[Editorial] ¿Arribo de Uber a Chillán?

Por: Fotografía: Agencia Uno 04:45 PM 2016-04-16

La mitología sobre los hechos que rodearon la invención de la imprenta, hace 600 años, cuenta que la Iglesia Católica intentó frenar su aparición tras airadas protestas del ejército de monjes copistas que tenían el monopolio de la confección de biblias. 

Cierto o no, este episodio también es aplicable a todas las actividades que, con el paso del tiempo, son superadas por innovaciones tecnológicas que reducen costos y mejoran las prestaciones.

Cada invento relevante, con aplicación práctica, modifica la estructura económica de las sociedades, alterando sus formas de organización y trabajo. La revolución digital, hace 60 años, reemplazó las comunicaciones analógicas por señales binarias y mandó al museo a las máquinas de escribir y las cajas registradoras. Hace apenas 30 años, la tecnología dio otro salto extraordinario, con Internet, basada en el protocolo IP que permite transmitir voz y datos a velocidad instantánea, en forma interactiva. Sus derivaciones parecen infinitas, con la explosión de los celulares, las redes sociales, los chats, los tuits, las llamadas por Skype, las cámaras de seguridad, los GPS y el comercio electrónico.

El caso de Uber es otro ejemplo. Mediante una aplicación para teléfonos móviles, Uber brinda servicio de transporte a pasajeros registrados en su servicio. El cliente ve la localización del vehículo antes de llegar, no necesita dinero en efectivo, y ambos, usuario y conductor, se califican mutuamente luego del viaje.

En muchas ciudades del mundo han causado una reducción del tráfico porque los conductores prefieren dejar el automóvil en casa y usar la aplicación. Sin embargo, sus rivales naturales -los taxistas-  han conseguido victorias legales en España, Bélgica, Francia, India, Uruguay e incluso en Las Vegas, Estados Unidos. En nuestro país, principalmente en Santiago, han protestado y amedrentado a los choferes de Uber, mientras que en Chillán las redes sociales se han convertido en el vehículo de campañas y opiniones favorables a su arribo a Chillán, con el consiguiente rechazo de los taxistas. 

Es comprensible que algunas personas se frustren y pretendan diferir cambios que pudiesen redundar en la pérdida de sus empleos debido a la imparable revolución tecnológica. Pero la solución colectiva no pasa por allí. Eso ya lo intentaron los luditas en el siglo XIX, destrozando las máquinas textiles que les quitaban el empleo, y fracasaron estrepitosamente. 

Como lo muestra la experiencia cotidiana, los más jóvenes, quienes mejor utilizan las nuevas tecnologías, nunca aceptarán que, mediante protestas o prohibiciones, les impidan acceder a oportunidades de mejorar su forma de vida, aligerar de costos sus tareas o disfrutar de ventajas que están al alcance de su mano. Es como querer frenar el agua de un río con la mano o, como se decía en tiempos anteriores a Internet, “tapar el sol con un dedo”.

La única forma de evitar estas crisis y desajustes no consiste en adoptar medidas de fuerza ni hacer lobby para obstaculizar, sino invertir recursos masivos para la educación en todos sus niveles, asegurando la inclusión de los sectores más postergados, adecuando el aprendizaje a las nuevas tecnologías y a las formas de interacción a través de Internet. La capacitación permanente es la llave para que, aun teniendo empleo, todos puedan estar siempre preparados para adecuarse a los cambios y sacar la mejor ventaja de las transformaciones.

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