La historia del vecino de Los Lleuques que fue a la Guerra de Vietnam

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Mauricio Ulloa 10:25 PM 2016-04-29

El anuncio de que se había iniciado una rebelión en Quinon atravesó bosques, cercos y sistemas de seguridad para llegar al destacamento de guardia en la base americana de esa localidad de Vietnam.


La realidad les cayó aplastante: los soldados de Richard Nixon habían sido tomados por sorpresa.


Uno de los pocos americanos de sangre latina enviados a la guerra sintió el más genuino miedo cuando “de repente se cortó la luz y se cortó el agua. Como yo estaba encargado de la distribución de los alimentos, había decidido guardar algunas raciones extras porque el helicóptero con el batallón de expedición  ya había salido. Quedábamos solo la defensa de la base y estábamos siendo atacados”.


Este soldado profesional, que tenía instrucción especial en disparo, fue enviado solo a cubrir uno de los dos accesos de la base. Era solo él y su fusil, más lo que pudiese encontrar como escudo ante los proyectiles vietnamitas. Comenzaron los disparos de ese enemigo invisible. “Otro soldado también había sido enviado solo al otro acceso. Estuvimos así cerca de 24 horas, con balas que sabía que me tenían a mí como destino. No imagina el alivio al ver que nuestro helicóptero llegaba y que así los del Vietcong se retiraron. Logramos cumplir con la resistencia”.


Lo anterior es solo uno de los miles de recuerdos del conflicto bélico más trascendente e incomprensible de fines de 1960 y principios de 1970, que están guardados con celo en la memoria de Eduardo Pérez Valenzuela, un vecino de la Avenida Coihueco de Chillán, penquista de nacimiento, quien a los 19 años, motivado por aprender jazz en Estados Unidos, llegó en diciembre de 1968 a Nueva York para trabajar “en lo que fuera” y poder comprarse una batería, pero que “antes de viajar el consulado de Estados Unidos me puso como condición el ingresar al servicio militar en ese país y yo acepté”, recuerda.


Mirando un álbum con decenas de fotos que lo acreditan como soldado, formando batallones estadounidenses en las localidades de conflicto vietnamita Quinon, Saigón, Pleiku, Danan y Nathan, no puede evitar que su relato tropiece en emociones, que incluso lo hacen mirar hacia la luz grisásea de la ventana de su cabaña en  el sector El Macal, de Los Lleuques Bajo. “Nunca entendimos a qué fuimos a Vietnam. Creo que cuando se dieron cuenta que allá no había oro, ni plata, ni petróleo, la excusa de combatir el comunismo ya no la usaron más y nos enviaron de vuelta, a un país que no nos reconoció el haber expuesto nuestras vidas y con una sociedad que nos criticaba y nos enrostraba el haber ido”.


“Creo que fui el único chileno”
Pérez vivió en Carrera con Colo Colo, en el centro de Concepción, y vio a sus dos hermanas mayores partir a Nueva York “porque en ese tiempo la mano de obra era valorada y ellas sabían de costuras”, dice.


Ambas lo motivaron a buscar suerte a Brooklin, lugar con el que soñó muchas veces y de mil formas, pero jamás vestido para la guerra.


“Apenas llevaba como un mes en el servicio y me comunican que teníamos que ir a Vietnam. Hubo una preselección después, fueron como tres meses de entrenamiento intenso y ahí me enseñaron a disparar. Para mi sorpresa quedé y admito que al subir al avión me dio algo de miedo”, recuerda este veterano, quien se hizo ñublensino a partir del año 2007.


Pérez, algo complicado aún por el idioma, buscó más latinos en las tropas, hallando a un puertorriqueño, a un colombiano y a un uruguayo que llegaron a Estados Unidos en circunstancias parecidas a las suyas. “Nunca supe de otro latino allá y menos de otro chileno, incluso busqué después en los registros y nada, por lo que tal vez yo sea el único chileno que fue a la guerra de Vietnam”, especula.


Antes de partir al Oriente, Pérez juntó algo de dinero como conscripto y se compró su primera batería, una de fabricación japonesa cuya marca ni siquiera recuerda. Al menos había iniciado su acercamiento al jazz y se desarrolló como baterista.


“Estábamos en la base de Quinon cuando escuché a mis superiores decir que los muchachos necesitaba algo de entretención. Pedí permiso para hablar y propuse armar una banda, les dije que yo la podría dirigir. Nos consiguieron de todo, guitarras, un teclado, el bajo, amplificadores y la batería. Con el otro latino en la voz hicimos folk, salsa, rock’n roll... de todo. Al final invitaban a las vietnamitas a bailar y nosotros tocábamos”, dice mostrando la foto de la banda en pleno show, con él afanado tras el bombo, los toms y los platillos.


Se hizo querido en la tropa. Richard Kennedy, un soldado texano que tras entablar una profunda amistad con él lo bautizó “Pancho” y luego “Chile”, le fue a pedir “una ración de las sabrosas”, antes de partir en el helicóptero. Le dio una de tocino.


Horas después el helicóptero volvió, pero sin su amigo. Había caído. “Fue impactante, pero era así todos los días, por eso me sentí aliviado cuando el 4 de enero de 1970 le avisaron que volvía a casa”.


En Nueva York se hizo policía y lo asignaron a resolver asuntos escolares en una época donde la violencia escolar era más alta que nunca. Luego fue asignado a la guardia de edificios públicos y terminó como gendarme.


Conoció a grandes del jazz como el pianista Duck Ellington y al trascendental baterista Buddy Rich. De postre vio en vivo a Louis Armstrong.


A “palillos locos” como lo bautizaron los músicos de salsa que lo conocieron en Brooklin, por esos años en que “nunca me interesaron las gringas”, sus hermanas le presentaron a la chilena y oriunda de El Carmen, Dione González, con quien se terminó casando.


Tras la caída de las Torres Gemelas y el anuncio del Presidente Bush de llamar a la reserva (con 57 años aún podría ser convocado), decidió volver a Chile.


Santiago no les gustó, por lo que optaron por Chillán. Se vino con una batería Slessinger de platos Zildjian y decidido a armar su banda “Los Renegados de El Macal” que ya ha tocado en la inauguración de una iglesia cercana.


Finalizada la guerra venía de vez en cuando a Chile a ver  a la familia, pero jamás pensó en mudarse hasta el 11 de septiembre de 2001. Con la excepción de 1979, cuando supo que Chile podría entrar en conflicto con Argentina. “Sabía que tenía que venir a defender a mi país y lo habría hecho, afortunadamente eso no pasó”, cuenta mientras cerraba su álbum de fotos.

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