Los obstáculos que dificultan la estadía haitiana en Chillán

Por: Jorge Chávez 10:40 AM 2018-06-24

Casi una decena de vendedores ambulantes haitianos se cuentan a diario en las inmediaciones de la plaza Sargento Aldea de Chillán. Súper 8, turrones, galletas, caramelos y gomitas, son parte de la dulce mercadería que los ciudadanos caribeños ofrecen desde tempranas horas de las gélidas mañanas de la ciudad, propias de la estación invernal, jornadas que muchas veces se extienden hasta las 21 horas.

El paradero de la locomoción colectiva ubicado en el cruce de las calles Isabel Riquelme con Arturo Prat, es uno de los puntos neurálgicos de la precaria actividad económica de los inmigrantes con mayor presencia en Ñuble.

De acuerdo a la información entregada por la Gobernación local, el 80% de los extranjeros que llega a la región es de nacionalidad haitiana. Las cifras oficiales indican que hasta el 2017 más de 600 realizaron su trámite de visado en la zona, sin contar aquellos que lo hicieron en los últimos seis meses del 2018, estadísticas que bien podrían duplicarse.

Según los registros que consigna la parroquia San Vicente, entidad religiosa que ha asumido un rol clave en el apoyo solidario a la comunidad originaria de Haití, en sus carpetas tienen inscritos a casi 1.300 ciudadanos de ese país.

La secretaria de la congregación, Gloria Cerda, explica que con el objetivo de conocer la realidad educativa, profesional y antecentes personales de los recientemente llegados, desde febrero del 2017 se preocuparon de elaborar fichas particulares a cada uno de los que llegaban en busca de algún tipo de ayuda.

“Creamos una base de datos para saber quiénes son, qué necesidades tienen y cuáles son sus habilidades, porque la idea es apoyarlos en lo que más podamos y al mismo tiempo servirles de nexo con empresas o particulares que andan buscando gente que quiera y necesite trabajar”, afirma.

Gloria Cerda, quien desde hace dos décadas cumple el rol de secretaria de la céntrica parroquia, afirma que muchos se han trasladado a otras comunas ñublensinas, a Concepción y a zonas más al norte; no obstante, comenta que no menos de mil permanecerían en nuestra ciudad.

Engaños y cesantía

Desde hace casi tres semanas que Wilner Jean Pierre está cesante. La frutícola donde trabajaba finiquitó al último grupo de personas que aún cumplía labores de la actividad que tiene su mayor peak en la temporada primavera-verano.

Si bien comenta que está buscando incansablemente un puesto laboral, lamenta el que muchas veces las personas que ofrecen trabajo traten de abusar de su mano de obra.

“Hace unos días hablé con una señora que quiere a alguien que le cuide una bodega por las noches; ella nunca me quiso decir cuánto iba a pagarme, pero me dijo que tenía una pieza para quedarme a vivir ahí, pero yo le dije que tengo una casa que arriendo y que necesito un sueldo”, cuenta en perfecto español el hombre de 29 años, quien no aceptó la oferta porque advirtió un engaño de por medio.

Pese que Wilner califica como amigables y solidarios a los chillanejos, lamenta que algunos traten de aprovecharse de sus compatriotas que no saben nada de español, por lo que agradece todo el tiempo que vivió en República Dominicana antes de llegar a Chile, hace dos años y tres meses.

Una situación que generó fuertes críticas a nivel local fue el que se produjo en Río Viejo, en el sector sur oriente. Más de una veintena de haitianos ocupaba pequeñas piezas compartidas en condiciones de hacinamiento, ocupación espacial por la que debían cancelar 80 mil pesos.

Peter Joseph tiene un año viviendo en la comuna y le apena recordar la muerte de sus tres connacionales en Coelemu la semana pasada, a causa del monóxido de carbono producido por la combustión de carbón vegetal.

“Conocí a uno de ellos porque vivió acá en Chillán; fue muy triste cuando me contaron”, sostiene Peter Joseph.

Hace dos meses que no tiene empleo y el poco pero vital alimento que se lleva a la boca es gracias a la caridad de la parroquia San Vicente.

Junto a una treintena de compatriotas, suele llegar hasta las instalaciones del edificio religioso en busca de desayuno, almuerzo u once y no pasar hambre.

“No hay pega, está difícil (...), pero acá tengo algo que comer”, recalca escuetamente  y admite que ha desistido de salir a las calles a vender dulces, debido a que ya hay muchos de los suyos haciendo lo mismo y que, a fin de cuentas, no valdría la pena.

El caso más dramático que recuerda la secretaria de la parroquia San Vicente es el de una pareja a inicios de año. Los fuertes dolores de cabeza, cuerpo y estómago con los que llegaron hasta su oficina un hombre y una mujer treinteañeros, alarmó a la comunidad religiosa y decidieron llevarlos al hospital. Luego de los exámenes de rigor, el diagnóstico fue más que penoso; el cuerpo de las personas estaba reaccionando debido a que no habían ingerido alimentos en cuatro días.

“Fue realmente sorprendente y lamentable que esta gente pase esta situación; es por eso que nosotros les hemos dicho que pasen el dato a sus compatriotas que no tienen qué comer y que vengan, porque acá nunca faltará algo para darles, porque la idea es que no pases hambre”, enfatiza.

Frío y apoyo

Con las pocas palabras en español que puede decir Ketia Louicas, admite que el frío es uno de los peores inconvenientes que ha tenido que sortear en su estadía en Chillán. La gruesa parca que lleva encima no parece ser suficiente para la mujer llegada desde Puerto Príncipe hace 11 meses y aprovecha cubrirse con parte de la manta con la que abriga a su pequeño Alex de dos meses de vida que lleva en brazos.

Hinchazón en las manos y alergias, son los padecimientos más recurrentes a causa del frío. Más que lamentarse, los inmigrantes, que solo sabían de temperaturas cálidas en su país de origen, afirman que no les queda otra cosa que soportar las inclemencias del clima.

Esta realidad ha generado toda una red solidaria chillaneja, liderada por proactivos y desprendidos jóvenes, quienes el mes pasado organizaron la campaña “Un Abrigo para un [email protected] [email protected]”. La iniciativa fue pensada y ejecutada por estudiantes en práctica de Trabajo Social del programa de Interculturalidad de la Universidad del Bío-Bío (UBB).

En la parroquia San Vicente cuentan que ellos mantienen una constante campaña de recolección de ropa de abrigo y frecuentemente regalan guantes, bufandas, gorros y parcas a toda persona (inmigrante o no) que necesite.

El apoyo hacia la comunidad haitiana también se está dando en temas tan importantes como el idioma. La parroquia San Vicente, el Liceo Narciso Tondreau y personas particulares están impartiendo clases de español, con la finalidad de que el extranjero se integre a la sociedad local y entender sus derechos, deberes y tener más posibilidades de conseguir un trabajo.

Comentarios