Patricio Aylwin y el “alma de Chile”

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2016-05-03
Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

A pocos días del fallecimiento del ex Presidente de la República Patricio Aylwin, y de sus participadas exequias, nos hace bien hacer memoria de lo que hemos aprendido de este gran estadista, ciudadano y cristiano. En la sencillez de una vida centrada en la familia, profundamente católica, el servicio a la patria, y la disposición para asumir responsablemente la conducción del país en tiempos de gran conflicto social, don Patricio se destaca como un ejemplo a seguir en la vida diaria y especialmente en el complejo mundo de la política.

Con su amable apariencia, y una vida consecuente con su discurso, asumió su responsabilidad histórica levantando la voz con firmeza para invitar a todos los chilenos, sin excepción, a trabajar por un país mejor para todos. Aún en medio de gran polaridad, animada por la violencia política extremista, hizo todo lo posible para rescatar el “alma de Chile”, como la llamaba el Cardenal Silva Henríquez, invitando a un proyecto colectivo que, respetando la diversidad y complejidad de las posiciones políticas, mirara más allá de lo coyuntural y el corto plazo para construir sobre el cimiento de los sacrificios del pasado reciente.  Su palabra y testimonio, como lo han relatado tantos en las últimas semanas, fueron un aporte para reconocer que los crecientes deseos de mayor participación democrática, mejor distribución de la riqueza, y las demandas sociales, no eran una amenaza, sino más bien la expresión clara de la esperanza que alentaba y auguraba una patria más madura, unida y libre.

El Presidente Aylwin nos ha dejado su pensamiento y su ejemplo que, en estos complicados momentos para Chile y para muchas de nuestras naciones hermanas de América Latina, nos invitan a mirar con objetividad nuestra historia, reconocer los logros, identificar las tareas pendientes y unirnos en torno a un gran proyecto que trascienda las aspiraciones partidistas, evitando  la tentación del individualismo y la fragmentación, recuperando el sentido de pertenencia e identidad en torno al gran proyecto de justicia, participación, y encuentro, que forman parte del “alma de Chile”. 

Una fotografía de nuestra comunidad nacional hoy nos permite constatar una realidad que nos llena de optimismo y esperanza. 

Desde los años en que Patricio Aylwin condujo los destinos de la patria a la fecha hemos cambiado, madurado y desarrollado. Aún en medio de las crisis que nunca faltan, constatamos el crecimiento económico que ha permitido un importante retroceso de la pobreza, aunque no todavía en el nivel que deseamos; la transición a la democracia, nada de fácil, pero ejemplar en el contexto latinoamericano, con una democracia estable que nos debe enorgullecer y llevar a cuidar.

El ejemplo de don Patricio nos recuerda la necesidad de cuidar y proteger a la familia, donde se aprende a amar y a ser amado, y se da el encuentro de las generaciones, preocuparse de que se preserve la paz social, que es fruto de la justicia, que permita superar para siempre la desigualdad, que genera un clima de perturbación social.

Trabajar por el Chile que soñamos significa mantener el paso de crecimiento que hemos consolidado en las últimas décadas, tanto en lo material como en lo trascendente de los valores que hacen grandes a las personas y a los pueblos.

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