Joven enólogo es galardonado gracias a sus vinos campesinos

Por: Marcelo Herrera Fotografía: La Discusión 08:30 PM 2018-01-27

Las cepas que por siglos han acompañado la ancestral práctica vinífera en valles como Itata y Bío Bío de a poco se abren paso entre los mejores restaurantes del mundo. El mismo vino que se sigue consumiendo en garrafas en el “Ñuble profundo” y que se adquiere a un valor inferior, ahora se pone pantalón largo gracias a una mayor calidad en sus procesos, lo que les ha permitido mejorar sustancialmente su maridaje y estirpe, resaltando todo el potencial que encierra su antiquísima presencia en esta zona del país. 

Cepas como uva País, Moscatel de Alejandría o vinos como el tradicional pipeño, otroras “parientes pobres” de las viñas finas del valle central, que han dado prestigio internacional a Chile, representan ahora la materia prima para mostos que han adquirido prestigio en exigentes mercados gastronómicos.

Detrás del éxito de las viñas campesinas se cuentan enólogos que han sabido apreciar el potencial de valles viníferos desconocidos para el tradicional mundo gastronómico, como Tutuvén, en Maule Sur; Itata en Ñuble; Bío Bío (en especial la zona de Nacimiento y San Rosendo) y Malleco, en La Araucanía. 

Uno de estos profesionales es Roberto Henríquez (33), enólogo del Centro de Extensión Vitivinícola del Sur, proyecto de la Universidad California Davis en Chile, con sede en Chillán, y que busca precisamente mejorar la calidad de los vinos que producen viñateros y empresas viníferas de los mencionados valles. 

Agrónomo egresado del Campus Chillán de la Universidad de Concepción, Henríquez emprendió además el desafío de producir sus propios vinos, siempre bajo la premisa de dar valor a aquellas cepas con más de 300 años de antigüedad, de amplia presencia en Itata y Bío Bío. ¿El resultado? Múltiples reconocimientos desde el mundo del vino, como el premio al mejor vino País en la prestigiosa Guía Descorchados 2018, con su mosto “Santa Cruz de Coya” producido en un viñedo de tres hectáreas en Nacimiento, en medio de la Cordillera de Nahuelbuta, o su reciente “Premio a la innovación del vino chileno” como enólogo joven, entregado por El Mercurio. 

Es además el único chileno en aparecer en el sitio del connotado crítico de vinos británico, Tim Atkin, quien destacó a cinco vinos del chileno, dos de ellos producidos en el Valle del Itata y tres del Valle de Bío Bío. Uno de sus vinos, además, fue el único sudamericano destacado entre los “25 vinos imperdibles del 2017” por la publicación especializada “Punch” en Estados Unidos.

Dentro de su catálogo de vinos, además del premiado “Santa Cruz de Coya”, se cuentan “País Verde”, junto a un tinto, “Ribera del Notro” y un pipeño, todos del Valle del Bío Bío, en la comuna de Nacimiento.

En el Valle del Itata, Henríquez también suma dos vinos, “Ribera del Notro Blanco” y “Molino del Ciego”, producidos con cepas Moscatel de Alejandría, Corinto y Semillón, en viñedos ubicados entre Coelemu y el sector de Rafael. 

Material genético antiguo
Para Henríquez, la clave tras el éxito de sus mostos, radica en la nobleza de la materia prima: “Trabajo solo con material genético antiguo, solo con País, Moscatel, Corinto y Semillón, material que ingresó acá hace 400 años. Son parras que no tienen porta injertos y representan las variedades clásicas de la zona, en especial de los valles de Itata y Bío Bío”.

Respecto de cómo llegó a esas cepas, cuenta: “siempre quise trabajar con viñedos de las cepas y tuve mucha experiencia vinificando con viñateros chicos de la zona de Nacimiento y Santa Juana. Trabajé, además, con un productor que mantenía la misma filosofía mía, quien tenía viñedos del secano, desde Maule pasando por Itata y Bío Bío, entonces conocí la zona y me di cuenta que dentro de las gran variedad que existe en el valle,  que es súper rica, existe un material genético potente, tu puedes decir estoy trabajando con País antiguo de 400 años que quizá solo quede algo en las Islas Canarias, pero ya no tanto, y aquí son cepas que están masificadas, lo mismo el Moscatel, el Corinto y el Semillón. Entonces yo más que nada me agarro de eso, para mí es un privilegio poder trabajar con un reservorio genético antiguo que está instalado en la zona y que es longevo, no es como ir a un vivero y comprar una planta que ya viene genéticamente adaptada, que trae porta injertos para adaptarse a ciertos suelos. Ahí ya hay ingeniería y está bien, es una opción, pero tratar de agarrar lo que ya está, respetándolo sin querer modificarlo, tiene harto valor para mí y para el consumidor con el que trabajo, que es de afuera. Es impagable tomarse un vino con cepas de más de 150 años de una zona campesina de Chile. Es como si a un fanático del café le ofrecen un cafetal antiguo de un sector campestre de Colombia, producido de manera espontánea ”.

Comentarios