Educar en la austeridad

Por: José Luis Ysern de Arce 2017-07-10
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Con frecuencia solemos ver personas que gastan más de lo necesario y compran por una especie de mal hábito adquirido,  sin hacer un discernimiento acerca de la utilidad o necesidad de lo que están comprando. A estas personas les falta sobriedad en los gastos. 

También vemos personas a las que les gusta llamar la atención por sus vestimentas; visten de manera llamativa en todo tiempo y lugar, aunque sea para asistir a algo tan cotidiano como su trabajo; un trabajo cuyo ambiente laboral no requiere de vestimentas especiales, pero ahí vemos a ese señor o señora que le encanta vestirse de una manera llamativa, hasta pomposa. A esta persona le falta austeridad en el vestir y probablemente hasta sentido de elegancia; seguramente carece de buen gusto. 

Otra falta de austeridad la encontramos en este joven que, en auto llamativo, motor ruidoso y ventanillas abiertas, se pasea por las calles de la ciudad con la atronadora música de su equipo a todo volumen, llamando la atención de los peatones, pero también provocando las iras de los mismos a causa de su mala educación y falta de respeto. Este joven no es austero, le falta sobriedad cívica y ecológica. 

Algún otro ejemplo de falta de austeridad lo podemos observar en cualquiera de nosotros mismos cuando salimos de clase, cuando nos retiramos de una sala donde hemos participado en cualquier actividad, y ahí quedan todas las luces encendidas sin ninguna necesidad, porque ya la sala está desocupada y un sol radiante entra por las ventanas. ¿Quién de nosotros se acerca a los interruptores para apagar la luz? Si no lo hacemos, o si no buscamos quien lo haga, quiere decir que nos está faltando sentido de austeridad social. Como si pensáramos: “total, ¿qué más da? Lo que es de todos no es de nadie”. 

Hay más ejemplos: ¿qué pensar de esos jóvenes -no todos, felizmente- que permanecen sentados en el transporte público cuando hay personas mayores o alguna mujer embarazada que requieren asiento? Pues habrá que decir que dichos jóvenes son cómodos y que prefieren su comodidad antes que un pequeño esfuerzo para ceder el lugar a la persona necesitada. 

Podríamos poner más ejemplos, pero basta con estos. Todos los descritos y los más que se nos ocurran tienen algo en común: falta de buen gusto, de buena educación, delicadeza, austeridad, sobriedad, cortesía, sencillez y humildad.

La austeridad no se improvisa, no viene caída del cielo, no se adquiere de la noche a la mañana. Requiere de una inteligente educación, y esa educación viene de la familia, de la casa, desde la más tierna infancia. Cuando la gente de mi generación comentamos recuerdos de infancia en la España de aquellos años, años de la guerra, solemos reconocer algo bueno que nos dejó aquella traumática experiencia: nos enseñó a ser austeros y sobrios. No había más remedio. 

Bien, actualmente nadie quiere que vengan dolorosos acontecimientos bélicos ni desoladoras catástrofes para aprender a vivir en austeridad. Lo que necesitamos es padres inteligentes y buenos que enseñen a sus hijos la buena educación y la sencillez. No se trata de ser cicateros ni mezquinos, sino austeros. De ahí nace la sensibilidad social, la solidaridad, delicadeza y humildad. Lindos adornos de la persona feliz y sana.

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