Las mujeres fantásticas de Ñuble

Por: Nicole Contreras 09:45 AM 2018-03-18

Cuando Francisca Constanza Palma (47) tenía nueve años, solía ir a un basural ubicado cerca de la Población Irene Frei, donde vivía en esa época. Allí, entre los desechos, buscaba vestidos de segunda mano y fabricaba otros con bolsas de basura para luego ponérselos. También recolectaba piezas de muñecas. “Yo encontraba el cuerpo, le ponía una cabeza, buscaba piernas, la armaba y trataba de hermosear lo que más podía, después la peinaba y le cortaba el pelo. Me encantaba hacer cosas de niña”, recuerda. Pero el nombre que figuraba en su carné era Francisco. 

Constanza es una mujer transgénero, su sexo biológico, masculino, es diferente a su identidad de género femenina. Hoy vive junto a su madre en el sector El Manzano, una zona rural de Coihueco. Es estilista; en su casa atiende a sus vecinos, quienes asegura la quieren y respetan. “Todos me tratan como una mujer, los niños y los adultos mayores me dicen señora Coni. Yo trato de ayudarlos en lo que puedo”, afirma mientras acaricia a uno de sus gatos. Precisamente, ella es quien coordina operativos de esterilización de mascotas en su barrio, consiguiendo el apoyo de organizaciones animalistas. Además, les regala tomates que ella misma cultiva en su huerta. 

Se declara admiradora de Daniela Vega, la actriz transgénero que protagoniza la primera película chilena ganadora del Oscar, “Una mujer fantástica”. “Es una excelente representante, me gusta porque es versátil y valiente”.  Al igual que Daniela, ella exige la creación de una ley de identidad de género, que se encuentra en tercer trámite constitucional, y que lleva más de cinco años en el Congreso. Porque actualmente Constanza disfruta de la tranquilidad del campo, pero hubo un tiempo en que su vida estuvo llena de obstáculos. 

Sus padres se mudaron a Santiago antes de que ella terminara la enseñanza básica. El nuevo colegio la obligó a renunciar porque el director consideró “que causaba mucho alboroto en el curso”. “Fue como que me cortaran los brazos y las piernas”, recuerda. Su sueño de ser secretaria se vio truncado ya que no pudo terminar sus estudios. Después de eso decidió comunicar a sus padres que Francisco no existía.  Con el apoyo de su familia y amigas, inició un tratamiento hormonal para realizar la transición física. 

“En ambos tipos de trans se debe frenar la producción hormonal de las gónadas cuyos efectos corporales rechazan. Para esto se disponen de preparados inyectables de alto costo, efectivos, seguros. El trans femenino  es tratado con estrógeno”, explica el doctor Enzo Devoto, endocrinólogo con más de cuarenta años de experiencia en readecuación de género de personas trans en Chile.

En esa época su tratamiento tuvo un costo de 600 mil pesos aproximadamente y prefirió no optar a una cirugía.  A los 25 años salía de una discoteque ubicada en Santiago cuando cinco neonazis la atacaron y enterraron un machete en la zona alta de su espalda. Decidió cambiar de ciudad. Aún conserva la cicatriz. Hoy realiza sus controles de salud en el Hospital Herminda Martín y en el consultorio de Coihueco. Afirma que han aprendido a llamarla por su nombre social. 

“Antes una doctora me decía te llamas Francisco, y no te voy a decir de otra forma”. Pero recalca que dejó ese episodio atrás. 

 Para Constanza todavía hay dos cosas pendientes en su historia de vida: el sueño de una peluquería y borrar el nombre Francisco de su cédula de identidad. 

“Como dice Daniela Vega, el nombre -legal-  puede aparecer en nuestra tumba”. 

