50 años de la Reforma Agraria chilena

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2017-08-07
Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

En reciente declaración de la Conferencia Episcopal de Chile se ha hecho mención de los 50 años de la promulgación de la Ley de Reforma Agraria en nuestra patria. En pocas líneas los obispos de Chile hacen memoria agradecida de forma crítica y esperanzadora.

La intención inicial fue alcanzar mejores condiciones de vida para los campesinos, buscando una más justa retribución junto a un mejor aprovechamiento de las tierras agrícolas. De la mano de lo anterior, siendo la Iglesia una gran promotora de ello, se crearon instancias de asistencia técnica y se crearon fondos para dar créditos a los campesinos, quienes asumían en sus manos un gran potencial de desarrollo económico para ellos, sus familias y el país.  En su Carta Encíclica Populorum Progressio, el Papa Pablo VI había insistido que era “indispensable una redistribución de la tierra, en el marco de políticas eficaces de reforma agraria, con el fin de eliminar el impedimento que supone el latifundio improductivo, condenado por la doctrina social de la Iglesia, para alcanzar un auténtico desarrollo económico”.

Frente a las grandes transformaciones de la sociedad, a partir del Concilio Vaticano II, en los años 60, la Iglesia comenzó un profundo esfuerzo de renovación, en la fidelidad a la tradición, abriéndose a un estilo de misión caracterizado por el servicio, con una atención preferencial a los acontecimientos sociales y de preferente opción por los pobres y afligidos.

En el proceso que llevó a la Reforma Agraria, se destacaron de manera especial al obispo de Talca, monseñor Manuel Larraín Errázuriz y al cardenal Raúl Silva Henríquez. La Iglesia vio que era una obligación moral, y una necesidad para el desarrollo de nuestra nación, alcanzar una mejor distribución de la tierra, que promoviera una auténtica justicia social. A 50 años de la Reforma, la Iglesia hace una evaluación agradecida, crítica y esperanzadora, pues como lo dice la declaración de la Conferencia Episcopal, “agradecida porque, tras una larga espera marcada por la marginalidad y la inseguridad, muchas familias campesinas accedieron a la propiedad de la tierra y con ella a una vida más digna y libre. Es también crítica porque se avanzó hacia una redistribución más justa de la propiedad, pero no faltaron improvisaciones y aprovechamientos que generaron situaciones de confrontación y de violencia. Sin embargo, el horizonte de nuestra mirada debe ser fundamentalmente esperanzador, porque muchos miles de pequeños y medianos propietarios conservan la tierra que recibieron, viven con dignidad y aportan a la vida, la cultura, el desarrollo social y económico de Chile.” 

Ñuble -ad portas de su nueva identidad como región- ha estado en el corazón de la Reforma Agraria, por ello conoce de los pasos dados en la dirección correcta en los últimos 50 años, pero también muestra en sus campos y en el mundo campesino la necesidad de asumir nuevas estrategias que lleven a políticas que renueven el amor por el campo, por la tierra y el mundo rural, en temas tan centrales como la seguridad alimentaria, la solidaridad entre las generaciones, el cuidado de la familia y de la Creación de Dios, como lo pide el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Sí. 

 

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