples de la vida cotidiana. En una visión más extrema incluso, alguien podría afirmar, en sentido contrario a lo que hemos planteado, que a los alumnos de cualquier edad, situarlos en una posición de altas exigencias podría dirigirlos hacia situaciones de estrés, agotamiento emocional, o ansiedad, toda vez que esas metas no se alcanzaran. 

Ahora bien, en mi parecer la trascendencia formativa está precisamente en el término medio de las dos perspectivas que acabamos de describir, esto es, promover altas expectativas a los niños y jóvenes sin caer en los extremos y siempre considerando la singularidad de cada cual. Hecha esta precisión, es conveniente acentuar que en este proceso la familia cumple una misión insustituible. Específicamente, en este desafío la familia debe acompañarlos con eficacia en el hábito de dos grandes habilidades: valorizar con optimismo sus capacidades; y poner en práctica una actitud positiva por sobre la frustación o los fracasos que experimenten en ocasiones. 

 

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