Los adolescentes y la educación de su libertad

Por: Germán Gómez Veas 2016-05-12
Germán Gómez Veas

Profesor Universitario y Consultor en materias de pedagogía, gestión educacional y ética empresarial.

Docente en Filosofía; MA y Ph. D (c) por la Universidad de Navarra; y MBA por la Universidad Adolfo Ibáñez. Autor del texto ¿Qué es la ética? y numerosos artículos acerca de educación y ética empresarial.

Actualmente se desempeña como Profesor Universitario y Consultor en temáticas educativas y de ética empresarial.

Casi es un lugar común leer o escuchar que los adolescentes son en muchos aspectos inmaduros, algo inestables emocionalmente, frecuentemente impulsivos, e incluso que serían espontáneamente oposicionistas. 

En mi opinión ese tipo de emplazamientos o juicios son equívocos, desproporcionados, y en gran medida engañadores. Lo son más todavía, si observamos, que esas imputaciones suelen sostenerse, equivocadamente, en que, tal como lo señalaría el alcance semántico del concepto adolecer, los jóvenes en esta etapa se encontrarían padeciendo un defecto. 

Pero ocurre que la palabra adolescencia no está fundada ni emparentada con la etimología de la palabra adolecer. Para ser precisos, la etimología del vocablo adolescente apunta a la condición o proceso de crecer propios del ser humano. En efecto, desde la antigüedad romana se explica que “aduslescentes ab alescendo sic nominatos”: a los adolescentes se les ha llamado así de crecer. Así, para un joven ser adolescente implica que él se encuentra en la etapa de evolución progresiva natural y auténtica en la formación de sí mismo. Ni más ni menos. 

A estos jóvenes próximos a iniciar su adultez el Papa Francisco les dedicó hace unos días una homilía en la que les aconseja y previene acerca de lo más radical que tienen los adolescentes: su dignidad. Y desde la valoración a su dignidad, los alentó a cuidar de su libertad, porque en esta edad ella es aún frágil. 

En una parte de esa homilía, el Papa Francisco  lo expresó de esta forma: “En estos años de juventud percibís también un gran deseo de libertad. Muchos os dirán que ser libres significa hacer lo que se quiera. Pero en esto se necesita saber decir no. Si tú no sabes decir que no, no eres libre. El libre es aquel que sabe decir “si” y sabe decir “no”. La libertad no es poder hacer siempre lo que se quiere: esto nos vuelve cerrados, distantes y nos impide ser amigos abiertos y sinceros; no es verdad que cuando estoy bien todo vaya bien. No, no es verdad. En cambio, la libertad es el don de poder elegir el bien: esto es libertad. Es libre quien elige el bien…”. Qué valioso y oportuno es esta advertencia práctica para nuestros adolescentes.

Ahora bien, el mensaje es, al mismo tiempo, imprescindible para quienes desde el quehacer educativo en los colegios, procuramos ayudar con determinación y sin improvisaciones a que los adolescentes crezcan hacia lo más alto que puedan. Ciertamente, la relación que los jóvenes tienen con sus profesores, está frecuentemente caracterizada porque éstos subrayan la existencia de límites o les recuerdan las normas de convivencia, todo lo cual, en apariencia, puede parecer un atentado al despliegue de las libertades de los jóvenes. Sin embargo, se trata exactamente de lo contrario. 

En efecto, el trabajo educativo coherente con la dignidad de la persona de cada estudiante, compromete, por medio del intencionado ascenso de habilidades y conocimientos, el incremento sostenido de sus capacidades para elegir bien, lo que supone en simultáneo, desarrollar una proactiva capacidad para reconocer los límites que existen en todo contexto humano.

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