Abstención electoral

Por: La Discusión 2017-11-14

La Encuesta del Barómetro Latinoamericano 2017, que consulta anualmente a 18 mil personas de todos los países de América Latina, da cuenta de la insatisfacción de la ciudadanía del continente, y muy especialmente de la de Chile, con la  forma como se ejerce la democracia.

Si bien el 73% de los chilenos señalan que la democracia es el mejor sistema de gobierno, en la medianía de la tabla respecto de otros países con índice superiores, solo un 36% manifiesta su satisfacción con la forma que ella adquiere y, en el continente, en 16 países se expresa una evaluación de satisfacción menor del 50%.

Si consideramos la cifra de satisfacción con la democracia en nuestro país, ella es muy semejante a la de los electores que votaron en las últimas elecciones municipales (34%) y por ello podemos aventurar una primera conclusión muy compleja para la elección del próximo domingo: el descontento con la democracia se está expresando a través de la abstención, del rechazo al mundo político y a las instituciones que se manifiesta no votando.

En los comicios 2017 se verificará esta tendencia en una elección general, que incluye la de Presidente de la República, senadores, diputados y consejeros regionales. Distintas encuestas arrojan proyecciones en un rango entre 40% y 65% de abstención, cifras elevadas, considerando que está en juego el modelo de desarrollo que se quiere para el país. 

Si bien es cierto existe poca incertidumbre respecto del resultado de la elección presidencial, puesto que todos los estudios ubican al candidato de la derecha, Sebastián Piñera, como el favorito, muy por encima de sus competidores, también es cierto que la voluntad popular no debe quedar en manos de los supuestos, de los números que muestran los sondeos, o de lo que decidan los otros. 

La idea de que el voto individual no tiene ningún valor estadístico no se aplica en una democracia, donde todos los ciudadanos tienen el mismo poder. De hecho, en la práctica, las elecciones son los únicos hitos en la historia de un país en que la opinión de un rico pesa lo mismo que la de un pobre. 

Es claro que negarse a participar no solo es apatía, también es desconfianza, desinterés y desencanto. Naturalmente, entre los factores de este estado sicológico, figura el desempeño de los líderes políticos y una percepción de injusticia social, pero también un marcado individualismo de la sociedad, que ha relegado a un último plano la mirada colectiva y del bien común. Como un círculo vicioso, dicha desesperanza que se traduce en apatía electoral no solo reduce las posibilidades de cambio, sino que facilita la mantención del status quo que tantas insatisfacciones nos genera. 

Ante un diagnóstico tan claro y deprimente sobre la participación electoral, por estos días hemos vuelto a escuchar propuestas -como el voto remoto o el voto electrónico, o echar pie atrás y volver al voto obligatorio- que convendría examinar con atención, pero sin olvidar que finalmente la voluntad popular reside en una decisión individual, motivada por el deseo de hacer valer un derecho que constituye la única herramienta de participación efectiva para avanzar hacia una sociedad más justa.

 

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