Voces desde la cárcel

Por: José Luis Ysern de Arce 2018-02-05
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Mucho se ha escrito y dicho sobre las desafortunadas palabras del Papa cuando ya terminaba su visita a Chile. Mi atención no va por ahí; se centra más bien en una de sus primeras intervenciones. Son importantes las primeras señales: las que damos de nosotros mismos cuando llegamos a un lugar, o las que recibimos de alguien que nos visita por primera vez. Son señales que marcan el estilo y manera de ser de una persona.

Pues bien, la primera señal que dio el Papa al salir del aeropuerto fue pasar a rezar a la tumba del obispo Enrique Alvear, el obispo de los pobres; por algo será. Al día siguiente Francisco visitó la cárcel de mujeres; el Papa escuchó atento y emocionado a Janeth, una joven interna que le expuso la realidad vivida al interior de la cárcel, le habló de lo duro que es estar separadas de los hijos; en el mejor de los casos algunos quedan al cuidado de sus abuelas, pero muchos van a parar al Sename y siendo inocentes pagan la culpa de las madres. Se emocionó el Papa con las palabras de esta valiente mujer que terminó pidiendo perdón: “Este lugar es muy ingrato... Se sufre y aún más fuerte es el dolor por estar lejos de los hijos. Nos hemos equivocado, hemos hecho daño y hoy públicamente y ante usted, Papa Francisco, pedimos perdón a todos los que herimos con nuestro delito. Sabemos que Dios nos perdona, pero pedimos que la sociedad también nos perdone... Le pido en nombre de todas las privadas de libertad que ore por nuestros hijos. Que le pida a Dios que tenga misericordia con todos ellos, porque están pagando una condena que nosotras les dimos”.

Escuchó atentamente también a la Hermana Nelly, capellana de la cárcel. Ella inició sus palabras dando gracias al Papa “por estar hoy aquí junto a las personas más olvidadas de nuestro país”. Le habló en nombre de los hombres y mujeres pobres y vulnerables, privados de libertad en Chile. “Digo pobre, santo padre, porque lamentablemente en Chile se encarcela la pobreza”. 

Fue contundente la respuesta del Papa a las intervenciones de estas mujeres: “Gracias, Janeth, por ese valiente pedido de perdón”, dijo el Papa al comienzo de su discurso, para en seguida afirmar algo muy importante que fue aplaudido por las reclusas: “Ustedes han sido privadas de su libertad, pero no de su dignidad”.

Me acordé de un prisionero de tiempos de dictadura que fue cruelmente torturado pero que nunca delató a nadie ni dio ningún nombre que pusiera en peligro la vida de algún compañero. Cuando con lujo de detalles este hombre me contó lo sucedido, sus palabras finales fueron: “pero yo nunca bajé la vista cuando me interrogaba; todo el rato le miré a los ojos, y él tuvo que bajar la vista”. Ese hombre estaba privado de libertad pero nunca le privaron de su libertad interior ni de su dignidad.

Esta visita del Papa a la cárcel nos deja algunos cuestionamientos: ¿Somos una sociedad solidaria? Cuando nos negamos a la existencia de alguna cárcel en el sector urbano y proponemos que ese recinto se construya lo más alejado posible de la ciudad ¿pensamos en los familiares de los reclusos, en tantas madres y esposas que tienen que recorrer largas distancias para atender a sus seres queridos? Si nuestra solidaridad solo funciona a golpe de teletones y de grandes eventos publicitarios quiere decir que está muy raquítica y necesita asistencia de urgencia para que no perezca. Estas voces desde la cárcel nos ayudan a pensar.

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