[Editorial Autodestrucción al volante

Por: Fotografía: Mauricio Ulloa 10:35 AM 2016-04-26

El problema de los accidentes de tránsito es de una gravedad tal que no se explica la falta de conciencia y de reacción de la comunidad. Frente a nuestra vista mueren cientos de personas al año sin que ello sea suficiente como para originar una respuesta decisiva. Los accidentes viales, con sus muertos, sus inválidos y sus familias destruidas, configuran a esta altura una forma de lento suicidio de la población. 


Son muchas las causas concurrentes para que exista un accidente de tránsito: se trata de una terminal en la que culminan numerosas formas de irresponsabilidad. Pero no podemos demorar más la reversión de dos factores esenciales que originan esta tragedia: la ausencia de una política de Estado y la desaprensión absoluta de la población. Esa inacción oficial y la inaudita falta de conciencia de los conductores llevaron en 2015 a una cifra récord en mortalidad por accidentes vehiculares, la mayor en siete años, con 1.640 muertes en un total de 80 mil siniestros viales. La pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo concientizar a una sociedad que acepta en los hechos perder esta cantidad de vidas por año?


Una de las hipótesis posibles es que, si bien la sociedad chilena rechaza masivamente la muerte, no aprecia aún suficientemente la vida. La historia y el sufrimiento nos han enseñado a rechazar todas las formas de violencia y de agresión a la vida. Pero no hemos aprendido aún, en forma colectiva, a respetar aquellas cosas que, traducidas en actos concretos, significan respetar la vida propia y la ajena. En parte, porque cada accidente de tránsito queda privatizado como una fatalidad individual, en un sufrimiento para las familias de las víctimas, pero este dolor no ha sido elevado aún a la categoría de conciencia colectiva. Este umbral de conciencia es el que hay que trasponer si aspiramos a resolver el problema.
Quizás no haya desprecio por la vida. Pero lo que no existe aún es el concepto activo que prima en una sociedad civilizada: el cuidado de la vida ajena y de la propia.
Uno de los puntos más graves es que estos accidentes están incorporados en la conciencia colectiva como una forma de fatalidad. Y ese es el principal problema: considerar inevitable algo que nos estamos infligiendo a nosotros mismos, por elección o por inacción. No estamos, entonces, ante una fatalidad, sino frente a una patología social, a una forma de autodestrucción que el Estado no ha sabido comprender y menos enfrentar.
Los especialistas coinciden en que mucho contribuye a este penoso cuadro la falta de una estrategia del Gobierno, pese a que en 2010 Chile firmó un compromiso llamado “Década para la acción en la seguridad vial” en la que se comprometía a reducir en un 50% las muertes por siniestros viales hacia 2020. Los resultados obtenidos en los últimos años, claramente alejan al país de ese propósito.


Nos encontramos ante una responsabilidad prioritaria del Estado. Nunca ha existido una política de seguridad vial integrada. Ésta debe formar parte de la política social. Debe educar a la población en la prevención e inculcar el respeto de las normas. Pero el problema no es solo la existencia de una ley. Además de contar con una política de Estado, lo más importante es contar con una ciudadanía que comprenda el sentido de la ley y que esté dispuesta a acatarla. Porque cuidar la vida propia y la ajena, en última instancia, no debería ser nunca el fruto de una imposición externa, sino de la madurez de nuestra conciencia.

 

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