Encuestas cuestionadas

Por: 08:35 AM 2017-11-21

En el ámbito de la política, las encuestas adquieren especial repercusión en procesos electorales, dado que son percibidas como un anticipo de lo que puede suceder. De hecho, las que son confeccionadas con rigor profesional pueden ser una buena fotografía de un determinado momento del estado de la opinión pública. Del mismo modo, cuando las encuestas son utilizadas para hacer acción psicológica, se alejan del rigor científico para transformarse en instrumentos de campaña y de manipulación.

Este último juicio es el que pesa sobre varias de las empresas más influyentes del país y los estudios de opinión que realizaron en los meses previos a la primera vuelta del pasado domingo. La candidata del Frente Amplio fue explícita y disparó contra el Centro de Estudios Públicos y sus encuestas. “¿Dónde está ese oráculo del CEP borrándonos del mapa?”, fue la pregunta de Beatriz Sánchez, luego de que los resultados de las elecciones presidenciales la situaran en el tercer lugar de las preferencias con un 20% de los votos y un gran resultado a nivel parlamentario. Precisamente la encuesta del CEP pronosticó un escuálido 8,5% para la candidata del Frente Amplio y también erró en su predicción para Piñera, Kast y Goic.

Lo cierto es que en varios procesos electorales recientes en diferentes partes del mundo, los sondeos han mostrado gruesos errores de pronóstico. Sucedió con el referéndum del Brexit, el acuerdo de paz colombiano, las elecciones españolas y las que consagraron a Trump, entre otras.

Al parecer, la senda hacia la predicción certera está sembrada de desvíos peligrosos. Uno de ellos es que, según coinciden los analistas, vivimos en una época en la que las personas no se sienten plenamente representadas por los partidos, y hay una legión de indecisos que se inclinan por uno u otro candidato al llegar al cuarto oscuro.

Otro, que muchas veces no contestamos lo que tenemos intenciones de votar, sino aquello que nos hace quedar bien (sesgo de “deseabilidad social”). Y también puede suceder que la cantidad de personas que integran la muestra o su diseño no sean correctos. Por ejemplo, los sondeos telefónicos dejan afuera a aquellos que carecen de teléfono fijo y a los que se apresuran a colgar en cuanto escuchan la sugestiva grabación. Estos y otros factores pueden contribuir a que el resultado final arroje una foto distorsionada de las preferencias colectivas.

Si a esto se le agrega, como afirma el catedrático y escritor catalán Manuel Alfonseca que “tenemos una tendencia natural a aceptar los números que coinciden con lo que creemos cierto”, lo que debería sorprendernos no es que las encuestas fallen, sino que acierten.

Con un poco de humor hasta podría celebrarse que lo azaroso de este tipo de estudios ayuda a conservar el misterio de las elecciones. Pero el asunto no es tan banal, porque los pronósticos (correctos o incorrectos) influyen en el ánimo de los votantes y por tanto, los responsables de estudios de opinión pública deberían velar por cumplir su trabajo éticamente y con el mayor profesionalismo posible, al tiempo que los candidatos y partidos políticos debería hacer públicos sus vínculos con las consultoras y abstenerse de usar esos trabajos para fines proselitistas.

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