Políticos y ciudadanos

Por: La Discusión Fotografía: Mauricio Ulloa 2018-01-08

Aún cuando siguen resonando los ecos del triunfo de la derecha y de la derrota oficialista, la atención se está trasladando a la designación de las nuevas autoridades y al perfil que deberían tener. Los analistas hablan de una mezcla de caras nuevas y políticos con experiencia, mientras que la ciudadanía sigue mirando con desconfianza estos procesos, resignada frente a un orden político que, tanto a nivel nacional como local, auto reproduce a las elites gobernantes. 

Es clara e indudable la responsabilidad en esa mala imagen de los políticos que nos han venido gobernando desde hace décadas, como de aquellos que han transado sus ideales por ese pragmatismo que todo lo justifica. Sin embargo, hay que tener cuidado con esa tendencia a la sobre simplificación y cargar toda la responsabilidad de lo bueno o malo que pase a los políticos, o afirmar que nadie, por haber antes ejercido un cargo en la anterior administración de Piñera, no debe repetirse el plato. 

Igualmente, sería injusto y desalentador pensar que son todos iguales; esa otra generalización es, en realidad, la mejor defensa para los que no la merecen. Los políticos no son todos iguales, como los ciudadanos tampoco lo son. Y, en verdad, ellos no son los únicos responsables del actual estado de cosas; la ciudadanía, cada uno de nosotros, comparte también esa pesada carga. 

Desgraciadamente, hemos construido una sociedad en la que prima el individualismo y el consumismo y un cómodo, pero peligroso, aislamiento de los asuntos públicos. Para peor, las pocas políticas públicas que en los últimos 10 años han intentado promover una mayor participación ciudadana han fracasado. Los presupuestos participativos han sido una declaración vacía, el sistema de audiencias públicas una promesa incumplida, la ley 20.500 está llena de imperfecciones y hoy sabemos que los consejos de la sociedad civil se reúnen dos veces al año y solo por cumplir. 

Frente a los sentimientos de orfandad y falta de representatividad, es inútil exigir una renovación total de nuestros cuadros políticos, pero mucho cambiaría si la ciudadanía recuperara activamente espacios, interviniera para consensuar agendas, exigiera transparencia en la administración del Estado, ayudara a combatir la corrupción y la impunidad, interpelara por las vías institucionales a las autoridades y contribuyera mediante la participación en las urnas en la renovación de los liderazgos políticos. 

Cada vez parece más perentorio tomar conciencia sobre la responsabilidad que nos cabe a cada uno como ciudadanos, alejándonos de una identidad colectiva, abstracta y amorfa que nos garantiza el anonimato, pero que poco aporta a la mejora de la calidad institucional en tanto que nos exime de hacernos cargo individual, responsable, activa y comprometidamente de nuestro presente y, por ende, de nuestro futuro.

El gran desafío, entonces, es reconocer, en primer lugar, nuestro grado de corresponsabilidad. Dejar de mirar siempre al político como el único responsable de nuestros pesares y comprender que entre todos hemos construido el país que hoy tenemos. 

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