Nunca más un mundo sin ética y derechos femeninos

Por: Ziley Mora 2018-06-26
Ziley Mora
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Toda movilización social que signifique despertar y tomar conciencia de la dignidad humana, es altamente liberadora para toda la especie. Así ha sido con el movimiento de los esclavos, de los pueblos indígenas, de los campesinos, de la lucha obrera, de los parias de la India de Gandhi, etc. A la postre -y más allá de los excesos que promueven los turbios, los oportunistas y los bribones- siempre se trata del despertar de la mentira y de la ignorancia a las posibilidades infinitas de la verdad y la sabiduría. Hoy, al igual que otras veces en la historia, lo es el despertar de los derechos femeninos. Por eso, desde esta perspectiva, el trasfondo de esta lucha es más allá que la de un nuevo trato. Es más bien una rebelión ética, una corriente de indignación moral no exenta de épica, ante tanta subvaloración femenina. Es repetitiva la queja de una hija brillante, injustamente postergada en un cargo concursable o relegada a un sueldo inferior a su par hombre. También es contra la cosificación de la mujer y su instrumentalización como mero objeto de placer; léase, hoy a todos le parece “natural” que la exposición de su desnudez se vuelva una mercancía.

¿Cuál es el fondo de esta lucha? En primer lugar, percibimos que no es contra el hombre, sino contra esa caricatura y coraza falsa que por milenios éste se ha puesto para esconderse: el machismo. Sus protestas masivas en las calles es contra la precariedad cultural de su condición, contra el abuso de poder. Es un decir ¡basta!”, una indignación moral contra ese sacar ventajas desde el machismo paternalista que cultivan hombres y mujeres. Es un fenómeno de “bendita intolerancia ética”, porque en el fondo, y más allá de rebelarse contra el maltrato acosador, por debajo está la protesta desesperada contra la debilidad histórica del varón, contra su cobardía de esconder la mueca de su miedo hacia el origen del poder auténtico: la matriz femenina de donde viene. Porque un varón fuerte, asumido  y disciplinado consigo mismo, jamás ha necesitado desquitarse con la humillación de su compañera, sometiéndola económica, política o sexualmente. Los pechos al aire están gritando al desnudo: “yo tengo derecho a ser mujer -por eso me asumo y muestro mis senos- pero por serlo ningún varón puede abusar de mi cuerpo ni tocarlo sin mi consentimiento. ”Hipócritamente el varón “consume pechos” a escondidas, pero no los tolera cuando la propia mujer los muestra por fines políticos.

La Iglesia, regida por el poder masculino, por siglos le ha tenido miedo a la mujer, a su poder arquetípico y a su capacidad de fecundidad material. Así, la demonizó como la “Eva tentadora”, “ocasión de pecado”, “impura”, etc. Por eso le dejó solo el reinado de las flores y de los manteles del altar. O bien, el oficio de ser musa de los poetas y dama inspiradora de las viriles victorias en la guerra. Una forma de mantener esclavizado al ser humano es rebajar el polo femenino de la creación a segunda categoría: negarla como individuo y su condición de un legítimo otro. Y el primer esclavo es el propio varón porque con su desconfianza hacia ella rebaja las posibilidades de su humanidad. Por tanto, las fuerzas oscuras que manejan al mundo hoy no están en aquellos que impulsan el movimiento feminista. Están en aquellos que debilitan aún más el arquetipo masculino y su señorío volitivo sobre su naturaleza. Están en los que hacen creer a los varones que su esencia es pensar en categorías verticales y autoritarias. Es la hora de sacar un viril poder interno, sin miedo al infinito potencial de cambio, novedad y reinvención liberadora que las mujeres traen a la Vida. 

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