Ñublensinas que abortaron reivindican su derecho a elegir

Por: Nicole Contreras Fotografía: Agencia Uno 09:05 PM 2018-04-08

Un lavatorio de porcelana con la pintura desprendida, una colchoneta sobre cajones de madera, una tableta para enfermedades de caballos que tendría que ingerir y decenas de sacos de harina, eran los implementos que se encontraban en la habitación donde Soledad (36) con la ayuda de una mujer que le había cobrado 50 mil pesos, interrumpiría su embarazo de cuatro meses. Al entrar, sintió miedo de morir y dejar a sus dos hijos solos, pero al recostarse bloqueó su mente. 

La casa donde Consuelo (44), psicóloga, tres hijos, realizaría su aborto, le recordó aquella a la que fue a los 19 años cuando esperaba a su primer hijo, estudiaba en la universidad  y pensaba no terminar su embarazo. Esa vez, al ver la precariedad de la vivienda y hablar con la mujer que haría el procedimiento, se arrepintió y decidió ser madre. Casi quince años después, luego de vivir un matrimonio donde sufrió violencia y un posterior divorcio complicado, al enterarse    que estaba embarazada, tuvo la certeza de que la decisión no sería la misma. 

“Estaba reconstruyendo mi vida, ya no tenía los prejuicios del colegio católico y era profesional, sentí que no era el momento, que tenía la posibilidad de decidir”, asegura. Lo que no pudo elegir fue la forma en que le hubiese gustado que se concretara el aborto.

En Ñuble, 19 de 34 médicos obstetras han solicitado el documento que les permite acogerse a la objeción de conciencia y no practicar abortos en el Hospital Herminda Martín y el Hospital base de San Carlos, recintos donde se puede realizar la interrupción voluntaria del embarazo de acuerdo a la Ley de Aborto en tres causales, inviabilidad del feto, riesgo de vida de la madre y violación. Dos procedimientos se han realizado hasta esta semana en estas instituciones. 

Sin embargo, la realidad escapa a la ley y a las causales: muchas mujeres toman la determinación de abortar porque en el momento del embarazo, por distintas razones, no se encuentran preparadas para llevarlo a término, y lo defienden como “el derecho de decidir sobre su propio cuerpo”. 

“Desde tiempos inmemoriales las mujeres que han querido abortar lo han hecho por diversos mecanismos, pero como en Chile se rompió el tejido social no hay a quién recurrir y en la ignorancia se cometen muchos actos que cuestan la vida de muchísimas mujeres. La realidad cambia mucho dependiendo del nivel económico, pues no es lo mismo hacerse un aborto clandestino que con un médico de cabecera en una clínica”, afirma Claudia Calabrano, integrante de Cuerpo Violeta, organización feminista de Chillán, que busca combatir la violencia contra las mujeres. 

Consuelo consultó a un ginecólogo, quien en la época se decía practicaba abortos, y le expuso su petición. El médico le cobró un valor aproximado de un millón y medio. Como ella no tenía esa cantidad, él le recomendó ir a la casa de una mujer que los realizaba de forma clandestina. 

“Yo no tengo rabia con el tema del aborto, sino con la forma en que tuve que hacerlo. No me arrepiento, pero me gustaría que fuera libre”, enfatiza Consuelo. 

Después de una semana sintió un dolor en el costado del vientre que le impedía caminar con normalidad. Fue al hospital. Los doctores pensaron que era apendicitis, ella sabía que no lo era, pero  no podía decirlo. 

Fue operada producto de un absceso tubo-ovárico que la dejó una semana hospitalizada. La mujer había utilizado implementos que no tenían la higiene adecuada. Ya recuperada, fue a reclamarle. 

“Yo no me fui a quejar de mi consecuencia, sino que le fui a pedir que hiciera bien las cosas. Ella lo iba a seguir haciendo, porque iban a  haber más mujeres como yo”. La mujer negó su responsabilidad y le dijo que no volviera. 

El marido de Soledad estaba en la cárcel. Ella vivía de allegada en la casa de unos amigos, no tenía familiares en Chillán y el dinero que ganaba como vendedora no le alcanzaba para mantener a sus hijos. Esa mañana los dejó con unos conocidos, cada uno en una casa distinta. 

Mientras estaba sobre la camilla improvisada de la curandera, luego de ingerir la tableta, sintió las contracciones. La mujer le dio un agua de limón para calmar el dolor y con los sacos de harina limpió la sangre. Soledad solo recuerda los gritos y el lavatorio lleno de coágulos cuando logró ponerse de pie. “Tomé la decisión porque no tenía ayuda de nadie, no me arrepiento ni siento culpa porque no tenía otra opción”, admite. 

