Expertos acusan un doble estándar con las minorías

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Mauricio Ulloa 08:20 PM 2018-05-20

El 8 de mayo, en la esquina de las calles Arauco y Bulnes, sobre unos paneles que cubren una obra de remodelación que se realiza en el lugar aparecieron dos rayados. Los primeros con un sentido xenofóbico: “Chile para los chilenos” y “en salud, los chilenos primero”.

Cuatro días después, el club lésbico-gay, Frida Khalo, fue objeto de una tentativa de incendio en su jardín, obra de un vecino del sector quien declaró estar harto del mal ambiente que el club genera en el tranquilo barrio.

Las minorías sexuales de Chillán y algunos extranjeros, en especial haitianos y colombianos, dicen advertir una total dicotomía entre la conducta de los ñublensinos en las redes sociales y en la calle, porque mientras que persona a persona “pareciera que hubiera un discurso políticamente correcto el que se impone, en las redes sociales nos hacen pedazos”, dice Eduardo Placencia, estudiante de Fonoudiología de la UBB, quien se reconoce abiertamente gay.

Un fenómeno en que, a juicio del sociólogo de la Municipalidad de Chillán, Daniel Fuentes, tiene múltiples explicaciones, pero que apuntan siempre al doble estándar del que históricamente se ha acusado  a los chilenos.

“Todo obedece a un proceso social e incluso legal muy complejo de entender, de hecho no es fácil entender desde el punto de vista legal a la figura de los travestis y de toda la diversidad sexual, que pareciera haber aparecido de un día para otro y respaldado por un discurso mediático y político”, plantea el sociólogo.

A juicio de Fuentes, los chillanejos están algo así como adoctrinados para plantearse a sí mismos como personas que acogen, aceptan y toleran a las minorías sexuales, pero que sin embargo “hay algo de ignorancia y de miedo siempre que aparecen figuras nuevas en nuestra sociedad, por lo mismo es una aceptación relativa y más bien de apariencias, en especial de los segmentos de mayor edad de nuestra sociedad”.

Gustavo Campos, magíster en Historia y encargado de un programa de habilidades cognitivas para profesores y estudiantes de comunas rurales en Ñuble de la Universidad del Bío Bío, dice que “los aspectos que muestran un escenario favorable para la diversidad y las minorías llegaron paulatinamente a Chile desde los círculos intelectuales de Europa, ese discurso se metió en las zonas rurales también, pero al igual que en la ciudad, se advierte una aceptación apenas relativa, más de opinión que de acción y mientras más lejos estén aquellos a quienes ven diferentes, mejor para ellos”.

Para personas como Eduardo Placencia, tales aseveraciones que llegan desde los estudiosos de las ciencias sociales de Ñuble, “son totalmente ciertas, hay mucho de cinismo, mucho apoyo aparente, pero la verdad es que se nos sigue discriminando y hacernos sentir mal”.

Dos historia de ejemplo
Jaqueline Ortega, dueña del Club Frida Kahlo, dice que en los años en que ella abrió su pub, (2005 en calle Isabel Riquelme), si un travesti o un gay iba a la feria a comprar, “lo tapaban en insultos y nadie le vendía nada”.

Pese a los avances en pos de la aceptación, mediante campañas comunicacionales y políticas públicas, hace menos de dos años, Placencia fue junto a unos amigos travestis a la feria. “Y nos pasó lo mismo, la gente se reía de nosotros, nos gritaban cosas y nadie nos quería vender nada. Fueron las mujeres feriantes que nos atendieron y trataron de defendernos”.

El mismo estudiante cuenta que “hace no mucho fui con un andante a un pub. Pero cuando nos tomamos de la mano, se acercó uno de los administradores para pedirnos que nos soltáramos y que fuéramos más discretos”.

Los extranjeros no se quejan
Diferente pareciera ser el sentimiento de los extranjeros respecto a la aceptación. Si bien coinciden en que por las redes sociales el chillanejo tiende a ser, en ocasiones, cruel, “en la calle, en los trabajos, las autoridades y en el comercio la gente es muy amable, muy atenta con nosotros. Al menos yo jamás he sentido el rechazo de nadie”, asegura la colombiana Miranda Castellanos, quien trabaja en una oficina contable, de San Carlos.

Nádege Fréderic, de Haití, sí lamenta el que encontrar trabajo en Chile no sea tan sencillo como pensaba antes de emigrar de su país, pero se mostró agradecida por lo que ha conseguido en la ciudad los 4 meses que lleva en el país.

“Pude arreglar mi visa y estoy con un trabajo. No era lo que quería, pero me sirve para empezar. La gente acá es muy buena y tranquila”, dice.

De rechazos, nada, asegura.

Frida espera la patente
Llorando y con ideas que a veces se enredaban en la boca, Jaqueline Ortega pedía a través de los medios de comunicación que “me dejen de tramitar con la patente de mi local, llevo años luchando, nadie me abre las puertas, tengo todos los papeles, pero nadie me escucha”.

El día en que trataron de quemar los arbustos de su antejardín, en el municipio empezaron a tramitar la patente.

“Si se reúnen todos los requisitos, lo que incluye permiso de la junta de vecinos y Carabineros, se la tenemos que dar. Pero debo advertir que ella (la dueña) ha falsificado la firma del alcalde, ha hecho rotura de sellos y si los vecinos están molestos no es porque sean gays, sino porque hacen fiestas en el patio de jueves a domingo y eso deberá ser regulado en caso de que se le otorgue la patente”, dice el concejal Joseph Careaga, presidente de la Comisión de Alcoholes del municipio, quien advirtió que “como a todo otro local, al tercer reclamo, se le quitará la patente”.

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