Chillán es tierra de sueños para inmigrantes haitianos

Por: Nicole Contreras Fotografía: Agencia Uno 09:45 PM 2018-04-14

74,43% de empleos informales del total de la fuerza laboral hay en Haití, según la Organización Mundial del Trabajo. 

“¿Quieres vender Super 8? Sé que Haití es un país pobre y esto te ayudará a comer”, le dijo una mujer en el Mercado de Chillán a Wilson (34) hace cinco meses. 

“No, gracias. Tengo una barbería, no necesito este trabajo”, le respondió. 

En la peluquería que lleva su nombre, ubicada en la Población El Roble, Wilson Pierre atiende a chilenos y hatianos. Sus clientes alaban su talento, aseguran que con solo ver una fotografía Wilson puede imitar cualquier corte masculino. Su novia, Rose, se encarga de hacer manicure y peinados para mujeres. 

La barbería está abierta 12 horas al día, y los fines de semana Wilson se traslada con sus implementos al Persa San Rafael para atraer más clientes. Pero cuando llegó a Chile, en septiembre de 2016, tuvo que aceptar empleos esporádicos, recibió contratos falsos que le impidieron regularizar su situación migratoria y llegó a pensar que “matar y robar eran las únicas dos cosas que no podía hacer para sobrevivir”. 

“Cómo no te va a gustar un trabajo, si tú necesitas plata, cualquier trabajo es bueno, te guste o no te guste, porque necesitas comer y pagar un lugar para dormir”, afirma. 

Desde que decidió dejar Santiago para vivir en Chillán, por recomendación de un conocido, la vida de Wilson cambió. Se acercó a la parroquia San Vicente y en la misa hizo amigos chilenos,  a quienes dijo que en Haití trabajaba en una peluquería. Allí pagó su educación escolar gracias a que cortaba el pelo del director. 

Sus nuevos amigos le regalaron un máquina de cortar pelo para que comenzara a trabajar a domicilio. Ahorró dinero, que le permitió dejar la pieza donde dormía hasta que pudo arrendar una casa para instalar su barbería. Está agradecido de la ciudad, asegura que no tiene tiempo libre, porque siempre tiene clientes, pero no le importa. Porque tiene dos sueños que cumplir: traer en diciembre a su hija de nueve años que dejó en Haití, a la que envía dinero cada mes para pagar su educación, y tener una cadena de barberías en Chillán para dar trabajo a sus compatriotas. Precisamente, un amigo lo ayuda cuando hay muchas personas esperando. 

Según Extranjería, el 80% de los inmigrantes que llega a Ñuble es de nacionalidad haitiana. Hasta 2017 más de 600 haitianos realizaron su trámite de visado en la zona. La mayoría trabajaba en el sector frutícola, pero la temporada comienza a terminar. Ellos no se rinden, porque la tranquilidad de la ciudad y la posibilidad de enviar dinero a sus familias es mayor que cualquier deseo de volver a Haití. 

No culpan a Chile por las dificultades y los abusos a los que se exponen. Ni tampoco están en desacuerdo con el nuevo sistema de visas impulsado por el Presidente Piñera, que les obligará a tramitar una visa desde Haití y no en territorio chileno. Para ellos el culpable es el Gobierno haitiano, porque si de algo están seguros es que Haití no es un país pobre. “Tenemos playas, oro, gas, petróleo, el Gobierno vende todo a otros países, pero no hay empresas donde trabajar”, enfatiza Wilson. 

El oasis

Wilnick Mereus (34) camina bajo la lluvia. Con polera y un paraguas se dirige a su trabajo en una construcción. Llegó hace dos meses a Chillán y hace cinco a Chile. No tiene ropa de invierno ni entiende español. Tiene una esposa y dos hijos en Haití. Trabaja 10 horas al día para enviarles dinero. Tiene frío y extraña el clima tropical de su país, pero no le importa. 

“Chillán es maravilloso, tengo seguridad, puedo caminar por la calle sin miedo a que me agredan”, recalca. En Haití, donde afirma que cualquiera puede sacar una pistola, y que la policía no es garantía de seguridad, su familia ha sufrido muchas agresiones. 

Tras el término de la temporada de frutas los haitianos han repartido sus currículums en las empresas constructoras, y ante la alta demanda quienes tienen estudios corren con ventaja. 

Domicson Joseph (26) estudió dos años Ingeniería en Puerto Príncipe. Su hermano, quien había conseguido titularse de Agrónomo, financiaba su carrera hasta que tuvo su primer hijo, y ya no pudo ayudarlo. Su madre escuchó de Chile en la televisión y le dijo que partiera para tener un mejor futuro y ayudar a sus seis hermanos. Él no lo dudó, tenía la esperanza de terminar su carrera al venir a Chile. “Cuando llegué a Santiago pregunté qué había que hacer para ir a la universidad, pero me di cuenta que no iba a ser tan fácil”. Al no encontrar un trabajo emigró a Chillán, trabajando en la recolección de frutas y ahora en la construcción. 

