Iglesia chilena en crisis

Por: Fotografía: AFP 11:10 AM 2018-05-19

Tras enfrentar graves denuncias de abusos sexuales a menores, un demoledor informe que confirma el encubrimiento de esos crímenes y después de tres días de encuentros con el Papa Francisco, finalmente llegó el terremoto que se esperaba en la Iglesia chilena: 34 obispos presentaron en masa su renuncia al Pontífice “para que libremente decida con respecto a cada uno de nosotros”. 

Entre los 34 renunciados está el obispo de Chillán, Carlos Pellegrin, quien deslindó responsabilidades, asegurando que no era parte de la curia en los tiempos que se dieron algunos de estos escándalos, aunque dijo asumir solidariamente la responsabilidad que le corresponde como parte de la jerarquía de la Iglesia chilena. El prelado también aclaró que sigue controlando la Diócesis local. “Estamos en plenas funciones”, hasta que el Papa acepte o rechace las renuncias presentadas por todos los miembros del episcopado, un hecho sin precedente en la historia del Vaticano.

Los casos de pedofilia, silenciados durante tanto tiempo en la Iglesia Católica chilena, constituyen una de las mayores vergüenzas para la milenaria institución y han minado seriamente su credibilidad ante la opinión pública nacional. Las acusaciones se multiplican en muchas ciudades, y la nuestra no ha sido ajena a este horror, aunque lamentablemente, en el pasado, se prefirió priorizar la imagen del clero, antes que denunciar y defender a víctimas inocentes desprotegidas.

Juan Carlo Cruz, una de las víctimas más emblemáticas de Fernando Karadima, que fue invitado por el Papa a fines de abril y que había reclamado acciones concretas, reaccionó a la noticia de la dimisión en masa del episcopado con gran satisfacción: “Obispos chilenos todos renunciados. Inédito y bien. Esto cambia las cosas para siempre”, escribió ayer en su cuenta de Twitter.

Caben algunas consideraciones que pueden ser de utilidad a la hora de reflexionar sobre estas conductas aberrantes que tanto daño han producido y sobre la forma de prevenirlas y combatirlas. Resulta indiscutible plantear que esos comportamientos tienen origen en un desorden psicológico grave que se asocia a la conducta de cualquier abusador. Cuando la Iglesia encara en términos exclusivamente morales y espirituales estas situaciones, olvidando la cuota de patología que referimos, se equivoca y, por ende, yerra también el camino a la hora de implementar cualquier política preventiva. A la luz de un mayor conocimiento científico, es importante revisar los criterios de admisión en los seminarios y casas religiosas, así como todo el proceso de formación, en el que sería ya impostergable apelar a la psicología para el acompañamiento permanente de todos los candidatos.

También resulta pertinente aplicar a esta dolorosa cuestión la expresión “tolerancia cero”, que en el ámbito civil designa políticas criminales duras con el delito a expensas de las debidas garantías de los imputados. En el caso de delitos comprobados de abuso sexual de menores, la Iglesia es corresponsable por haber admitido equivocadamente al candidato a la profesión religiosa y por no haber denunciado oportunamente aquellos delitos cometidos de los que hubiera tomado conocimiento, incluso ocultándolos y simplemente cambiando de sede a los abusadores, como si con ello los males se dieran por terminados. Los pedófilos deben ir a la cárcel. La Iglesia debe aspirar a contar con personas de probada virtud.

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