La tolerancia es la mejor religión (Víctor Hugo)

Por: José Luis Ysern de Arce 2017-09-06
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Septiembre es el mes de la patria. La frase inicial tomada de Víctor Hugo, el gran pensador francés del siglo XIX, nos sirve de título para reflexionar sobre la patria.

Hemos asistido a debates sobre controvertidas leyes donde hubo insultos; concurren en distintos medios foros preelectorales donde surgen agravios mutuos; transitan buses con mensajes cuyos voceros se ofenden unos a otros. En estos casos brilla por su ausencia el sentido de tolerancia, tan necesario para la construcción de una democracia consistente y adulta.

Entendemos tolerancia tal como la entiende la psicología científica. Tolerancia no es cruzarse de brazos en una especie de resignación donde todo da lo mismo, cómodo y pasivo mecanismo de defensa. Tolerancia no es soportar algo que no queremos, pero que hay que aguantar porque no hay más remedio. Es otra cosa: es propia de personas firmes, seguras, que se respetan a sí mismas y a los demás. Ser tolerante es reconocer la dignidad de la persona humana. Por lo mismo, la persona tolerante jamás ataca al contrincante o a quien piensa diferente. El tolerante sabe muy bien distinguir entre ideas y personas: puedo atacar tus ideas, pero a ti te respeto con toda mi alma y defiendo el derecho que tienes a exponer esas ideas, aunque sean muy distintas a las mías. 

Un obstáculo a la tolerancia es la emotividad no controlada. Es difícil que las personas emocionalmente alteradas o víctimas de una seria inmadurez afectiva logren un adecuado nivel de tolerancia. La emoción incontrolada invade otros terrenos de la personalidad como el cognitivo y comunicacional; entonces se nubla la mente, se desorganizan las palabras, se dicen cosas que no debieran decirse y se cae en la mutua descalificación.

Otro hecho que obstaculiza la tolerancia es el fenómeno de la “ambigüedad” no aceptada. La ambigüedad es propia de los seres humanos; está en cada uno de nosotros, pero no siempre sabemos asumirla. Nuestra vida cotidiana está llena de experiencias ambiguas y confusas. Pocas cosas en la vida se presentan claras y diáfanas como blanco y negro, bueno y malo. Nuestra vida personal y social se desenvuelve en medio de luces y sombras, de matices y aristas de todo tipo. Las leyes, nuestros dichos y juicios, los actos humanos en general, contienen ambigüedades y aparentes contradicciones. Juntos se dan en nuestro interior el trigo y la cizaña. 

Por eso es señal de buena salud psíquica y mental, de buena madurez afectiva, desarrollar una adecuada “tolerancia a la ambigüedad”. El mismo Víctor Hugo la experimentó en su vida: siempre se consideró profundamente creyente católico, a la vez que era profundamente antirreligioso y anticlerical. Conoció eclesiásticos pomposos, cargados de ideologías dogmáticas, amigos del poder y del dinero, fanáticos, nada tolerantes, muy ajenos al ideal de Jesucristo. Es signo de madurez mental aceptarnos con nuestras propias ambigüedades, comprendernos y respetarnos en todo momento y lugar, saber construir con todos una sociedad de personas libres, distintas, pero unidas y fraternas. Tomo dos ejemplos recientes: primer aniversario del Teatro Municipal y creación de Ñuble región. En el teatro se han presentado obras aplaudidas por todo tipo de personas; ante Ñuble región el gozo de personas de diferentes corrientes, vibrando con renovada esperanza, ha sido constante. A todos nos unen las grandes causas de un Chile que cada vez queremos más humano, tolerante y mejor.

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