Más que el Teatro

Por: 2018-01-05

La agenda política de las ciudades que más progresan contempla cuestiones que hacen a la calidad de vida de sus habitantes. Temáticas como las ambientales o las ligadas a la gestión cultural y del patrimonio encabezan la lista. En Chillán, donde el inventario de atrasos es extenso, la gestión se ha circunscrito a la atención que el municipio debe prestarle a los servicios traspasados de salud y educación, donde debe suplementar financieramente ambos sistemas, sobre todo el segundo, que demanda anualmente 2.500 millones de pesos, postergando así otros temas. 

Ciertamente, el Teatro Municipal es el mayor logro de la segunda administración del alcalde Zarzar y hoy posee una enorme centralidad que merece, pero que no debe inducir a la idea equivocada de que con él se agota la gestión cultural del gobierno local. Por lo demás, su financiamiento basal aún es incierto, ya que el municipio no provisionó en el Presupuesto 2018 todos los recursos que requiere para su funcionamiento.      

La gestión cultural encierra dos caras, según sea su instrumentación. Por un lado, el sostenimiento y desarrollo de instituciones permanentes que se consolidan a lo largo del tiempo: museos, bibliotecas, monumentos y teatros. Por el otro, la cara “efímera” que contempla festivales y ferias, entre otros.

Según los especialistas, debe existir un equilibrio en la implementación de ambas, ya que una es el sostén básico para el futuro cultural y la otra permite llegar con eventos y contenidos de calidad a audiencias que de otra manera no los tendrían.

Si miramos las erogaciones que el gobierno de Chillán hace en una y otra materia, notaremos un importante desequilibrio a favor de los sistemas efímeros de manifestación cultural. Por ejemplo, a pesar del tiempo ya transcurrido, el Museo de la Gráfica Contemporánea, creado a partir de la donación que hizo a la ciudad el artista plástico Hernando León, se encuentra sumido en el olvido y con pésimas condiciones para la adecuada mantención de sus más de 300 obras, principalmente grabados de artistas europeos y latinoamericanos. 

Un trato similar ha recibido el Museo de Ciencias Naturales donado por el profesor Pedro Ramírez, que tampoco ha sido relocalizado, tras estar más de una década en dependencias de la Biblioteca Municipal. 

Entregar apoyo a ambas iniciativas para que puedan cumplir el objetivo con el que fueron concebidas no implica grandes asignaciones presupuestarias, incluso si se comparan con otros gastos en el área de cultura. Persistir en esta desatención, aun cuando futuras administraciones quisieran subsanar el error, se encontrarán ya con un deterioro muy difícil de revertir. Muchas veces las medidas temporales que decide una administración en la coyuntura, presionado por la gestión o minimizando sus consecuencias, son determinantes. Esto es lo que marca la diferencia entre decisiones cortoplacistas y una política cultural con visión de largo plazo, independiente de los ciclos electorales.

El desafío es grande, pero por lo mismo resulta imprescindible alertar sobre la debida atención que merecen aquellos proyectos culturales que han quedado en segunda fila, pero que al igual que el Teatro Municipal acrecientan el capital cultural de nuestra ciudad y lo proyectan para las futuras generaciones.

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