[Editorial] Patricio Aylwin Azócar

Por: Fotografía: Archivo 10:30 AM 2016-04-20

Hacía tiempo que las fibras más sensibles del país no vibraban, como ocurre en estas horas sin distinción de clases, de credos y hasta de banderas políticas, por la muerte de uno de sus hijos. Es una manifestación sobrecogedora de pesar popular.
Sería difícil encontrar a alguien, incluso entre quienes combatieron a Patricio Aylwin Azócar por su política y hasta por la irradiación personal que ejerció en los ámbitos partidarios y de la República, que pueda sentirse al margen de aquel sentimiento. En él se mancomuna la ciudadanía toda.
¿Qué explica tal fenómeno colectivo en la despedida definitiva de un hombre público? ¿Qué inspira el imaginario popular que hoy se traduce en el adiós conmovido de sus compatriotas, cubiertos por la tristeza que se ha extendido a lo largo y ancho del país?
Sería imperdonable que ante un acontecimiento de esta naturaleza solo se pusiera la atención en las formalidades del duelo nacional, en vez de indagar en las causas profundas que han provocado tan llamativo suceso ciudadano. Incluso la repercusión que la muerte de Aylwin ha tenido más allá de las fronteras nacionales debe despertar el interés por determinar qué valores han trascendido en la conciencia general sobre su trayectoria política como para que su ausencia denote una gran pérdida para el interés común de los chilenos.
Nada debe corregirse del espíritu crítico con el que se han juzgado su apoyo al Golpe de Estado, sus cuestionamientos al gobierno de Salvador Allende o su complacencia con el poder militar, expresada en una frase por la que también será recordado: “justicia en la medida de lo posible”. Ese enunciado se hizo emblemático, no solo por su significado para los derechos humanos, sino además por la claridad con la que expresa el pacto de la transición.
El legado de Aylwin ha comenzado a agrandarse en el ánimo ciudadano, como bien señaló ayer el cientista político, Mauricio Morales, al advertir que la gran lección que nos deja es que los países avanzan de manera pausada, pero segura, sin elevar innecesariamente las expectativas ciudadanas y con metas realistas. En la práctica, Aylwin nos entrega la receta para el equilibrio democrático ideal: gobiernos responsables alejados del populismo, y coaliciones ordenadas bajo un objetivo común. Eso es gobernabilidad democrática”.
En efecto, en la mayoría de esos ítemes, la imagen de Patricio Aylwin, con todos los defectos de gestión que pudieran con razón habérsele imputado, está asociada a un carácter que se añora. Y, por sobre todo, la ciudadanía parecería relacionar al ex Presidente democratacristiano con los parámetros de decencia y entereza personales que exige, como criterios mínimos, de la política y de los políticos. Con el compromiso respecto de ideales y de la convicción para defenderlos. Con la defensa de las instituciones de la República y no de la preservación indefinida de los intereses personales de quienes se convierten en actores dominantes de la política.
Si hoy la ciudadanía le rinde homenaje es por la autenticidad de sus actos, por haber combatido con energía a sus adversarios, pero también porque al haberse elevado por sobre las pasiones de la hora, quedó autorizado a formular llamados sinceros a la postergada reconciliación cívico-militar.
Hoy hay una necesidad imperiosa de diálogo político, de consensos, de humildad y al mismo tiempo de temple cívico. Por eso el mejor homenaje a Patricio Aylwin será saber transitar por ese camino, en momentos en que el descrédito institucional y la desconfianza en los políticos afloran como preocupaciones centrales. Cuanto antes, mejor.

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