Rubén Latallada: El charrúa que lleva a Ñublense en su corazón

Por: Rodrigo Oses 2017-11-26

Es lejos uno de los mejores jugadores extranjeros que ha vestido la casaquilla de Ñublense en sus 101 años de existencia. Un crack inolvidable. El  recordado volante uruguayo Rubén Latallada, que saltó desde Peñarol de Montevideo a Ñublense en 1964, hoy tiene 78 años y está radicado en Santiago, La Florida, donde vive junto a su hija mayor Fresia, su yerno y tres nietos. Quedó viudo hace cinco meses tras estar 53 años casado y tener siete hijos y recuerda con nostalgia su paso por Ñublense, el club que le robó el corazón.

“Llegué a Ñublense en 1964, venía de Atlético Peñarol de Uruguay, me casé con una chilena, me radiqué en Chile con la intención de seguir mi carrera en Chile. Gracias a Dios me conecté con un señor Taborda de Ñublense, me solicitó una prueba, viajé y comencé jugando con Deportes Concepción y firmé por tres años. Mi primer técnico fue Fidel Cuiña. Una gran persona, más que un entrenador, era un amigo. También un gran plantel como Rómulo Oses, Orlando Muñoz, el argentino Miguel Ángel Clemente, Esaú Bravo, Eduardo Cortázar, Óscar Romero, Lucho Pérez, el “Huaso” Romero, Hugo Bravo, Mamani, fueron grandes compañeros, salíamos a triunfar, teníamos una gran unión.

-Pasaron muchas penurias y usted en lo particular sufrió mucho.

-Fue una época distinta a la de ahora, yo anduve apurado económicamente porque cuando llegué a Chillán mi señora estaba esperando mi primer hijo que nació allá. Después nació el segundo. Por eso quiero mucho a Chillán. La situación era difícil y la preocupación era tener el alimento básico. Con Rómulo y otros jugadores, íbamos a reclamarle al presidente Abel Jarpa para que nos cancelaran los sueldos, pero siempre nos entendió. La gente del Mercado siempre nos ayudó con alimentos para pasar esos momentos difíciles.

-¿Esa relación con el hincha era más estrecha que ahora o no?

-La unión entre los hinchas y el plantel era muy buena, los socios siempre estaban pendientes y nosotros nos mentalizábamos siempre en ganar. En lo económico fue difícil. Había mucha comprensión de la hinchada por el momento económico del club. Dejábamos todo en la cancha. En 1966, cuando no se permitían más extranjeros en el Ascenso, me fui a Uruguay y en Chillán quedó mi suegra, y los socios me mandaron los pasajes. Volví a Lister Rossel de Linares y luego de allí me fui a Coquimbo y estuve siete años. Volví a Chile, pero nunca he olvidado a Ñublense, sigue en mi alma, en mi corazón, al igual que los hinchas.

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