Editorial | Patrimonio arquitectónico

Por: 08:10 AM 2018-01-26

Si bien la belleza es un atributo definido con subjetividad, existen criterios que permiten determinar cuando existe cierta armonía estética en un conjunto, como puede ser, en este caso, una ciudad. En el caso de Chillán, la evaluación no es positiva. 

Pero no siempre fue así. El foro “Chillán: Paisaje moderno/Territorios en transformación”, que ha convocado durante tres días a los principales arquitectos y estudiosos de la corriente moderna, nos ha permitido conocer -y reconocer- nuestra historia urbana, donde siempre, antes y después del terremoto del 24 de enero de 1939, existió un concepto de ciudad como conjunto. Primero fue un estilo neoclásico y ecléctico, con viviendas construidas en fachada continua y espacios públicos que destacaban por su ornamentación. Después del sismo, irrumpió el modernismo, que se vio reflejado no solo en edificios, como la Catedral, el Cuerpo de Bomberos y el edificio de los Servicios Públicos, sino también en importantes conjuntos habitacionales, como la Población Brasil, Villa Buenos Aires, los Edificios Libertad y la Población Carabineros de Chillán, entre otras. Hay aproximadamente 100 mil metros cuadrados de edificios y viviendas construidos bajo los principios de la arquitectura moderna. 

Pero con el pasar de las décadas Chillán fue perdiendo ese respeto por la buena arquitectura y hoy es el reflejo de una decadencia que también se aprecia en otras ciudades donde la identidad arquitectónica ha sido subvalorada, careciendo de regulaciones e incentivos para un desarrollo urbano armónico. 

Detrás de este deterioro las responsabilidades se dividen. Hay una cuota que nos corresponde a todos por la ignorancia y escasa valoración que le hemos dado a la arquitectura moderna; otra debemos atribuirla a las empresas inmobiliarias y constructoras que no tienen mayor consideración de las buenas prácticas urbanas, y la tercera, muy relacionada con las dos anteriores, es la cuota de responsabilidad que le corresponde a la autoridad, que no regula ni tampoco incentiva para que se observen determinados cánones arquitectónicos que permitan recuperar la armonía e identidad extraviadas.

Diez años atrás probablemente era difícil hablar de patrimonio arquitectónico de Chillán, sin que esto significara una suerte de crítica por la inexistencia de acciones locales en pro de la difusión y apoyo para la conservación de esa herencia. Afortunadamente, aquello está comenzando a cambiar. Que exista una unidad de patrimonio en el municipio, la terminación del Teatro y el exitoso foro organizado por Cecal UdeC que concluye hoy, dan cuenta de ese avance. 

Desde la política pública local, también se podría considerar un paso adelante el expreso reconocimiento que hace el nuevo plan regulador a 20 inmuebles declarados patrimoniales. Sin embargo, un análisis más completo de la normativa local muestra una incómoda contradicción, como es la pretensión de impulsar una protección de edificios patrimoniales, pero no su entorno. 

En efecto, el reconocimiento que se hace en condición unitaria o individual y no colectiva o de barrio (zonas de conservación histórica), deja abierta la puerta para que al lado de la Catedral o en medio de la Población Martín Rucker, se instale una torre de vidrio que rompa completamente la coherencia de estilos e identidad arquitectónica de esos sectores emblemáticos que distinguen a la ciudad. 

Resulta lamentable esta contradicción del gobierno local. Se esperaría de él una mayor coherencia y visión de futuro y no el errado afán de evitarle complejidades al negocio inmobiliario que en no pocos casos ha obtenido millonarias ganancias a costa de la destrucción del patrimonio local.

 

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