Cultura clientelar

Por: 08:00 AM 2018-05-07

Hablar de identidad es hablar de pertenencia a un lugar físico (territorio), de un grupo humano con características e intereses comunes, de una historia común y una memoria colectiva. En el caso de Ñuble es posible identificar cuatro pilares: geográfico, histórico, herencia cultural y popular y el factor socio-productivo. 
Cada uno de estos elementos se conjuga para ir identificando el ethos de los habitantes de la nueva región.

Por otra parte, lo geográfico, fuertemente ligado a las cuencas hidrográficas, a la diversidad de paisajes como montaña, valles, bosques y mar, le dan un sentido de pertenencia y afectos al territorio y otorgan un sentimiento de seguridad y arraigo a sus habitantes.

Los otros dos factores de construcción de identidad, el soporte histórico y la herencia cultural, se suman a un sentimiento de orgullo y descentralización que también fueron poderosos argumentos para los estudios que respaldaron el proyecto de ley que creó la nueva región.

Actualmente, esos atributos se ven también cruzado por la globalización y el impacto que ésta produce en la vida moderna. Así, encontrar arraigo se hace más difícil, pues es inevitable que la construcción de lo propio se forje influenciada por todo lo ajeno que se asimila diariamente en una cultura hiperconectada.

Pero para un proyecto colectivo como la Región de Ñuble, fortalecer los imaginarios locales y la identidad es un tema clave para su capital social, y las iniciativas que lo promueven deben valorarse en cuanto otorguen identificación y diferenciación a las comunas y pueblos.

Precisamente la forma cómo se reparten los recursos estatales para ese objetivo es un tema que se ha instalado en la agenda local, después de una entrevista que el historiador y gestor cultural Alejandro Witker concedió a este diario, donde se pregunta por los resultados de la inversión de 22 mil millones de pesos en cultura que ha destinado el gobierno regional los últimos 10 años en la zona.

La respuesta no tiene nada de positivo, pues se estima que más de la mitad de esos recursos se han desvanecido en fiestas populares sin más relevancia que su masividad, mientras bibliotecas locales y espacios para el desarrollo de jóvenes talentos brillan por su ausencia. Relaciones clientelares y una lógica cortoplacista que busca apropiarse de la iniciativa cultural, se esconden detrás de esta desviación que a larga termina provocando descreimiento y fastidio por su intrascendencia.

Lamentablemente, el modelo da resultados y quienes profitan de él no tienen razones para desmantelarlo. Por el contrario, en los últimos años hemos visto que las conductas de quienes asignan recursos y de quienes postulan para acceder a ellos, tienden a profundizarlo.

Que la política muchas veces conlleva acciones impúdicas no constituye ninguna novedad, pero resulta lamentable que la cultura también sea llevada a este juego.

Rebelarse contra el clientelismo es el desafío que debiéramos exigir a los consejeros regionales que asignan estos recursos, como a los alcaldes que estimulan este círculo vicioso. Financiar actividades frívolas sin ninguna otra motivación que ganar adhesión y manipular a potenciales votantes no debiera ser ya una alternativa consentida despreocupadamente por todos. Modificar esta realidad es un imperativo que probablemente demandará tiempo, pero que no podemos seguir postergando.

Comentarios