Escuela chilena y migración

Por: María Loreto Mora Olate 2018-03-16
María Loreto Mora Olate
Dra. (c) en Educación. Universidad del Bío-Bío. Becaria Doctoral Conicyt.

Profesora de Castellano, Licenciada en Educación y Magíster en Educación. Universidad del Bío-Bío. Máster en Asesoramiento Educativo Familiar. Centro Universitario Villanueva. Universidad Complutense. Madrid. Diplomada en Fomento de la Lectura y la Literatura Infantil y Juvenil. Pontificia Universidad Católica. Docente Facultad de Educación y Humanidades de Universidad del Bío-Bío. Chillán. Investigadora de la revista cultural "Quinchamalí".

Inicia el año escolar y las rutinas familiares se acomodan a los horarios y a las exigencias propias del estudio. Las calles son rehabitadas por los escolares a los cuales distinguimos por los uniformes de sus respectivos establecimientos, y otros con su hablar y rasgos diferentes romperán aquella uniformidad a la que nos tiene tan mal acostumbrados la escuela. La diversidad cultural de origen migrante comienza a ser parte de la cotidianidad en la capital de la Región de Ñuble, que de forma creciente viene aumentando la matrícula de niños/as y jóvenes extranjeros en los jardines, escuelas y liceos. 

El acceso al sistema escolar de los niños/as hijos/as de personas migrantes está garantizado por la legislación vigente, llámese Constitución, Ley General de Educación y Ley de Inclusión. No obstante, lo que ocurre al interior de la escuela; es decir, la atención educacional que reciben estos niños y jóvenes resulta precaria, debido a la ausencia de una política educativa y curricular que responda a las demandas derivadas de la diversidad cultural de origen migrante. En consecuencia, su derecho a la educación parece quedar reducido al acceso a una escuela pública, pero la institucionalidad no ha reparado en las condiciones que debiesen generarse en el proceso educativo de los escolares provenientes de otros países. 

Sumemos a lo anterior la extemporánea Ley de Migraciones, que el segundo Gobierno de la Presidenta Bachelet, dejó como una tarea pendiente y una Constitución Política donde subyace una concepción de estado unitario al omitir la realidad multicultural de nuestro país. 

Es así como la presencia de estudiantes migrantes no solo pone al desnudo lo expresado anteriormente, también tensiona el currículum nacional, predominantemente técnico y monocultural, que es implementado por docentes que recibieron una formación inicial ad hoc a dicha concepción curricular, por competencias, reproduciendo entonces, el conocimiento occidental hegemónico. Los saberes que portan los estudiantes migrantes no permean el currículum más allá de la organización de ferias o muestras interculturales de bailes y comidas típicas de sus países de origen. Si bien estas actividades constituyen un primer gesto de recepción por parte de la escuela es necesario no reducir la diversidad cultural a las prácticas folclóricas, sino también avanzar hacia una valoración de las formas de pensamiento y de producción de conocimiento de las naciones, predominantemente latinoamericanas, que están siendo parte de la cotidianidad de nuestras aulas. 

En resumen, la atención educativa que están recibiendo los alumnos/as migrantes, estaría dependiendo de la iniciativa personal del docente, de su compromiso y sensibilidad frente a un aula diversa culturalmente, y no de una carta de navegación que recoja las especificidades de los territorios y que sea fruto de los saberes y experiencias provenientes de los actores involucrados: profesorado, directivos, familias y alumnado migrante e investigadores/as del campo educativo. Sin duda, la migración ha puesto en relieve un rasgo intrínseco de la escuela: las diversidades que coexisten en su interior y que resulta ineludible atenderlas pedagógicamente construyendo un enfoque intercultural, donde los saberes dialoguen en igualdad de condiciones.

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