Los abusos y conductas impropias que escondió la Iglesia en Ñuble

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Victor Orellana 10:25 PM 2018-05-26

Solo dos religiosos que han oficiado en iglesias católicas de Chillán aparecen en la lista de los 78 de diversas congregaciones, que están siendo investigados por pedofilia, según registra la base de datos de la organización no gubernamental BishopAccountability.org.

El primero es Francisco Basañez Méndez, quien pasó por la arquidiócesis de Santiago y las diócesis de Los Ángeles y Chillán. El segundo, es Jorge Baeza Ramírez.

Mientras del primero aún se han mantenido en secreto las edades y géneros de sus víctimas, así como la naturaleza de estos abusos; las fechorías de Baeza, conocido en los 80 como el “cura de la elite” por su cercanía con familias acomodadas de Chillán, son ya parte de una historia ampliamente conocida y cuya dureza y crueldad han motivado diversos reportajes de medios regionales y nacionales.

Sin embargo, en esta lista falta el nombre de Francisco José Cox Huneeus, quien fue obispo de Chillán de 1975 hasta 1981 y que terminaría renunciando a toda actividad religiosa en 2002, luego que la prensa publicara su historial de agresiones sexuales a menores.

Son solo tres nombres para una lista incierta, a veces muda y mucho más larga de víctimas que a duras penas ha salido a la luz. Dolores imborrables que incluso han derivado en casos de suicidio, acá en Chillán y en el resto del país.

Muerte y traumas eternos a cambio de castigos apenas institucionales. Con los causantes fuera del país (Cox en Alemania y Baeza en Argentina).

Hoy, que como nunca antes, se clama por justicia, la llegada a Chile del Papa Francisco solo generó mayor desolación, luego de su débil respuesta a estas denuncias.

Sin embargo, una reunión convocada por el Sumo Pontífice y que generó una simbólica renuncia masiva de obispos, incluyendo el de Ñuble, Carlos Pellegrin (quien también fue investigado el año 2011, desestimándose posteriormente la denuncia), genera una última esperanza y las voces de las víctimas vuelven a surgir con fuerza también en Chillán.

Sonreír para nadie

Natalia es una odontóloga chillaneja que ha contado ya mil veces que ella fue una de las víctimas del cura Baeza. Ella, su hermana y su mamá, quien separada de su esposo se dejó seducir por este cura de ansias aspiracionales, nacido en familia pobre, pero de  gran capacidad para encontrar las debilidades del resto y así, conseguir dominar sus vidas.

Incluso le propuso matrimonio, pero ella se enteraría que su pretendiente había abusado sexualmente de dos de sus cuatro hijas, abordándolas a ambas cuando ellas dormían y sabiendo que lo leían como a su incuestionable guía espiritual y un nuevo referente paterno en la familia.

“La vergüenza y el miedo son uno de los sentimientos que más pesan en esos momentos, son tal vez la razón por la que muchas víctimas decidan no denunciar. Por lo que he ido aprendiendo en todos estos años, es que el promedio de espera es de 20 años. Nosotras fuimos abusadas cuando teníamos 15 años, y lo denunciamos después de los 30”, repasa la dentista.

Natalia, su hermana y su madre iniciaron un extenuante derrotero por sicólogos que las terminaban solo derivando a otros sicólogos.

Las pesadillas siguen al acecho en las noches y tanto artículo periodístico, tanta nueva víctima que sale a la luz, tanta película sobre curas pedófilos son sal para sus heridas.

“Tuve algunos intentos por volver a la Iglesia, pero siempre pasa algo, se sabe algo que me hace revivir este holocausto. Creo que la Iglesia debe irse al suelo de una vez por todas, hay que hacerla otra vez, empezar de cero. Imagina la actitud que las autoridades eclesiástica tiene con los abusadores, desde Francisco hacia abajo”, comenta con voz enérgica.

Y agrega que “cuando fuimos citados por el Obispado para apoyarlos en una investigación, nos íbamos a entrevistar con Carlos Pellegrin, pero yo dije que no pensaba hablar, porque a él también se lo estaba investigando”.

