Escrúpulos para la política

Por: 03:15 PM 2016-04-23

Si vivimos en una época en la que los billetes llegaron a confundirse con los votos es porque la moral, en simultáneo, ha dejado de tener peso. La ausencia de un comportamiento ético es un tópico considerado por mucho tiempo secundario por nuestra sociedad, pero hoy constatamos que es el mayor obstáculo de fondo que impide el desarrollo de las instituciones políticas del país. 

En la ausencia de un patrón moral de conducta está el núcleo de todos los deterioros posteriores. Es por eso que estamos ante una cuestión impostergable sobre la cual necesita reflexionar la sociedad en su conjunto, como bien lo planteó ayer durante el funeral de Patricio Aylwin, la senadora y presidenta de la DC, Carolina Goic, en un sentido discurso donde emplazó a la clase política a hacer un “nunca más” tras los casos de corrupción.

Chile no carece de políticos, profesionales e intelectuales idóneos. No carece tampoco de la capacidad para pensar políticas públicas adecuadas para el mediano y el largo plazo. Pero carece, esencialmente, de una infraestructura moral de lo que se puede o no tolerar en la vida pública. No tenemos aún ese pacto básico, ese acuerdo para trazar límites precisos acerca de lo que se puede o no permitir que ocurra en la democracia que escogimos como forma de gobierno.

Al carecer de esta clara línea de demarcación, también nuestra sociedad tiende a ver como naturales los problemas más graves y a acostumbrarse a convivir con ellos, en lugar de declararlos inaceptables y exigir su inmediata corrección. A esta falta de una infraestructura ética esencial para la sociedad, se suma la debilidad de los controles públicos y de políticas anticorrupción, así como de mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

Por esta razón hemos asistido en los últimos dos años a revelaciones de casos de corrupción que se llevaron adelante en gobiernos de uno y otro signo político. Quedan pocas dudas entonces de que la corrupción es un hecho inmanente al sistema político, pero es a la vez, un fenómeno integrante de nuestra configuración social. Pero la sociedad sigue siendo ampliamente permisiva frente a los hechos políticos de corrupción. Y esta permisividad ha quedado evidenciada por la cíclica elección de dirigentes políticos a quienes no castiga mediante el voto cuando son deshonestos.

En el contexto de lo expuesto, cabe señalar a dos actores sociales relevantes que quedan envueltos en este contexto y que lamentablemente cumplen un rol pasivo, sin poder intervenir: los jóvenes, que no tienen espacio para poder modificar las reglas de juego, y los segmentos más vulnerables de la sociedad atrapados en el clientelismo y el asistencialismo político. La juventud que podría tener un rol protagónico en la construcción de nuevas lógicas es obstaculizada por el statu quo generacional. Y los segmentos más vulnerables, que necesitan reglas de juego que promuevan una movilidad social ascendente, se ven sometidos por estructuras de dirigentes que se dedican a administrar pobreza.

Necesitamos pensar en un acuerdo de valores que nos permita un cambio de conducta privada y pública. Hoy vivimos en una sociedad que carece de escrúpulos. Este término, que proviene del latín, significa una piedra en el zapato, aunque muchos miembros de nuestra clase política lo puedan confundir con el nombre de una isla griega. Esas pequeñas piedras en los zapatos, escrúpulos nacidos en los valores, le hacen falta a la política chilena.

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