Lecciones de cultura de una madre tregüile

Por: La Discusión 2018-08-06
La Discusión

Cultura es el arte de convivir en la cotidianeidad y el proceso colectivo de construir un buen destino que luego nos llene de orgullo. Por tanto, son todos los esfuerzos por cuidar y embellecer la ciudad, el barrio, el nido del hogar. Y trabajamos por nuestra cultura cuando dialogamos acerca del valor que estamos a punto de perder. Porque somos el huevo que empollamos, lo que cuidamos y amamos por años, aquello noble que nos desvela y se apropia de nuestras conversaciones. Cultura es la manera de gozar una calle, detectando los detalles de su historia, de una plaza, celebrando sus símbolos (no sus baños…). Y es también una forma de invitar a un café o a una cantina donde una empolvada guitarra o un violín nativo abruptamente despierta una vieja canción que se acompaña con un vino añejo. Tal como un jerez o un ron cubano, cultura es lo que decanta con las décadas, luego de retirado el mar de espejismos que trajera la modernidad. Es beber la mistela o el enguindado reposado por largos inviernos con aguardiente de Portezuelo, ese que se cosecharan los campesinos encomendados a la Virgen de la Candelaria.

Vivir y hacer cultura en Ñuble o en cualquier parte, implica estar despiertos y a la vez llenos de pasión. Se nos requiere ebrios de lucidez, cuidando el nido sagrado que es el mundo, nuestro cobijo inmediato. Por estos días, donde el rastrojo del invierno deja al descubierto las desnudas sementeras, me encontré con una mamá tregüile cuidando su obra cultural más bella: su nido con cuatro huevos. Conmueve ver a esta ave madre -el tregüile (treile) o queltehue mapuche- plena de esperanza y asombro, espiando el exacto instante en que sus hijos, piando por primera vez, inauguren de nuevo la vida al romper el cascarón, eso que parecía tan aparentemente sin cambio. Entonces -en cada nacimiento- todas las esperanzas se renuevan. No hay nada más importante, y solo por ello se justifica todo el horror y las miserias del mundo. A esta altura, el mundo es todo sentido y sublime maravilla porque el milagro está a punto de ocurrir. Pero el tregüile, para vivir tan lleno de asombrada conciencia, no necesita ser madre: él vive así siempre, en cada momento alerta, a cada instante, espiando el mundo con sus ojos rojos de mística embriaguez de aurora. Él avisa y advierte cualquier movimiento extraño; es el lúcido vigía, el sistema de alerta temprana antes que los cambios ocurran. Basta saber leer sus gritos y sus vuelos para saber a qué atenerse. Como ninguna avecilla, el queltehue practica lo que cada ser humano está llamado a vivir: permanecer despierto como un centinela. Solo así estaremos de verdad ocupados naciendo. Bob Dylan lo dice genialmente “aquel que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo”. Y yo agrego, está muriendo porque duerme, porque no practica el inarumen, ese mindfulness mapuche del sur, que consiste en permanecer con la mente consciente.

Eso es cultura. Y la del tregüile es cantar, porque así permanece despierto y despierta a otros…hasta que un buen día muere a causa de su canto. El grito de su lucidez lo desploma porque no soporta tanta belleza a punto de romper el cascarón. A él lo mata el canto y no la muerte, porque el tregüile observa la neblina y con ese insumo que flota en la bruma del pasto al amanecer, fecunda el huevo de su canción que lo destruirá. En suma, cultura es desarrollar pasión por la obra de toda una vida, el nido con el huevo adentro: brindar más al mundo de lo que el mundo nos brindó. Por tanto es preguntarse, ¿Qué nido único quiero construir? ¿Qué gérmen de mito superior me va a mantener ocupado naciendo? ¿Qué canto mío va a empollar mi huevo, mi legado, la obra de mi vida?

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