¿Por qué Ñuble es la cuna de tanto talento nacional?

Por: Ziley Mora 2018-07-19
Ziley Mora
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Para responder a esta pregunta, existirían al menos dos hipótesis provisionales y exploratorias para la respuesta: A. La hipótesis sociohistórica, y B. La hipótesis telúrico-espiritual. Con respecto a la primera, postulamos que la pequeña propiedad agrícola, la de las primeras regalías que otorgó Valdivia a sus capitanes, empujó el desarrollo de una cultura y una tecnología criolla. En un libro que estamos escribiendo junto a Marco Aurelio Reyes, historiador de la UBB, éste sintetiza bien lo que fuimos: “zona fronteriza, de intercambio -aquí se hacía sencillo el “real situado” (la remesa española)- zona de alerta amarilla, pues en el Bío Bío comenzaba la roja de la sangre”. 

Las primeras mercedes de hijuelas estarían inducidas por cierto aislamiento y una homogeneidad mestiza, propias del pequeño minifundio agrícola, el que obligaba a innovar hacia dentro, lejos de la urbe, supliendo con ingenio la escasez del recurso tecnológico. Se trataría de la acumulación virtuosa de saberes de una comunidad local que haría su eclosión en determinados tipos humanos, síntesis creativa de dichos factores aislados. Se trataría entonces, de un particular influjo del entorno y su tradición, reunido en ciertos hijos/as señeros en los cuales maduraría en forma especial el talento acumulado. Porque aquí, tempranamente se aprendió a no confiar el destino a los otros. “Sin el Rey, yo soy Rey: aislado de la metrópoli, de mí dependerá hacerlo todo”, sería más o menos la implícita premisa que guiaba el inconsciente de los ribereños del río Ñuble, Cato e Itata. 

Lejos de la ayuda de los barcos -los puertos de Tomé y Penco quedaban a varios días de carreta- , aislados por una cordillera tan alta y trabajosa, desde un principio se percibió que cada hombre, cada mujer, cada familia debía forjar sus propias herramientas, desarrollar su propia inventiva para suplir todas sus necesidades materiales e inmateriales, incluyendo en éstas las espirituales de la memoria, las de las artes, las del pensamiento, del intelecto y de la cultura en general; hasta las religioso-teológicas, porque se trataba de asegurar la reflexión del catecismo.

B. La hipótesis telúrico-espiritual. Más que de nuestros genes mestizos, el fenómeno de la reunión de tanta  grandeza individual y con ello el impacto de ese talento personal en el desarrollo de un territorio como Ñuble, fundamentalmente se basaría en el tipo de decisiones que tomamos. Y éstas  estarían directamente inducidas o inconscientemente motivadas por ciertas influencias de fuerzas energéticas y/o por inspiraciones que nos sugieren el paisaje telúrico y su historia. Y desde una historia que iría muchísimo más atrás de la etapa criolla-mestiza de Chillán/Ñuble, proviniendo acaso desde el remoto pasado de su tronco indígena o de las primeras etnias que hicieron de este territorio el escenario de sus acciones. Y estas, bien podrían haber sido “actividades rituales-sacramentales”, las que habrían dejado en el paisaje, en el aire, en las rocas un impronta de “llamado a una misión elevadora de lo humano”, misión recogida después por algunos individuos, preclaros auditores de dicha impronta. La geografía condiciona el aparecer del daimon o “genio” individual.

Pero quizás la explicación es más sencilla, y quien mejor la expresara fue el gran periodista Tito Castillo. Estaría ligada al vino, sí, a la bebida espirituosa del Itata, ese vehículo de las musas: Ñuble es grande y especial “porque aquí el pipeño tiene gusto a borra”. Misión del Gobierno regional será entonces cuidar la borra espiritual, esa levadura, ese rescoldo caliente de la creatividad y las artes capaz de seguir incendiando el alma de todo el país.

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