“Solo el hombre hace, de un paraíso como Haití, un verdadero infierno”

Por: Felipe Ahumada Fotografía: La Discusión 08:30 PM 2017-08-26

El pasado viernes el obispo Carlos Pellegrin ofreció una cena solidaria para inmigrantes de Haití, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Colombia y Brasil, quienes actualmente residen en Chillán. 

Hecho noticia el evento y publicado en las redes sociales, la cantidad de comentarios negativos, de corte xenófono e insultantes fue apenas aplacada por lectores que intentaban defender el gesto y a mostrarse hospitalarios con los extranjeros.

Tal vez sea por el color de piel o porque no hablan castellano, son los haitianos quienes han sido el símbolo de la inmigración de los últimos años, extranjeros que -pese al cliché de “está lleno”- en la capital regional no suelen ser más de 700 a 1.000 personas.

“En particular los haitianos son personas muy respetuosas, bastante reservadas y alejados de los escándalos. De hecho no ha habido hechos policiales en los que ellos estén involucrados”, acredita el comisario Alejandro Beltrán, jefe del Departamento de Extranjería de la PDI. 

Tales cuentas son ratificadas por la Segunda Comisaría de Carabineros, quienes confirmaron que no han tenido procedimientos con extranjeros involucrados este año.

Su llegada a Chile no es una decisión fácil para ellos. Así lo relata Noëlson Dérosier, haitiano de 28 años, quien se desempeña como operario en la Frutícola Olmué, una de las empresas locales que más extranjeros ha contratado. 

“Es que allá (en Haití) las cosas no son fáciles, hay mucha delincuencia, mucha pobreza y al menos a mi familia nunca la han ayudado, por eso me extraña cuando muestran en televisión a voluntarios entregando medicina o comida, eso en la calle no se ve”, comenta.

Imposible no recordar las denuncias del escritor y médico Jean Christophe Rufin, quien enviado a África como voluntario dejó en evidencia que esa imagen de Etiopía como un país lleno de muertos de hambre,  no era sino otra estrategia de quienes se beneficiaron con la Guerra Fría.

De hecho, en Addis Abeba, los ciudadanos no sabían dónde residían esos “rurales” a quienes el hambre mataba. Pese a que no ignoraban su existencia, eran los menos.

Como en Etiopía, Haití también cuenta con universidades, gente adinerada, museos y hoteles de lujo, pero “son nuestros gobiernos los que nos tienen mal, solo el hombre hace de un paraíso como Haití, un verdadero infierno”, agrega Macksen Faustín, haitiano de 38 años, quien al igual que su primo, Noëlson, pasó años juntando dinero y meditando si irse a un país lejano, donde no tienen a nadie y buscar trabajo sin siquiera conocer el idioma.

“Estuve dos meses en Santiago, lloré mucho porque no encontraba trabajo y hubo dos días seguidos en los que ni siquiera comí. Algunos lo pasan peor, tengo una prima que lleva seis meses sin trabajo y yo la debo mantener, por lo que a veces no me alcanza para enviarle dinero a mi esposa y a mi hijo”, relata.

En promedio, el ingreso mensual de un haitiano es de 43 mil pesos chilenos al mes. La mayoría lo logra vendiendo verduras y frutas o trabajando en la construcción. La meta es algo así como 100 mil pesos mensuales para sacar adelante a una familia de tres personas.

“Yo hice como 15 casas en Haití antes de llegar a Chile y junté plata con mi mamá para poder venirme”, recuerda Noëlson.

Llanto los primeros días. Eso es para todos. Miedo y pena los siguientes, por el desconocimiento del idioma, porque el trabajo en Chile no sobra y porque “hay gente que te dice cosas hirientes. Son las menos, pero duele mucho ya que no es nuestra intención venir a quitarle nada a nadie a este país”, apunta Cherlie, novia de Noëlson.

Ambos se conocieron hace siete meses en la frutícola y “ella me gustó altiro, así que estamos de novios. Además en Chile hacía mucho frío para estar solo”, bromea.

Evangélicos y soñadores
Cherlie dice extrañar la comida, el clima y -por sobre todo- los clásicos fines de semana en las cálidas y soleadas playas haitianas. Las aguas con el color de una Sprite las cambió por el frío chillanejo, y sus livianas y coloridas ropas de paño por oscuras parcas y gorros de lana.

Tal vez por lo mismo para ellos no es un gran panorama el salir de noche. “Preferimos quedarnos en la casa, con los amigos, chateando con nuestras familias”, apunta Macksen. Ignorando el pesado costal de nostalgias, para ellos el quedarse en Chile es un sueño.

“Yo viví en otros países como Colombia, Ecuador o Venezuela, que están peor que en Haití, pero Chile es el mejor, el más seguro y el racismo no es tan grande”, dice.

De hecho, Noëlson, por meses buscó información de Chile en Youtube y Google Maps, descartando a Brasil o Argentina como apuesta.  Una vez acá, el frío lo noqueó. Tampoco sale mucho.

Pero sí se junta con otros haitianos en la iglesia. “Muchos de ellos son evangélicos, y acá en Chillán, los han acogido muy bien en esas comunidades”, comenta el comisario Beltrán, quien encuentra en este factor otra razón que explica su buena conducta, “de hecho tampoco hemos visto haitianas trabajando en locales nocturnos ni en la prostitución”, repasa.

Lo de Maksen es complejo. Gana el sueldo de un operario, pero en Haití tenía dos buses a los que le sacaba un partido mayor. “No tengo plata para volver, pero aún así no me rindo, ya estoy acá y vine a progresar, quiero traer a mi hijo y a mi esposa, porque quiero que vivan lo que se siente estar en un país tranquilo, seguro y con personas muy buenas para las bromas y amigables. Venimos a trabajar y queremos terminar aportando a Chile”, asegura.

Son las 17.00 horas y ya abordan los buses de retorno a sus casas. Cansados y menos conversadores que a la hora de llegada. 

El sol en el horizonte algo les recuerda el anaranjado atardecer haitiano. Pero la calma de las calles les hace olvidar lo nefasto de la isla, que aún no lava la sangre derramada por la eterna relación beligerante con su vecina República Dominicana, la que se agudizó hasta la crueldad desde la época del dictador Rafael Trujillo.

“Hoy al que se pasa para República Dominicana lo matan a escopetazos los civiles. Eso no tiene arreglo. Hoy sueño con traer a mi hermano y a mi mamá a trabajar a Chile y  crecer acá, profesionalmente, tener un hijo con Cherlie y ponerle un nombre chileno”, dice Noëlson.

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