[Editorial] ICVU y empleo en Chillán

Por: Fotografía: Mauricio Ulloa 10:35 AM 2016-05-04

Entendido el trabajo no solo como un medio de sustento económico, sino que como una forma de inclusión social, y ya celebrada la efeméride que lo conmemora internacionalmente, resulta conveniente reflexionar sobre la calidad de nuestro mercado laboral, sobre todo después de conocerse ayer el Índice de Calidad de Vida Urbana (ICVU) elaborado por el Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Pontificia Universidad Católica y por la Cámara Chilena de la Construcción, donde la dimensión Condiciones Laborales fue la peor evaluada. 

En efecto, Chillán obtuvo 27,3 puntos, inferior en 14,5 unidades al promedio nacional y 16,5 puntos menos que los conseguidos en 2015, contribuyendo de modo importante a que la capital de la futura Región de Ñuble totalizara un ICVU de 40,1 puntos, que la hizo retroceder 15 puestos en comparación al año pasado y que también incidió fuertemente en la posición de la intercomuna, relegada como la penúltima área metropolitana del país en calidad de vida, superando solo a Iquique-Alto Hospicio.

Este índice se obtuvo con datos sobre el costo de vida (una canasta de 130 productos), con porcentajes de ocupados asalariados con contrato de trabajo firmado y con porcentajes de ocupados con jornadas superiores a 45 horas. La conclusión es que tenemos un mundo del trabajo altamente precarizado, repleto de trabajadores subcontratados, subempleados y sub remunerados. De hecho, si utilizamos el coeficiente de Gini, herramienta aceptada internacionalmente para medir la desigualdad en la distribución de ingresos, Chillán obtiene un promedio de 0,45, muy parecido al de ciudades norteamericanas como Oklahoma y Miami, pero la cifra por sí sola puede llevar a confusión, ya que esta menor desigualdad no se explica por una mejor distribución de la riqueza, sino que más bien por una equitativa distribución de la pobreza.

Ello se comprueba al analizar la tasa de ocupados (entre 25 y 35 años) con educación superior, que es de 3,38%, una de las tres peores cifras del país, junto con San Fernando y Linares. En contraste, Concepción tiene un 8,51% de ocupados profesionales, mientras que Santiago y Valparaíso exhiben un 7,35% y 9,65%, respectivamente.

Esto permite explicar, entonces, que al ser los salarios la principal fuente de ingresos de la mayoría de la población, esta menor desigualdad de Chillán se debe precisamente a la precariedad laboral, o dicho en términos más simples, a que la mayoría de los empleos no exige una alta calificación, y por lo tanto, ofrecen sueldos más bajos. 

Esta realidad salarial, consecuencia de la oferta laboral, se atribuye al bajo nivel de desarrollo económico local, cuya matriz productiva se compone principalmente por los sectores agrícola, servicios, comercio, construcción, forestal y agroindustrial, con baja agregación de valor, que son intensivos en uso de mano de obra, pero de baja calificación. 

Para esta realidad existen numerosos diagnósticos (demasiados, quizás) tanto en el ámbito académico como en el Gobierno, así como también lineamientos generales sobre los desafíos para ampliar esta matriz y mejorar los ingresos. Lamentablemente, en los últimos años, la mayoría de las ideas para cambiar esta situación se ha quedado solo en eso y muchas de ellas están teñidas por un dogmatismo trasnochado. 

A estas alturas de nuestra historia nadie podría dudar que no hay mejor política social que el pleno empleo, pero se nos ha olvidado, mareados entre tanta estadística, que este factor económico también tiene una dimensión cualitativa y ahí Chillán está definitivamente al debe.
 

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