Guardar el agua

Por: La Discusión 09:35 AM 2018-02-19

El plan maestro nacional de riego incluye, además de La Punilla, otros cuatro embalses para la nueva región de Ñuble. El embalse Lonquén tiene su estudio de factibilidad terminado y se encuentra en etapa de diseño. Su costo alcanza a $65 mil millones. El Zapallar tiene su ingeniería de detalle concluido. Costará $22 mil millones. En el caso del embalse Niblinto, se estima su costo en $153 mil millones. En tanto, el Chillán (ex Esperanza), representaría una inversión de $75 mil millones. También están en lista de espera los embalses estacionales Changaral, Quilmo y Ránquil, que ya cuentan con los respectivos estudios de prefactibilidad.

Tal disponibilidad de agua para terrenos que hoy están sufriendo los impactos del cambio climático, es una ventana que se abre, pero que también deberá tener un correlato ambiental.

 Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cada día una de cada siete personas del planeta se va hambrienta a la cama y más de siete millones de niños de menos de 5 años mueren de hambre cada año mientras se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida. 

Lo curioso es que hemos desarrollado una cierta indiferencia o aceptabilidad ante hechos como los citados que, solos, ya resultan éticamente inaceptables, pero mucho peor aún si el hambre convive con la dilapidación, con el derroche.
 

Una realidad que se verá agravada, sin duda por los efectos del cambio climático. La producción global de alimentos ocupa un 25 por ciento de la superficie habitable, un 70% de consumo de agua, produce un 80% de deforestación y un 30% de gases. Es, por tanto, una de las actividades que más afectan a la pérdida de biodiversidad y a los cambios en el uso del suelo.

Por eso se pretende promover la toma de decisiones informadas, es decir, elegir aquellos alimentos cuyo impacto en el ambiente sea menor, incentivando la adquisición de productos orgánicos, los generados en mercados locales, donde se requiera menos transporte y, por lo tanto, se produzca una menor contaminación. 

El actual Gobierno encargó al Instituto de Investigaciones Agropecuarias analizar la huella hídrica de 17 productos agropecuarios, varios de ellos con incidencia en la provincia, como arándanos, remolacha, maíz, arroz, tomate, manzanas, cerezos, oliva y kiwi. Se trata de conocer cómo este recurso afecta las actividades humanas en los procesos productivos y en las cadenas de distribución. 
El concepto fue desarrollado por el académico holandés Arjen Hoekstra, hace dos décadas y se define como “un indicador del uso de agua dulce que no sólo considera el uso directo de un consumidor o productor, sino también indirecto”. Y tal como ocurre con la huella de carbono, la huella hídrica está llamada a tener relevancia creciente en momentos en que el cambio climático muestra para esta zona proyecciones de aumentos de temperatura entre 1 y 3º en un escenario moderado, y de 2 a 4º en un escenario severo de aquí a fin de siglo. 

Igual como hoy un consumidor está dispuesto a pagar más por un producto que tiene baja huella de carbono porque está ayudando a neutralizar el calentamiento global, lo mismo ocurrirá en algunos años más con la huella hídrica, que mientras más baja sea, mayor será el valor que agregue a los productos. 

En definitiva, es el momento de que los agentes productivos locales reflexionen acerca de cómo debería ser un sistema alimentario sostenible, qué acciones podrían emprenderse para mejorar nuestras modalidades actuales de generación y uso de alimentos, y cómo aprovechar mejor los recursos productivos. Hay una oportunidad real para plantearse éstas y otras preguntas. No hacerlo es darle la espalda al futuro.

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