Loceras de Quinchamalí mejoran en productividad y calidad de vida

Por: José Luis Montes V. 09:45 PM 2016-05-09

Con entusiasmo ocho artesanas y un artesano de Quinchamalí, de los 19 que se encuentran integrados en el Prodesal -que es un convenio entre Indap y los municipios, en este caso el de Chillán- ya están en plena actividad en sus nuevos talleres de cerámica, que les permite trabajar en mejores condiciones y estar menos expuestos a enfermedades propias de quienes trabajan expuestos altas y bajas temperaturas, al humo  y que utilizan las manos en forma inusual.


El fin de semana el jefe de Indap de Chillán, Luis Mora; el ejecutivo de créditos, Luis Vera; y la encargada de Prodesal Chillán, Patricia Contreras, visitaron a dos beneficiarias de este programa, que destacaron el avance productivo y en calidad de vida que les significaba tener sus talleres diseñados para el trabajo de la greda.


Eugenia Sepúlveda, de Quinchamalí sur, calle La Unión, aprendió a trabajar la greda a los 11 años, pero solo a los 23 debió asumir como profesional por la muerte de su marido José Bernardo Caro, ya que debió salir adelante con seis hijos.  Si bien la actividad le ha dado satisfacciones, como trabajar en la propia casa, la posibilidad de ser creativa y mantener y sacar adelante a su familia, también los años de trabajo con las manos, los fríos de la greda mojada, el calor del fogón, y el humo le han traído consecuencias como a gran parte de las loceras.


Tiene artritis, problemas cervicales y debe utilizar tres tipos de inhaladores para poder respirar bien: “Por eso estoy feliz de haber optado por esta solución del taller, ya que hay más espacio, no se llueve y tiene chimenea para el humo. Me cambió la vida, el apoyo de Prodesal es fantástico, siempre soñé con un taller así”.


Sobre la labor que realiza, afirma que no siempre hay demanda, por lo que hace entregas a pedido para los puestos de venta de Quinchamalí y otros clientes.

Comenta esto mientras trabaja con sus manos y  en cosa de minutos va apareciendo una figura de un chanchito alcancía de tres patas. Lo pone junto a otros trabajos que está secando y bruñendo para llevar al fuego.


Pese a que la confección de las figuras anda rápido, el secado demora y debe ser lento, para que al momento de ser introducidas al fuego no se quiebren: “Hago toda la gama de figuras típicas de acá. Palmatorias, chanchos, vacas, gallinas, pavos, vasos y platos. Fuentes para hacer asados al horno... de todo”.
Dice que elabora más de 40 sacos de greda al año, que compra a $10 por saco. “Antes era gratis”, comenta, adquiriendo también otros tantos de bosta de vaca que usa para cocer y dar el color negro típico a la greda de Quinchamalí. Ya no hay mucha vaca en el sector, por lo que también la bosta se paga a $2.500 el saco. 


Su colega Eugenia Sepúlveda vive en el sector norte, en el pueblo mismo de Quinchamalí, donde recibe  un pedido de 200 guitarreras pequeñas. Asegura que su capacidad de trabajo ha aumentado con la comodidad de tener el taller prácticamente adentro de la casa, ya que está adosado a la vivienda y tiene ingreso por el interior.


También ya tiene enfermedades profesionales. Pese a ser joven sufre por el desgaste en una de sus manos. La profesión la aprendió  de una hermana y de su madre que murió por problemas al pulmón debido al humo. La greda le ha dado satisfacciones como ser reconocida y premiada, pero no da para vivir solo de eso: “Se pone malo en invierno, que es cuando una tiene más tiempo”, explica.


Asegura estar feliz con su nuevo taller, ya que antes trabajaba en una sala que tenía más de 100 años, incómoda y tenía que respirar el humo. Ahora comenta que espera recibir más pedidos, ya que ha aumentado su capacidad productiva, lo que también, anticipa, le va a mejorar su ingreso familiar.


Ella es reconocida por ser una artesana generosa, que enseña la profesión a quien lo requiera, a niños y adultos, para que no se pierda la tradición. 

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