Natalia se ha juntado en varias oportunidades con José Andrés Murillo, director de la Fundación para la Confianza y el primero en denunciar a Fernando Karadima.

Dice que es importante prevenir estos hechos, que han existido desde que la Iglesia es Iglesia, que hay síntomas claros, “como el que estas personas se acercan a quienes ven débiles, pasando por problemas, y crean todo un mundo de poder a tu alrededor, un círculo cerrado donde no es fácil entrar ni salir y donde ellos son los que lo rigen”.

Dice que es posible salir adelante, que es posible sanar pero que “la vida no vuelve a ser la misma”. De hecho no se ha casado ni tiene hijos. 

-¿Es por lo que te pasó con Baeza?

-Sí, puede ser.

Los ocho que no han suspendido

El 21 de diciembre de 2013, a una semana de terminado el juicio en contra de Elías Cartes Parra, un joven erróneamente sindicado por la PDI como autor del homicidio del cura Cristián Fernández Fletá, en 2009, personal de la Brigada de Homicidios concedió una entrevista a LA DISCUSIÓN.

Solo se dijo lo que se podía decir. Como siempre.

Ya bajando las escaleras al primer piso luego del reporteo, llega a paso rápido uno de los investigadores cercanos del caso. Y dice, off the record, lo que no se podía decir.

“De los 16 curas que interrogamos en Ñuble por este caso, ocho nos dijeron que eran homosexuales y que iban a locales gay”, fue la confesión.

Se publicó protegiendo a la fuente y el obispo Pellegrin pidió los antecedentes a la Fiscalía local. Se los negaron por no ser parte de la causa.

El cura Fernández Fletá era homosexual y además promiscuo, lo que quedó en evidencia durante el juicio mediante las declaraciones de testigos que él llevaba a su casa en Chillán.

Uno de sus invitados frecuentes era el capellán de la cárcel de Chillán, Jaime Villegas, quien debió declarar en el juicio jurando “decir la verdad y nada más que la verdad”.

Se vio obligado a declarar su homosexualidad y que solía relacionarse con reos que andaban de capa caída, incluso dentro de la cárcel.

A varios de ellos prometió ayudar cuando salieran, pero la ayuda era solo llevarlos a la casa de Fernández en calle Huambalí. Dijo que con las cervezas “perdía los quilates y la conversación pasaba a los besos”.

Mientras Fernández murió de 21 puñaladas, Villegas, quien salió rojo del Tribunal Oral tras declarar, renunció el 14 de enero como capellán de la cárcel.

“Ante esto solo se puede actuar con la verdad”

A Baeza y a Villegas no son los únicos que les quitaron su condición de miembros de la Iglesia, o al menos renunciaron a sus capillas.

Hubo otro religioso al que sencillamente lo echaron. Primero de su lugar de trabajo como capellán del Colegio La Purísima y luego de la Iglesia, toda vez que en 2011 fuera sorprendido por unas alumnas (y sin que él lo supiera) mirando pornografía en el computador de su oficina.

Era Juan Alberto Arroyo Sanhueza, quien no cerró bien la cortina de su oficina y desde uno de los pasillos del segundo piso, la pantalla de su PC se hizo visible. Además, quedó registrada en los videos que las alumnas hicieron con sus celulares.

Milton Brevis, actual director del colegio (vicerrector, en ese año, el 2011), fue quien llegó a su oficina y “le dije lo que había pasado. Me lo negó, pero sentí que era como un niño defendiendo una mentira evidente. Le pedí que tomara sus cosas y se fuera del colegio”, recuerda, chasqueando los dedos en son de inmediatez.

Brevis sabe lo que está ocurriendo con la imagen de la Iglesia y que el suceso del padre Arroyo aún no se olvida.

Ante lo que se podría venir asegura que “la Iglesia ha pasado en sus más de 2 mil años de existencias por crisis peores, mucho peores que estas, pero siempre hemos logrado salir adelante enmendando el camino. Ante esto solo se puede actuar con la verdad y al que se le comprueben abusos o actos deshonestos, para afuera (vuelve a chasquear los dedos)”.

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