Domicson en su tiempo libre estudia español con una aplicación, porque piensa que si lo hace podrá tener herramientas para terminar su carrera. También quiere conseguir un trabajo mejor para poder abandonar la pieza compartida que arrienda por 130 mil pesos, casi la mitad de su sueldo. 

Dos años de Derecho cursó René Guignard (28) en Haití. Perdió su empleo en una cocinería de Chillán por reducción de personal, por lo que también trabaja en la misma construcción de Domicson. Ya no tiene esperanza de terminar su carrera, porque la próxima semana será padre de una niña. “Estoy asustado, es una gran responsabilidad, no sé quién la cuidará”, confiesa, ya que asegura que es necesario que su pareja vuelva a trabajar luego del parto.

Pero René es feliz en Chillán. “En mi tiempo libre juego al fútbol con mis amigos chilenos, soy el delantero del equipo”. Al principio podía enviar dinero a sus hermanas menores para estudiar, pero ya no puede. 

Afuera de la construcción tres haitianos vestidos de traje esperan por un empleo. Son amigos, abandonaron su carrera de Derecho en cuarto año porque ya no podían pagarlas. Decidieron venir a Chile a estudiar. Tratarán de dejar sus currículums, pero ya no hay más cupos.

Aprender a vivir

Un año tardó Marie Cléanta Felix (24) en decidir abandonar Haití. Un amigo le dijo que Chillán era una buena ciudad para encontrar trabajo. Cuando su padre, quien emigró a Europa para dar una mejor vida a ella y sus seis hermanas enfermó, Cléanta tuvo que dejar sus estudios de Enfermería. Su madre no tenía un trabajo, por lo que ahorró durante un año para comprar un boleto de avión. 

Trabajó vendiendo celulares, comida en la calle. Y es que Haití, según datos del Banco Mundial, las cifra de desempleo alcanzó el 13% en 2017, pero la informalidad del trabajo supera el 70%. 

“Las autoridades no dan nada a la gente, nosotros vamos a la escuela, a la universidad, para nada. Mucha gente tiene una profesión en Haití, pero no podemos encontrar empleos, no tenemos qué hacer”, declara. 

Cléanta trabaja como asesora del hogar en una casa. Su objetivo es enviar dinero a su familia y terminar su carrera. Aún no sabe español, pero lo estudia todas las tardes. “Estoy decidida a terminar mis estudios, y si no es en Chile iré a Brasil”. 

En Haití su pasatiempo era ir a la iglesia cada domingo y participar en el coro. En Chillán, también va a misa, para escuchar el idioma. 

La casa de Pierre (38) está adornada con una bandera chilena y un cuadro con  la foto de la expresidenta Michelle Bachelet. “Es un amiga para los haitianos”, afirma. 

Vive hace un año y medio en el país. Su hermano, sacerdote, le aconsejó emigrar a Chile para poder tener un mejor futuro. Actualmente trabaja como bombero en una gasolinería. Toma todas las horas extras que puede para enviar dinero su familia. Con los 60 mil pesos que les envía pueden vivir un mes. 

“La gente de Chillán es muy amable, el único problema son algunos clientes que no quieren recibir gasolina de mi mano, pero lo entiendo”, asegura. 

Estudió dos años Ciencias en Haití, pero su sueño es ser Agrónomo, porque nació en el campo. “Voy a mejorar mi español para poder conseguir un mejor trabajo y pagar una universidad”, asegura, mientras mira su casa y dice que debe comprar una alfombra y una nueva mesa cuando tenga dinero. Sobre la que tiene hay una Biblia que lee por su fe y para aprender más palabras. En la iglesia a la que asiste todos lo conocen porque es el encargado de la lectura en la misa. 

El paraíso se termina

“Se acabó el trabajo en la fruta, he repartido siete currículums y no me llaman”, dice Leonel (24) mientras vende “Super 8” en un paradero de colectivos.

Vende aproximadamente 100 unidades al día que compra en la distribuidora Fruna, como la mayoría de sus compatriotas. Al comienzo eran estafados por chilenos que les pedían que los vendieran a cambio de una comisión muy baja. Ahora ellos mismos se encargan del negocio, porque es su única salida para sobrevivir. Leonel solo tiene un sueño: encontrar un trabajo con contrato. 

Nadeye sentada un terminal de buses con siete meses de embarazo ya no se molesta en subir a los buses para ofrecer los dulces. Hay cinco haitianos más que realizan el mismo trabajo. Con las pocas unidades que vende solo puede pagar una pieza para vivir. Sus otras necesidades las cubre a través de la beneficencia de iglesias, al menos hasta que pueda volver a trabajar. 

Jean Michel (42) vende “Super 8” en la esquina de Av. Argentina con Av. Collín. “Yo vivo mal en Chile, yo necesito un trabajo, las frutas se terminaron, ya no puedo enviar dinero para mi esposa y mis tres hijos”. Solo quiere volver a Haití, para eso trabaja más de 10 horas todos los días para reunir el dinero.

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