Ruta médica: salvando vidas en la calle

Por: Nicole Contreras 10:25 AM 2018-07-01

“Le voy a pinchar la manito. No le va a doler, va a sentir como si fuese un aguja de bebé”, dice la enfermera Francisca Olivares (28) mientras atiende a una persona en situación de calle en el Mercado de Chillán alrededor de las 23 horas. Antes de enterrar la aguja, acariciará su mano. A su alrededor la niebla lo vuelve todo blanco, y los basureros y restos de verduras parecen invisibilizarse, sí se puede ver los contenedores verdes con remedios e implementos médicos.  

Francisca es parte del programa Ruta Médica Calle a cargo del Servicio de Salud de Ñuble, que se realiza por segundo año consecutivo. El objetivo es recorrer albergues, hospederías y calles de Chillán, Chillán Viejo, Bulnes y San Carlos, lunes, miércoles y jueves desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche, para dar atención de salud. El equipo médico también está conformado por una doctora que será diferente para cada noche; Maritza Palma (31), paramédico y Macarena Velásquez, asistente social quien coordina el programa. 

Macarena destaca la importancia de la Ruta Médica Calle que permitió que el año pasado ninguna persona en situación de calle falleciera en Ñuble, a diferencia de 2016, en que ocho perdieron la vida por carecer de una atención oportuna. Pero hay un aprendizaje en el que todas coinciden: entender qué  lleva a alguien a abandonarse a sí mismo. 

“A pesar de que sea un trabajo, es gratificante aportar y conocer una realidad que muchas veces se pasa por alto. Es bueno saber que detrás de cada uno de ellos hay algo que pasó en sus vidas que los tiene aquí, muy pocos no tienen una razón”, afirma Macarena. 

La itinerancia

La ruta del miércoles comienza en el albergue San Juan de Mata en San Carlos. En el dormitorio cada persona pasará a controlar sus signos vitales y luego a recibir la atención de la doctora Natalia Pozo (30). A aquellos que presenten síntomas se les pedirá una baciloscopía para descartar la tuberculosis y tendrán la oportunidad de realizar un test de VIH, exámenes que luego las profesionales llevarán a laboratorio. 

Muchos de ellos se atienden por primera vez, para ellos Macarena creará una nueva ficha en su archivador, para que la doctora registre la atención.  Alejandro (32) tiene un dolor de cabeza hace varios días, explica que es por los problemas que ha tenido en los últimos tres meses. Llegó hace uno días al albergue desde Curicó. 

“Me portaba mal, salía todas las noches, mi señora se enojó y yo me fui porque no quise descontrolarme”, dice. Maritza encuentra su presión alta, la doctora le sugiere asistir a un centro de salud pública, recomendación que se les hace para seguir tratamientos de enfermedades crónicas. 

Alejandro no sabe si podrá hacerlo, porque se irá en unos días. No sabe a dónde, solo que no puede ser a su casa”. 

Patricio (59) dice que es un “caminante”, que a los 17 años dejó su casa. Asegura que ha trabajado como capataz de circo y que ha viajado por Bolivia, Argentina y Perú. No quiere conocer su estado de salud, relata que es hipertenso y que cuando lo supo hace dos años lanzó los remedios al viento. Antes tuvo una familia, pero su adicción a las drogas lo hizo separarse de ella y vagar por distintas ciudades hasta que un día fue a un centro de rehabilitación donde inició una terapia y se acercó a Dios. Dejó las drogas, pero siguió caminando y durmiendo en las calles. 

“Uno es constructor de su propio destino, la fe es no tener nada, pero tenerlo todo. Yo solo espero de Dios, la gente te puede dar solo maldad”, dice. 

La mayoría dejará la habitación agradecido llevando en sus manos remedios, aerocámaras e inhaladores que les ayudarán a sanar sus enfermedades. 

La libertad

El equipo se dirige a una casa okupa en San Carlos. La doctora Pozo compra antibióticos porque teme que los que quedan no sean suficientes. La casa no tiene ventanas y el frío se incrementa. La tos es constante en los siete hombres que se encuentran en la habitación. Pero a pesar de eso cantan y tocan instrumentos. 

Jesús  asegura que no tiene frío a pesar de su polerón delgado. Muestra cómo su perro “León Callejero”, al que recogió de la calle en Osorno desde que tenía tres meses, entra y sale de su bolso de viaje cuando se lo ordena. Jesús cuida a su perro mejor que a sí mismo: tiene alimento de la mejor calidad y varias piezas de ropa. 

Antonio hace 19 años deambula por la calle, no recuerda su edad. Dice que vivió en París y explica en francés que es músico.  Comienza a cantar canciones de Víctor Jara, pronto se une Héctor con la quena, y tocan como si se conocieran desde siempre, pero solo lo hacen desde hace dos días.

Óscar toca su tambor desde el fondo, recostado sobre su colchón, tiene una tos que le ahoga, pero canta. Pide que lo llamen con su nombre artístico, Mimo, porque él se considera un artista. Dice que tocarán una canción de Violeta Parra, para honrar a la tierra de la cantautora, pero olvidan la melodía. 

 Antonio se duerme sobre su guitarra y ya no vuelve a despertar. Sus amigos dicen que es producto de las drogas. 

Óscar afirma que no va al albergue porque no le gustan las normas, está orgulloso de haber dejado la cocaína a pesar de que aún no deja el alcohol. “Algo no está bien en mi cabeza, pero soy honrado, nunca he robado”. 

Héctor, agradecido por la atención del equipo, recuerda la melodía de Run Run se fue pal norte y la toca. El recorrido termina. “Me voy con una sensación de felicidad por ayudarlos, pero también de impotencia por no poder hacer más”, asegura la doctora Pozo.

La esperanza

La sonrisa de la doctora Camila Cerón atrae a todos los huéspedes de la Hospedería Municipal de Chillán en una nueva ruta de viernes.  Manuel (61) ha recibido una inyección para recuperarse de su neumonía. Está feliz porque pronto recibirá una casa, a la que pudo postular gracias a la ayuda de la hospedería. La suya la perdió hace siete años, después de la muerte de su madre en Chiloé. Allí encontró consuelo en el mar y comenzó a trabajar como pescador. Luego viajó por distintas ciudades trabajando, pero durmiendo en la calle. Está agradecido de su atención médica y del cariño que recibe del equipo, que no tenía desde que su madre murió. 

En el Mercado de Chillán, Francisca explicará que la ternura con la que le habla a sus pacientes se debe a que le recuerdan a su abuelo, quien la crió. Al lado del adulto mayor al que atendía, está Vicente (48), quien trabaja en un local de verduras. Ha sido dado de alta por la doctora, superó su neumonía gracias a que siguió el tratamiento recetado y dejó el alcohol mientras lo hacía. Esto gracias a la ayuda de Andrés Sánchez, integrante de Desafío Calle, quien le dio los medicamentos a Vicente todos los días. La agrupación solo se financia con las donanciones que recolectan sus miembros. 

“Me acerqué con mucho cariño, le llevé un juguito y le pedí que no tomara alcohol”, relata Andrés.

Vicente prefiere no ir a una hospedería, porque le gusta la soledad. “Desde niño he estado solo, por eso no me gustan los albergues”, relata. Le gustaría arrendar una casa, y poder tener privacidad. 

El recorrido terminará en Ultraestación, donde las personas viven en un sitio eriazo. Es medianoche, pero el equipo no puede irse sin saber cómo están esas personas. Antes de eso, visitan a “Rocky”, un adulto mayor que duerme junto a su perro, quien las besa, abraza y prueba su gorro a Francisca. 

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