Los recuerdos que forjó Sebastián Lelio en Ñuble

Por: Nicole Contreras Fotografía: Silvana Concha 08:35 AM 2018-03-12

“A mí me gustaría tener tres o cuatro años de nuevo”. 

“A mí no. Yo quiero cumplir 18 para poder ir donde yo quiera, a Estados Unidos por ejemplo”, respondió Sebatián Lelio a su compañero de banco, Rodrigo Cabrera, en la Escuela Fernando Baquedano de Yungay cuando cursaban octavo básico. 

El cineasta que logró que por primera vez una película chilena ganara un Oscar, vivió en Ñuble de los 13 hasta los 17 años, debido al trabajo de su padrastro como gerente de una empresa maderera de Cholguán. De él adoptó el apellido Campos, con el que fue conocido en esos años. 

En esa época lo definían la música y el inglés. Le mostró por primera vez a sus compañeros un walkman y les prestaba sus casetes de bandas anglo para que los grabaran.  A pesar de que era “un niño adelantado que venía a estudiar a un pueblo pequeño”, sus compañeros y profesora lo recuerdan como “sencillo, empático y alegre”. 

“Él siempre se preocupaba de integrar a los compañeros a los que les hacían bullying, le gustaba que se sientieran bien”, recuerda Cabrera. 

Lelio también era diferente, su baja estatura que apenas superaba el metro sesenta siempre lo contrastaba con sus compañeros, especialmente con su mejor amigo del Colegio Concepción, donde cursó su enseñanza media, Alfredo Aristes, quien superaba los dos metros. Pero todos coinciden en que la altura no fue un problema. 

“Era de una belleza inusitada, con sus ojos azules y estrellitas en la mirada, todas las niñas iban a verlo, no concibo otra imagen de él más que sonriendo”, afirma su profesora de inglés, su asignatura favorita, Christel Schweitzer, quien también recuerda la capacidad de Sebastián para hacer reír a sus compañeros dibujando “caricaturas perfectas” de los profesores. 

Superaba el seis en todos los ramos, destacando principalmente en los del área humanista y en inglés.

Ya manifestaba interés por la poesía y el cine. Con sus amigos asistían frecuentemente al video club Galaxia. Allí vio por primera vez La Naranja Mecánica, cuya influencia se presenta en las cintas de Lelio según los críticos de cine.

El sueño de Estados Unidos se concretó en tercero medio, al realizar un intercambio estudiantil en Nueva York, después del cual todos aseguran que “nunca volvió a ser el mismo”. El primer cambio: su pelo crecido, al estilo Morrisey.  

Un amor fantástico 

Corría 1991. Chile volvía a la democracia y una mujer con un aro en la nariz y vestida con shorts de surf y polerón  de capucha llegaba desde Inglaterra. Silvana Concha, nieta de Santiago Bell, jefe de la Provincia de Ñuble durante el Gobierno de Allende, se radicaba en la ciudad luego del exilio de su familia.
Sebastián la conoció en una fiesta de campo. “Me eligió como polola cuando el resto me encontraba muy extraña”, relata Silvana, quien hoy vive en Londres nuevamente y que en ese tiempo fumaba y bebía en la calle, algo impensado en la época. 

Ella, invitada por Washington Escobar, fue quien convenció a Lelio de participar en la radio Contacto. Juntos condujeron el programa musical “Contacto Taquilla” desde las 19 horas, y allí por primera vez los auditores conocieron grupos como U2, The Doors, The Cure y The Smiths, la banda favorita de Sebastián. 

Silvana recuerda que el espacio se caracterizaba por traducir los temas a la audiencia. “Le gustaba traducir y entender el significado de las canciones”, destaca. 

“Yo me crié en un mundo muy libre, donde la expresión artística se valoraba mucho, nos gustaban los temas acerca de los mundos internos o los desvalidos. A él le interesaba lo que no estaba dentro de la norma”, subraya. 

En el programa también entrevistaban a integrantes de bandas locales. “Él valoraba mucho a los grupos que tocaban música propia, era un visionario”, afirma Sebastián Valenzuela, músico de la zona, quien asistió al programa con su banda. Lelio, junto a Silvana, entrevistaron a Los Tres, La Ley y a Claudio Narea cuando aún eran emergentes. Sebastián ayudaba a Silvana porque aún no hablaba un buen español. Ellos siempre se comunicaron en inglés. 

El amor de Sebastián y Silvana tuvo que continuar en la clandestinidad. Los padres de él no aceptaban la relación. 

El estilo y la tendencia política de la joven se oponía a la ideología de derecha de la familia Campos. La madre de Lelio era miembro del movimiento católico de Schoenstatt. “No quiero nietos comunistas”, le dijo en un almuerzo. Lelio, como protesta, se rapó y le entregó a su madre el pelo dentro de una bolsa. 

“Quiero ser cineasta”, le confesó Sebastián a Silvana poco antes de entrar a la universidad. Ella recuerda que durante el último tiempo siempre le hablaba de cine y que su película favorita era “El príncipe de las tinieblas”. Solían ir a la sala O’Higgins a verla. 

Pero Sebastián estudió Periodismo debido a que a sus padres no les parecía que cine fuera una “carrera estable”, como asegura Silvana. Él se mudó a Santiago y ella regresó a Londres. Silvana aún recuerda el lugar más significativo para ambos: un muro en Avenida Libertad. Allí pintaron un graffiti con la frase “Pinoshit”, como un símbolo de rebelión. 

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