Iglesia: entre purificación y aprendizaje

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2018-07-07
Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

No hay lugar a dudas que, en la medida que avanzan los meses del año, como Iglesia Católica sentimos el dolor que nos trae la purificación de muchas realidades que se develan como espejo del pecado humano y al mismo tiempo aprendemos a mirar los errores del pasado con la verdad para no volver a cometerlos en el futuro.

Como institución humana, sin negar la presencia del Señor que anima a su Iglesia, como tantas veces en la historia pasada, estamos aprendiendo a ser más humildes, a reconocer los errores del pasado y a no flaquear dando los pasos que, aunque dolorosos y bochornosos, liberan y nos acercan al modelo de Iglesia transparente del Reino que Jesús predicó.

La Iglesia la hacemos todos los bautizados, pero no siempre hemos hecho realidad esta verdad de fe. El clericalismo, actitud asumida por muchos clérigos consciente e inconscientemente, pero animado también no pocas veces por el mismo laicado que no termina de asumir el protagonismo que implica su vocación, no ha permitido la acción libre del Espíritu Santo, que se manifiesta en cada discípulo de Jesucristo. 
Si bien reconocemos en los pastores los guías de las comunidades, no es menos cierto que los laicos tienen una misión importantísima para la comunidad. Son ellos los que permanecen en las comunidades, muchas veces toda su vida, mientras que los consagrados tenemos por naturaleza una misión itinerante y misionera que nos libera para llegar a diversos lugares en diferentes tiempos de nuestro ministerio. Hoy se hace imperioso que el laicado asuma su misión con responsabilidad, actitud de servicio al evangelio, y compromiso en muchas áreas que estaban asignadas a los ministros ordenados. Así, debemos reconocer con humildad, que en materia de organización pastoral, de representación eclesial, manejo de finanzas y sustento en la Iglesia, muchos laicos y laicas tienen de sobra más cualidades y calificaciones que el clero.

En materia de abusos, centro de atención en estos tiempos de cambios, parece demás decirlo, pero no creo que así sea aún, no hay vuelta atrás y la transparencia exige investigación, procesos y conclusiones de acuerdo a la verdad. La colaboración cercana con el Ministerio Público, garantía de profesionalismo y especialización, junto a la disponibilidad absoluta para compartir información, más que una alternativa, se proyecta como el mejor camino a seguir. 

La esperanza que infunde la fe en momentos de complejidad, nos regala la fortaleza para no bajar los brazos en la disposición a servir a la verdad, reconocer los errores del pasado con humildad y procurar alcanzar los mecanismos que garanticen ambientes seguros para nuestros jóvenes y niños. Cuando el viento purificador arrecia, más que nunca debemos mantener la convicción de que el Señor, cirujano sanador de su Iglesia, está con nosotros y nunca nos dejará. El proceso comenzado puede durar años y muchos no veremos sus frutos completamente, sin embargo el solo hecho de pensar que somos parte de este hermoso tiempo de gracia es razón suficiente para seguir trabajando por una Iglesia humana, servidora y humilde que proclama el Reino de Dios.

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