Sobrepoblación penal tensiona relación entre reos y gendarmes

Por: Nicole Contreras Fotografía: Mauricio Ulloa 08:50 PM 2018-02-04

El sargento de gendarmería O.O., quien no quiere identificarse por temor a represalias,  recuerda que desde hace tres días seguía los movimientos de dos bandas de reos que peleaban todas las mañanas con estoques para dirimir quién tenía el poder de la venta de drogas dentro de la cárcel de Chillán. La cuarta mañana se enteró de que ese día sería el turno de pelea de los jefes de las pandillas en el “patio de los rematados” y fue a detenerlos. En el combate cuerpo a cuerpo usó su bastón para separarlos hasta que un termo azotó su cabeza y de pronto era golpeado con sillas y mesas por los demás internos. El agua caliente se derramó en sus brazos, el termo y el sargento quedaron en el piso. O.O. fue llamado a declarar como imputado por agredir a un reo. 

El suboficial M.F. se encontraba en el gimnasio de la cárcel, donde los internos pueden recibir a sus visitas. Un reo se puso de pie e intentó agredir a un familiar de otro: M.F. se dirigió a la escena para intervenir, lo tomó de su ropa y le dio “un pequeño empujón”, pero un puño se estampó en su mejilla. Actualmente M.F. se encuentra imputado por esta causa.

Bandos

Detrás de las rejas de la cárcel de Chillán se encuentran los otros combatientes, quienes también afirman ser víctimas. 

A.A. cumplió su condena de 12 años por robo con violencia hace seis meses. Relata que un día trató de fugarse y tuvo que pagar su castigo. El suboficial “Pinki”, nombre con el que lo recuerda, golpeó su nariz provocando una hemorragia nasal. “La sangre me caía, los ojos se me llenaron de lágrimas y no podía ver nada. Me dijo que limpiara, yo empecé a limpiar con la mano, pero me sacó la polera, la llenó de sangre y me empujó al piso”, recuerda A.A. No denunció porque asegura que su receta para sobrevivir en la cárcel era “llevarse bien con todos”.

Uno de sus tres años en la cárcel de Chillán por robo de bicicletas había cumplido A.P cuando un gendarme se acercó, comenzó a golpearlo e intentó abusar de él. A.P. perdió el control y dice que “casi lo mató a golpes”. Pasó un mes encerrado en la “zona de castigados”, calabozos de un metro cuadrado. Asegura que luego de eso se “ganó el respeto de sus compañeros porque quien le pega a un gendarme es bien mirado”·

Hacinamiento y ausencia de reinserción  

Tres metros de largo y tres metros de ancho es la medida de una habitación en la zona de dormitorios de condenados en la cárcel de Chillán. Dentro de ella hay dos literas, cada una con cuatro camas hacia arriba. Generalmente entre el espacio que queda entre cada litera, hay una colchoneta. Once personas o más dormirán dentro de esos nueve metros cuadrados. En el dormitorio hay ocho habitaciones más con las mismas condiciones. Un baño turco para todos ellos. 

Más adelante se encuentran los dormitorios de gendarmería. Tres metros de largo y tres metros de ancho. Cinco funcionarios dentro de ellos. 80 gendarmes en total, un cuarto de baño con cuatro sanitarios. 

Un 30% de sobrepoblación estima la Asociación de Funcionarios Penitenciarios de Ñuble para la cárcel de Chillán. 

El hacinamiento con el que conviven reos y gendarmes los enfrenta desde hace años a riñas y tratos denigrantes, además de afectar a la reinserción de los internos.

En una fugaz parada del Presidente electo en el aeródromo de Chillán, el alcalde Zarzar le recordó acerca de la necesidad de una nueva cárcel. El proyecto está en la carpeta del Ministerio de Justicia desde el 2008, pero la imposibilidad de encontrar un terreno mantiene aún el debate. 

Cristian Montecinos, presidente de la Asociación de Funcionarios Penitenciarios de Chillán, afirma que en el patio existe poco más de un metro cuadrado por interno, y que es imposible segregar.

“Hay solo un patio común donde convergen los dormitorios -de imputados y condenados-, y eso impide una segregación adecuada”, asegura.  

La cárcel de Chillán solo cuenta con dos talleres de trabajo para reos: uno de muebles y otro de labores en cuero. Solo un 10% de los internos tiene acceso a esta medida de reinserción. 

A.A,  tras varios episodios de violencia que siguieron al golpe que le provocó una hemorragia nasal, pidió un traslado a la cárcel de Bulnes. Allí pudo terminar su escolaridad y aprender a fabricar muebles. “En la cárcel de Chillán nunca pude acceder a ningún taller”, enfatiza. Hoy en libertad trabaja en una tapicería. 

El sargento O.O. dice que su principal problema siguen siendo las drogas dentro de la cárcel, pero que la situación está empeorando. 

“Es la fecha en que nos ha llegado más droga, los familiares la tiran desde afuera”, manifiesta.

La lanzan envuelta en una malla, los internos se suben a los techos e intentan alcanzarla con un tenedor que se incrusta en los agujeros. El sargento O.O. sube en una escalera para intentar detenerlos.

“Tenemos gran cantidad de funcionarios que consumen drogas por el trabajo extenuante”, admite Montecinos. 

En la cárcel de Chillán no hay psicólogos para Gendarmería.  “Hay funcionarios que tienen 25 años de servicio, que jamás han tenido intervención psicológica. ¿No será posible que en algún momento pudieran explotar?, cuestiona.   

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