En la legislación actual “cuando ellos solicitan una ratificación de su partida de nacimiento a tribunales para cambiar su nombre y sexualidad, en la mayoría de los casos los jueces exigen que las personas trans presenten certificados médicos, para los que son enviados al Servicio Médico Legal para que les saquen fotos de sus partes íntimas, lo que es denigrante, manifiesta Esteban Guzmán, vocero del Movilh Bío Bío. 

Puertas cerradas  

-¡Te vas a morir de Sida, Dios te va a castigar!- le gritó en la calle a Bony Peña (29) una mujer de la iglesia a la que asistía luego de enterarse de que era una mujer transgénero. Cansada de todos los insultos que había tenido que soportar luego de asumir su identidad de género a los 18 años,  quiso golpearla, pero su hermana la detuvo. 

“Me da rabia que nos discriminen, siempre estoy a la defensiva por eso. Me gustaría que les dieran una oportunidad a las personas como nosotros, pero nos cierran las puertas, y no queda otra opción que prostituirse para vivir”, afirma y asegura que ella se salvó de ese camino gracias a su pareja quien la ayuda con sus gastos.  

Bony eligió su nombre social porque el sonido se parecía al legal: Boris. Así, cuando continuaran llamándola de acuerdo a una identidad de género que nunca sintió como propia, sería menos duro, ya que su familia aún la nombra  como Boris. Enfatiza que su rostro, de rasgos finos, ayuda a que la sociedad no se percate que es trans. 

Reveló su identidad a su familia cuando tuvo la certeza de que si la rechazaban tendría las capacidades suficientes para velar por ella. Su madre y hermanos terminaron por aceptar.  “Fue contradictorio lo que sentí -al admitir su condición- porque estaba aliviada, pero  supe que el mundo se me vendría encima”, recuerda. 

Bony es manipuladora de alimentos, pero en nueve años nunca ha podido conseguir un trabajo estable.  Una de sus decepciones laborales más dolorosas fue cuando un colegio la llamó para encargarse de la cocina del casino.  La persona encargada de evaluarla le mostró las funciones que cumpliría, pero al ver que el nombre que aparecía en sus documentos legales no coincidía con su apariencia física, su entusiasmo por contratarla disminuyó y solo le dijo que la llamarían. No recibió respuestas positivas ni de ese trabajo ni de otros. 

Una familia 

Hace dos años Bony firmó el Acuerdo de Unión Civil. Hoy junto a su pareja esperan concretar el sueño de una casa.  Recuerda que contra todo pronóstico el día de la ceremonia llovió, y que le pidió a su hermano que la llevara hasta el Registro Civil, para no mojar su vestido. Pero él se negó sin dar una razón. Ella está segura que fue por vergüenza. 

A Bony le gustaría realizar un nuevo tratamiento hormonal. Al que se sometió hace unos años en el Hospital Herminda Martín,  a pesar de que notó la caída del vello en sus brazos,  detalla que le provocó fuertes malestares, por lo que tuvo que abandonarlo al cabo de tres meses. 

En Chile solo cinco hospitales reúnen las condiciones adecuadas para ayudar a una persona transgénero a completar sus cambios físicos.  El doctor Enzo Devoto afirma que el tratamiento debe estar “bajo el control de un equipo multidisciplinario, en que además de un endocrinólogo, participen sicólogos, y si es necesario, siquiátras. fonoaudiólogos y trabajadores sociales”. 

El centro de salud más cercano que cuenta con una unidad de apoyo especializada es el Hospital Las Higueras de Talcahuano.  “Es importante que Ñuble, que está ad portas de separarse de Bío Bío, pueda tener las herramientas y autonomía para que las personas puedan atenderse en la región”, remarca Esteban Guzmán. 

Cuando era una niña, jugaba al fútbol con sus amigos para que no sospecharan de su identidad, Bony encrespaba sus pestañas en el baño y se maquillaba, pero se limpiaba la cara rápidamente antes de salir del baño para que no la descubrieran. También le gustaba leer la Biblia. Ahora solo lee novelas. 
 

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