La “Primavera Mapuche”

Por: Claudio Martínez Cerda 2017-10-14
Claudio Martínez Cerda

Director Santa María la Real-Chile
Estudios Universitarios: Universidad de Chile.
Postítulo: Magister en Administración Pública. Instituto Universitario Ortega y Gasset, Madrid, España, 1999. Universidad de Sevilla, España, 2003. Subdirector Administrativo de Gendarmería de Chile, 1991 – 1993. Director Nacional de Gendarmería de Chile, 1993 – 1997.

Hace ya algunos años emergió la denominada “Primavera Árabe”, en países donde masivas protestas sacaron del poder a gastadas dictaduras amparadas en dinastías militares. 

Después de muchos años de sometimiento pasivo a estos regímenes, los grupos que se movilizaron fueron encabezados por líderes que tuvieron acceso a la educación superior, muchos de ellos en universidades europeas. 

En nuestra Araucanía ocurre un fenómeno que tiene algunos elementos en común con este fenómeno. La Araucanía despierta como un reclamo social fundado, cuando  las nuevas generaciones toman conciencia de la larga  historia de abusos, discriminación y despojos que ha sufrido el pueblo mapuche. Esto ocurre, al igual que en la Primavera Árabe,  a partir del acceso de las nuevas generaciones a la educación y a la información. A la vera de estas legítimas reivindicaciones han aparecido grupos radicalizados que han cometido actos calificados en algunos casos como terroristas. 

A partir de esta situación parece haber una lectura en blanco y negro. Por un lado están quienes sostienen que la salida es policial, judicial o militar en el caso más extremo, representada por un candidato a la Presidencia que coincidentemente funda su campaña en la defensa y justificación de la dictadura militar. Por otro lado, están los que en defensa de los derechos del pueblo mapuche se muestran incapaces de hacer una distinción entre éste y quienes han cometido graves delitos y atentados contra terceros, incluso en contra de sus propios hermanos. Unos y otros parecen ignorar que bajo cualquier circunstancia este es un problema político, que no se va resolver por la imposición de las posiciones  de unos sobre otros. 

El elemento o factor común ha sido que las aspiraciones expresadas a través del uso de la violencia, tienen una raíz política y un sustento de legitimidad histórica. Es el caso del pueblo mapuche. Los sectores más reaccionarios deben comprender que la real pacificación de la Araucanía no es la hasta  ahora indefendible política del Estado chileno, que se denominó  “Pacificación de la Araucanía” y que fue una brutal agresión al pueblo mapuche y que marcó  el inicio del conflicto que hoy ha resurgido con fuerza y fundadas razones. 

No hay otra opción que sentarse en una mesa a conversar, dialogar y negociar para llegar a acuerdos que a esta altura del partido probablemente a nadie dejarán  satisfechos absolutamente, pero a nadie tampoco repugnara. 

En eso consiste la política. Es el arte de posible, y hoy en plena campaña electoral hay que dejar de lado  discursos altisonantes que nadie puede realmente sustentar. 

En la plaza del Cuzco, en la Iglesia de San Francisco, hay una placa que dice: “Desde aquí salió la expedición conquistadora de Chile, la que nunca pudo derrotar al aguerrido pueblo araucano”. Es la hora de reconocer a nuestras culturas originarias, cuya sangre corre por las venas de un mestizaje tan extenso como nuestra propia historia. Es hora de integrar, de otorgar derechos y reparar y también de precisar deberes. Para ello la única opción es el diálogo, diálogo y más diálogo. Aunque cueste, al Estado le corresponde estar a la altura de las circunstancias.

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