El rol de la oposición

Por: 09:00 AM 2018-03-13

Por tercera vez, el pasado domingo Piñera y Bachelet se encontraron para el traspaso de la banda presidencial. Pero a diferencia de lo ocurrido en 2014, esta vez la coalición que recuperó la democracia en 1988 podría estar, de cara al futuro, herida seriamente. Algunos incluso ya la han desahuciado.  

¿Es este el peor momento de la centro-izquierda? Las respuestas parecen estar divididas y muy parecido con lo que le ocurrió a la derecha hace 4 años, hay visiones autoflagelantes y crispadas que ven tambalear el proyecto político progresista que supuestamente unió a partidos con idearios tan diferentes como el democratacristiano y el comunista. Quieren refundar el conglomerado y piden la cabeza de directivos y la jubilación de figuras emblemáticas. Otras visiones, sin embargo, se muestran más racionales y apelan a la historia para mostrar que trances tan difíciles como el actual no son novedad. 

De seguro este debate interno se extenderá por mucho tiempo, pero la rueda sigue girando y entre el desembarco de Piñera y el retiro de Bachelet, la Nueva Mayoría -o como se llame en el futuro- debe rearmarse para la nueva tarea a la que está llamada en nuestro sistema democrático: ser oposición. Tiene 57 diputados (de un total de 155) y 19 senadores (de 43) y sus votos sumados a los del Frente Amplio, en ambas cámaras, pueden poner en jaque la agenda legislativa del nuevo Gobierno. 

En la Nueva Mayoría, el debate de qué tipo de oposición serán está en pleno desarrollo. Han aparecido al menos tres propuestas de estilos distintos para ejercer ese rol. La primera es profundizar la crítica a las políticas públicas propuestas por Chile Vamos y denunciar el modo en que el Ejecutivo supuestamente dañará los logros sociales alcanzados en los últimos años. Una segunda oposición se centrará en la defensa de grupos de presión que el Gobierno de Piñera debiera afectar si quiere sacar adelante algunas de las agendas prometidas, sobre todo las asociadas a su reforma de pensiones y modernización del Estado. También es posible imaginar una tercera oposición, que pregunte por la velocidad y la calidad de las políticas públicas, pero que también sea capaz de llegar a acuerdos y fiscalizar con fuerza los casos de corrupción e ineficiencia que puedan detectarse en el aparato de Gobierno. 

Estas tres formas de oposición de seguro convivirán y buscarán entenderse, aun sin un liderazgo unipersonal, como ocurrió después de la derrota de 2009 con la omnipresente figura de Michelle Bachelet, que esta vez no estará para salvarlos. 

La pregunta de si la centro-izquierda será capaz de remontar esta posición minoritaria y volver a constituirse en alternativa de Gobierno en 4 años más, por ahora está lejos de tener respuesta. Para hacerlo deberá renovarse, debatir de forma franca y tolerante, todo lo contrario a lo ocurrido en 2013, cuando el objetivo se basó en conquistar mayorías parlamentarias y adquirir cargos en la burocracia gubernamental. 

Lo concreto es que nuestra democracia necesita una oposición activa, robusta y bien intencionada. Las virtudes de un sistema político que cuenta con Gobierno y alternativa son bastante obvias. El oficialismo gobierna mejor si se siente amenazado por una fuerza que está en condiciones de reemplazarlo en el corto plazo. Además, la dinámica propia de la rivalidad deviene en un consenso natural alrededor de grandes ideas o principios que derivan en políticas de Estado. A no dudarlo, el debate democrático siempre se enriquecerá cuando no hay una sola voz dominante.

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