“El sistema no te da las condiciones para ser madre” 
Sentada en un café, tras la imagen de Simone Beauvoir, filósofa francesa feminista que creó un manifiesto a favor del aborto a principios del siglo XX, América (33), quien declara admirar a la activista, recuerda la situación en la que se encontraba cuando se enteró que estaba embarazada por segunda vez.  
“Tenía un escenario económico muy precario, mi pareja tenía más hijos, estaba sola, terminando mi carrera de Psicología en Concepción, mi familia estaba lejos y ya tenía a mi niña de dos años”, recuerda. 

América tomaba todos los trabajos posibles: repartía diarios, cuidaba niños, iba a la universidad mientras su hija estaba en el jardín. Tomó la decisión de abortar. Su pareja, quien estuvo de acuerdo, se comprometió a conseguir misoprostol, fármaco de uso restringido, autorizado para abortar en Chile solo bajo supervisión médica.

“Pasaron los días y nunca llegó con la pastilla. Además, su forma de conseguirla fue preguntar a amigos o en el mercado negro”. Ella se hizo cargo de la situación. Una amiga de la universidad le recomendó pedir ayuda a la ONG holandesa Women on Waves -Mujeres sobre olas- que da orientación a mujeres de países en los que el aborto es ilegal, como en Chile. 

Por medio de correos, un médico de la ONG explicó a América el procedimiento que debería realizar. La institución le enviaría el misoprostol junto a otro fármaco y le indicaría la forma en que debería ingerirlos. Debía pagar un aporte de 60 mil pesos. Como no los tenía, solo pudo dar 40 mil que le prestó una amiga. 

Luego de que saliera a la luz pública que la agenda entregada por la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile contenía un instructivo llamado “Cómo hacerse un aborto seguro con misoprostol”, el Ministerio de Salud emitió un comunicado en el que rechazaba la medida, afirmando que el medicamento “solo es seguro para ser utilizado en el aborto médico de primer y segundo trimestre del embarazo, bajo supervisión médica y parámetros controlados”. 

“El Estado no quiere responsabilizarse, pero los abortos se van a seguir realizando igual, porque las mujeres estamos haciendo el trabajo que los doctores no quieren hacer”, asegura América.

Women on Waves, recomienda realizar el procedimiento no más allá de la semana número doce. América tenía seis semanas. “Me dio pena por la condición de soledad en la que estaba, mi pareja andaba ahí rondando en la casa, pero en ningún momento me abrazó, ni me preguntó cómo estaba, de hecho quien andaba al lado conmigo todo el tiempo era mi hija”, relata. 

No tiene miedo a las críticas. “Nunca me he cuestionado. Si fuéramos una sociedad pro vida resguardaríamos primero cuando el niño nace, que tenga todas las condiciones para que pueda ser un sujeto feliz, libre y protegido. Nos dirían, ten a tu hijo en condiciones precarias y nosotros después te ayudamos, y no es así”. Su madre es profesional, y tuvo ocho hijos. Nunca ejerció. No quiere lo mismo para ella. 

Camila (30), profesora,  a los 18 años tuvo a su hijo en el Hospital de Chillán. De ese día recuerda el maltrato de los funcionarios, cómo gritó durante mucho tiempo para que la ayudaran y el trabajo que le costó subir sin ayuda a la cama donde daría a luz a su hijo. 

Sus padres la apoyaron con el cuidado de su hijo, a quien solo veía los fines de semana, ya que estudiaba fuera de Chillán. Trabajaba en todo lo que podía para mantenerse y costear su carrera. No recibió apoyo del padre de su hijo, con el tiempo comenzó otra relación. 

Cinco años después, cuando se enteró que estaba embarazada nuevamente, supo que solo tenía dos opciones. Dejar la universidad, volver a casa y cuidar de sus hijos o abortar. Después de evaluarlo, tomó la segunda alternativa. 

“Yo no le iba a poder entregar un buen futuro a ninguno de mis dos hijos en ese momento, porque mi pareja tampoco viene de una familia acomodada, estudiaba también, los veranos trabajaba, los dos hubiésemos tenido que dejar de estudiar para trabajar. Fue un acto de amor, de pensar en los que me querían”, enfatiza. Camila al igual que América, pidió ayuda a Women on Waves y realizó el procedimiento cuando tenía cuatro semanas de embarazo.  

“Me desajusté con las pastillas, uno se puede equivocar, porque toda la responsabilidad cae sobre nosotras”, destaca. 

“Si tú quedas embarazada tienes que tener a tu hijo, porque es una vida inocente que no tiene la culpa, y es cierto no tiene la culpa, pero el sistema no te da las condiciones para asumir la responsabilidad; tuve que pagar mi universidad, cuando mi hijo se enfermaba siempre pagué doctores y remedios. Todo se dificulta para las mujeres que somos comunes y corrientes”.  

Hoy Camila es profesional y no se arrepiente de su decisión, porque está segura de que su hijo pudo tener un buen futuro. 

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