Pequeña agricultura

Por: Fotografía: Fernando Villa 08:25 AM 2018-05-18

Cuando se buscan respuestas que expliquen las altas tasas de pobreza en Ñuble, la primera relación que se hace es la alta ruralidad de la zona, destacando el rezago económico en que se encuentran las comunas del Valle del Itata. 

Sin embargo, la vida campesina no debiera ser sinónimo de pobreza en una región tan fértil como la de Ñuble. Es por ello que al revisar los factores que inciden en estos preocupantes índices, se observa que las dificultades de acceso a servicios básicos y la escasa conectividad vial y de telecomunicaciones no solo son elementos que afectan la calidad de vida de la población, sino que también son determinantes en el grado de dinamismo de la economía local, cuyo corazón agrícola exhibe dos caras opuestas: la del mundo exportador y la de la agricultura familiar campesina. 

En ese sentido, los rubros exportadores, como el frutícola, son un factor de mejoramiento del empleo y de los ingresos de la zona, sin embargo, la agricultura familiar campesina representa el estancamiento y la falta de oportunidades, es decir, la pobreza. 

Contrario a lo que se pudiera pensar, el ser pequeño no es un obstáculo irremontable para los productores. De hecho, no son pocos los ejemplos de empresas asociativas formadas por pequeños productores que han logrado crecer y desarrollarse, dando un salto en sus ingresos. 

En la práctica, el gran obstáculo para el crecimiento de los pequeños es la dificultad de acceso a canales de comercialización, en un ambiente donde tampoco están dadas las condiciones para ser competitivos: sin servicios sanitarios, sin internet y con caminos de tierra, la comercialización asoma como una ilusión.

Además, la alta informalidad de los pequeños productores, que por generaciones han vendido su producción a los intermediarios, constituye en sí misma una barrera de entrada a los canales formales. 

En ese contexto, el desarrollo de ferias agrícolas y de agroprocesados se ha transformado en la única vitrina para que los pequeños puedan llegar con su producción a los consumidores de las zonas urbanas. Pero claramente, esas instancias no son suficientes para revertir el problema de fondo. Sin iniciación de actividades, sin facturas o sin permisos sanitarios, es imposible pensar en generar canales directos de venta, pero sin agua potable rural no se puede obtener una resolución sanitaria, y sin recursos, conocimientos o acceso a internet, la facturación electrónica se ve lejana.

Por ello, si bien se valoran iniciativas como las ferias campesinas y las tiendas de productos rurales, es imperativo que los organismos del Estado que se asentarán en la nueva región promuevan con más fuerza la formalización, brindando el apoyo necesario para superar las brechas de acceso y fomentando la asociatividad como una herramienta para asumir las inversiones que se requieren. 

Para las familias pobres de las zonas rurales de Ñuble, generar canales directos de comercialización, será, en la práctica, dar un salto en materia de ingresos y comenzar a pavimentar su camino al desarrollo.

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